Omne forti patria est
- Feb 23
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Updated: Feb 24
por Felipe Devincenzi
Ya hace años me corto el pelo en la misma esquina, siempre con gente distinta. El local lo maneja un sirio raquítico y sirve de aguantadero a varios golfos que merodean la vereda con gesto transa, discutiendo en árabe y fumando tabaco armado. El primero en atenderme era marroquí y manejaba un castellano perfecto. Lo reemplazó un palestino, le faltaban tres dedos y el lento roce de sus falanges me erizaba el pensamiento. Hace unas semanas di con alguien de Argelia: memoramos los goles de Rabah Madjer, el mar, Bitat en la Independencia.
La calle de la barbería nace junto a un busto inmenso de Fernando Pessoa. Cuando no son musulmanes, los cafés del barrio son exclusivamente portugueses. Mi predilecto es García, donde sirven delicatessen de Lisboa, aunque de alejarme unas cuadras, los pasteis devendrían baklavas, gulabs o waffles. El contrapunto es extremo: según el Brussels Times, 9 de cada 10 residentes son inmigrantes de segunda generación, mientras que la mitad somos directamente extranjeros.
Inmigrante es una palabra de obvias connotaciones políticas; contrasta con expatriado, neologismo light de moda entre progresistas. De hecho, la europeización desató una oleada de white-collars bohemios u opulentos, desperdigados entre las comunas del sur y norte de la ciudad. Estos expatriados, por supuesto, no son turcos ni congoleses ni cortan el pelo mientras dialectan el árabe: eligen Bruselas, se apiñan en sus cocktelerías, la habitan durante un contrato o como sede eventual de sus vidas personales.
La inscripción de esa escultura de Pessoa reza: A minha Pátria é a língua portuguesa. En Argentina suele clamarse: La patria no se vende. Benetton ha demostrado que la patria se puede vender pero no olvidar; es una red sináptica que estructura nuestra identidad como un tren subterráneo. Bruselas está en la superficie. Bart de Wever, primer ministro, es el único estadista que reniega de la existencia del país que preside. Lidera una coalición de mercenarios, pero su ilusión definitiva la profesó por TV: “Preferiría morir como un holandés del sur, en vez de hacerlo como un belga”. Junto a sus votantes, es el expatriado ejemplar.



