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Notas sobre el narcoperonismo

  • Mar 5
  • 4 min read

por Juan Terranova


El narcoperonismo existe pero ¿cuándo empezó? No con el general Perón, adicto al poder, a la rosca, a la justicia social, pero, en líneas generales, un hombre de Estado, sobrio, ocupado. En sus momentos de esparcimiento, alguna actriz o bailarina, de la que se enamoraba. Workaholic, militante de una sola idea señera, no lo veo disfrutando ni siquiera del champán de las celebraciones castrenses o presidenciales. Su mambo estaba muy lejos de ser químico. En la comunidad organizada no había lugar para experimentaciones ni curiosidades farmacológicas.


Luego, la resistencia. Un vaso de vino abajo de la parra, discutiendo con los compañeros. Una ginebra de madrugada después de plantar un caño, o también recién levantado, antes de ir a la fábrica para repartir volantes clandestinos. No mucho más que eso, que ya es bastante.


Montoneros. Tampoco de ellos esperemos una ampliación de los límites de la percepción. Católicos practicantes, tiernos hijos del acomodo, intelectuales altamente ideologizados, tuvieron de forma explícita o tácita una política de cero drogas. Su adicción irrefrenable era a los fierros, a la adrenalina, al panfleto, al combate y al sacrificio.


Ahora bien, existió, sí, para esa época, un hipismo de la primavera camporista que se intoxicó con marihuana, frivolidad, rock, consignas, su propia juventud y recorridos lentos por los paseos públicos. Podía ser, ese movimiento lábil, filoperonista. Incluso algo militante, pero siempre hasta ahí. Y enseguida, el peronismo morirá mil veces en las mesas de tortura de la dictadura.


Con la vuelta de la democracia, los compañeros se sumergen en una ligera ola de culpa. Los festejos se los dejan a los muy jóvenes, a la UCR, a la clase media que un par de años antes había pedido el golpe y ahora lo condenaba. La figura peronista de esos años 80 es Saúl Ubaldini, liderando la CGT. Tabaco, escolazo, movilización, entonces. Un renacer juegándose un pleno, lindando la ludopatía, pero sin acertar. El peronismo se rearma con gente de café, fusilada en cuerpo y alma, cafierista, resignada pero viva. Alguno se tomará un whisky importado de trasnoche, antes de la hiperinflación.


Después el menemismo. Y acá sí se da una inauguración. Todo tiene cocaína. Todo termina y es subrayado invariablemente por la cocaína. Poder y cocaína. Pizza, champán y cocaína. Mujeres, siempre pagas, y cocaína. Ferrari, privatizaciones, liberalismo, ley de convertibilidad y cocaína. Los hombres de la política del conurbano bonaerense, rápidos para los mandados, adoptan una droga que no conocían, o conocían mal, pero intuían muy bien. Nace el narcoperonismo, la combinación anti-doctrinaria de drogas, farándula y política. Se democratiza el acceso a la tecnología y a los estupefacientes. Se vive el éxtasis del uno a uno, se veranea en Punta del Este o en Miami.


Del Frente Grande, el Frepaso y sus afluentes y síntomas, eternos opositores, no hay mucho para decir. De la Rua tomaba viagra. El Chacho Alvarez, cómo mucho, un amargo obrero.


Al mismo tiempo, el Duhalde en los 90 tuvo una relación funcional con el tráfico. Destruido el tejido industrial y comunitario de la Provincia de Buenos Aires por la convertibilidad, habilitó que punteros y allegados sostuvieran a sus familias ampliadas dileando cómo y dónde quisieran. El progresismo lo denunció. Pero esa red de narcopolítica fue la que terminó salvando las papas hacia el final catastrófico de la Alianza.


Por su parte, Duhalde, pragmático, habiendo ganado a pulso y fiebre la presidencia, consumía lo que podía, lo que la historia le facilitaba. Desde el 2001 para acá, sobre todo, Lexotanil para poder dormir, estar fresco y así encarar el gran quilombo de inicios del siglo XXI.


Después la joven Cristina seguro fumó marihuana. Y Néstor la vio fumarla. Y un día llegó La Cámpora. Pastillas, música símil años 70, o dulce electrónica. La cocaína comprada con la plata de la soja sería uno de los combustibles de La Cámpora; el otro, los cargos públicos.


Y el heredero, duro, con la tele sin sonido, tomando merca y jugando a la Play hasta que se haga de día. Es el narcoperonismo célibe y progresista con consignas, nepotismo y drogas prestadas del siglo XX.


Alberto se cae del mapa. Podía tomar falopa, whisky, antidepresivos, fernet con coca. Podía pegarle o no a la mujer. Podía tocar la guitarra, sacar a pasear al perro. Sabemos que brindó con champán durante la pandemia. Pero, más allá de los indignados de siempre, a nadie le importó mucho en ese momento y a nadie le importa mucho ahora tampoco.


Del otro lado, en el narcogorilismo, emergen, en el siglo XXI, dos prototipos de cocainómanos opuestos. Cada uno desarrolló su edipo tóxico de forma diferente, en relación a su padre y al capital. Uno, el millonario, garca, CEO, zona norte, perezoso, una raya en Punta. El otro, el plebeyo, grandilocuente, de sexualidad frágil, resentido, soñando con ser alguien, tomando en la oficina después de hora. El primero sigue consumiendo de forma social, del culo de alguna puta. El otro, en el poder, oscila entre la pala y el clona, y es mirado por la nación completa que espera su disforia, su caída, esa amarga resaca que anticipara la melancolía de su irremediable suicidio.///RR.PP.





 
 

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