Una batalla espiritual
- Jun 3
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por Carlos Godoy
Así como el cine contaminó a la literatura con sus flashbacks, su objetivismo, la obsesión por la trama y la estructura burocrática del guión, la literatura contaminó a la realidad con una invocación constante a elementos fantásticos, extraños, inconducentes, grotescos. En este mundo de ficciones reales, como llamó Hal Foster, tenemos a Donald Trump presidente de USA subiendo fotos fakes a las redes caminando de la mano de aliens, o a nuestro presidente Javier Milei comunicándose con su perro muerto que en otra vida, según el propio presidente Milei, fue compañero de batalla en el Imperio Romano.
En este mundo ficcional, los saberes bajos toman fuerza. Ese universo modernista y pre psicoanalítico de las literaturas de fantasmas e invocaciones es lo que hoy llamamos “realidad”.

Por eso es inentendible el planteo que hizo el Club Atlético River Plate el domingo 24 de mayo en el estadio Kempes de Córdoba al enfrentar al Club Atlético Belgrano de la misma ciudad, que llegaba, por primera vez en su historia, a disputar una final de campeonato. No se trataba de jugar bien, no se trataba de fútbol. Quizás ese “aura” que dicen ahora las juventudes, que podría traducirse como el "ki" de Dragon Ball, sea una lectura generacional de este momento espiritual en el que estamos. Y el 24 de mayo en el Kempes no hubo un partido de fútbol; lo que presenciamos fue una batalla espiritual.
Se jugó el mismo día que el cumpleaños número 53 del máximo referente mediático de Belgrano: el cuartetero Rodrigo Bueno, que murió a los 27 años en el kilómetro 26 de la Autopista Buenos Aires - La Plata, presuntamente por un trabajo de brujería que encargó Carlos “La Mona” Jiménez.

El día anterior a la final, a las 19:05 (en referencia al año de creación del club en 1905), ingresó todo el plantel convocado a su estadio Julio César Villagra de barrio Alberdi y fue recibido por 30 mil hinchas que extasiados hicieron un embrujo para que triunfaran en la batalla. Entre la final por la promoción de River ante Belgrano el 26 de junio de 2011 y la final de la Copa Libertadores en Madrid ante Boca del 9 de diciembre de 2018, pasaron exactamente 2.723 días. Misma cantidad que pasaron entre el 9 de diciembre de 2018 y el 24 de mayo del 2026: 2.723 días. Y si seguimos buscando hay muchas cosas más que no tienen nada que ver con el fútbol, con la táctica, con la calidad, con el Tiki-tiki. River nunca asumió esa batalla espiritual. Para hacer un poco de frente al ímpetu belgranense, tendrían que haber entrado a la cancha con la Virgen de Luján en andas, o con unos collares de ajo colgados. El árbitro Yael Falcón Pérez miró como diez veces el penal en el cubículo del VAR; no lo quería cobrar, pero no podía. Había cordobeses que hicieron promesas a todos los santos, que desde temprano invocaron con velas y cánticos comechingones a todos los piratas que ya no estaban, había una fuerza vital espiritual difícil de contrarrestar. Ni Vegeta se hubiera animado a ignorar ese penal.

Fue una batalla espiritual pero sobre todo un choque de culturas, entre una que considera la espiritualidad como una herramienta para gestionar la vida y otra que no.
Si uno mira a Belgrano, a River, a Milei, a Peter Thiel, al proyecto del gemelo digital. La gran inversión silenciosa que hizo la derecha en los últimos años -quizás preparando un poco el desembarco de la IA- fue la de insistir con la espiritualidad como un recurso del poder, la comunidad, el bienestar y la justicia.

Hoy empiezan las finales de la NBA. Los New York Knicks que hace 50 años que no salen campeones y 27 que no llegan a una final están nuevamente ante el desafío máximo de la liga. La última final de la que participaron fue calcada: exáctamente contra los Spurs en 1999 y perdieron. Esta vez los Knicks salieron campeones de conferencia barriendo 4 a 0 en la serie a los Cavs y la ciudad de New York, bien al estilo parisino, terminó incendiada, con gente sacada y poseída en las calles. Igual que en Córdoba los neoyorkinos están haciendo promesas, apuestas, invocaciones vudú, magia, rapeos, cualquier cosa están haciendo en forma de plegaria e invocación para que el equipo más popular de su ciudad vuelva a campeonar.

Pero del otro lado están los Spurs. La tercera dinastía de la NBA moderna. Un equipo que entiende de espiritualidad. Que sabe que los partidos se ganan jugando mejor que el rival pero que a las finales solo se las gana con espiritualidad. Por eso en la pretemporada cuando todas las estrellas de la NBA se encierran a entrenar, Wemby, Victor Wembanyama el jugador franquicia de los Spurs, se fue a un retiro espiritual y de entrenamiento físico en un Monasterio Shaolin, ubicado en el Monte Song, cerca de la ciudad de Dengfeng, en la provincia de Henan, China.

En palabras de su maestro Yan'an: "Le dije: vos jugas al basquet y yo practico kung fu. Si querés ser realmente grande, tenes que hacer cosas que los demás no pueden hacer. El ascenso a la montaña tiene dos fases. El día es para el cuerpo: la resistencia, la fuerza. La noche es para la mente: la consciencia."

Por eso también es que un grupo de Hermanas Salesianas de San Juan Bosco de San Antonio, Texas, que siguen a los Spurs desde su generación dorada de fines de los noventa con Duncan, Ginobili, Robinson, Parker y Popovich, las Spurs Nuns entraron a escena. Empezaron a estar en primera fila de los partidos impartiendo bendiciones a los jugadores. Por eso Nike, que es el tiburón blanco que huele a kilómetros al marketing, las incluyó en la campaña Stop him? Just pray de Asher Hyde con Wemby y ellas como protagonistas.
Esta es una batalla espiritual y solo se gana con espiritualidad. //RR.PP.



