I love China
- Patricio Erb

- Jan 28
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por Patricio Erb
Durante décadas, China fue presentada como el reverso incómodo del “mundo libre”: eficiente pero opaca, poderosa pero políticamente limitada. Una potencia económica sin carisma ideológico. Sin embargo, algo cambió. Y no fue China quien necesariamente impulsó ese cambio de imagen, sino Estados Unidos por la manera en que promovió la discusión y comenzó a tensionar sus propias reglas.
El storytelling de la democracia de Washington, asociado a instituciones sólidas, consensos y previsibilidad, empezó a desarmarse desde adentro. Donald Trump no sólo rompió protocolos, sino que deslegitimó formas tradicionales de hacer política hacia adentro y en el mundo. En ese proceso, sin proponérselo, dejó al descubierto virtudes chinas antes negadas.
De repente el pragmatismo político verticalista comenzó a verse más como ventaja competitiva que como defecto autoritario. Así China empezó a ser validada también en el plano institucional. No porque se convirtió en un país “democrático” dentro de los parámetros occidentales, sino porque el propio EE.UU. puso en discusión el valor de sus propias reglas.
En ese nuevo escenario, la carencia histórica atribuida a China, que era básicamente otra forma de hacer política, dejó de ser un problema y pasó a ser una alternativa. En ese sentido, quedó de manifiesto su poder económico, que dejó de ser una abstracción de datos para convertirse en un deseo de consumo.
En Argentina, la llegada de barcos cargados de autos BYD (Build Your Dreams), líder mundial en la fabricación de autos eléctricos e híbridos, o la posibilidad de comprar por Shein, vinieron a cubrir la demanda aspiracional que estaba simbólicamente vedados para los productos provenientes de la República Popular China.
La decisión de Trump de llevar la disputa a un plano comercial, dejando de lado la narrativa de las instituciones democráticas, permitió que el comunismo generara, a través de la tecnología, el diseño y la eficiencia, una fantasía capitalista global. Tal vez por eso empieza a emerger una frase impensada hace algunos años, no como consigna ideológica política, sino como un síntoma de época: I love China.//RR.PP.


