Por un lector fatídico
- 2 days ago
- 2 min read
por Rodolfo Cifarelli
La mercancía que las grandes editoriales producen son valores de uso siempre para otro. Nosotros. Esa mercancía nos llega por el necesario intercambio capitalista de toda mercancía y la utilidad del trabajo que encierra se escapa, sólo en apariencia, de la forma mercancía. El «carácter misterioso» de toda mercancía como «objeto físico/metafísico» actúa desde el libro activando mecanismos mentales que nos introducen (y nos confinan) en la Cultura neoliberal, esa isla mucho más extensa de lo que creemos y a la que casi ya nadie aspira a combatir.
Las grandes editoriales no necesitan lectores sino adictos. En este espectro la ficción cumple la función de un objeto útil, para entretener y educar, para emocionar, pero, sobre todo, para que el lector permita ser estructurado como un Jekyll solidario con las mejores causas: poderosas franquicias ideológicas. Quien lee determinados textos y calla con ellos, otorga.
Nada es tan simple ni lineal. Por suerte. Al otro lado de los espejos de colores, un lector fatídico invade el peor insomnio o la mejor noche de nuestras vidas, y ante determinadas lecturas susurra maldiciones impronunciables. A veces lo despreciamos cuando, insultante, nos impreca: «¿cómo estás leyendo esto?». Este lector, ni heterodoxo ni marginal, tampoco necesita de videítos de mandarines imitando las manos de Piglia en sus últimas digresiones borgeanas.
Este lector tiene la dosis de neurosis necesaria para defenderse de la adicción a la Cultura. Es una modesta lucha por la reivindicación del derecho a detestar las simulaciones de una «imagen de escritor/a», una ficción reiterativa que revela, involuntariamente, esa ficción ausente que no es el libro que vendrá.
Encontrar y comprender a ese daseín fatídico quizás nos ayudaría a cavar una trinchera vaciada de boberías desde donde disparar contra las omisiones de las franquicias ideológicas, los desatinos narcisistas, los targets «humanistas» impresos cual sellos postales en textualidades inocuas, en caras de actores y actrices que repiten una antiquísima comedia en el escenario de un teatro cada vez más derruido. // RR.PP.



