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Velocidad y redención

  • Aug 18
  • 3 min read

Updated: Aug 20

por Felipe Devincenzi

La vida cambia de repente. Te sentás a comer y tu vida, tal como la conocías, puede terminar. Así empieza The year of magical thinking (2005), concebido tras la muerte de John Dunne, quien se encontraba cenando con Joan Didion cuando su corazón dejó de funcionar. Life changes in the instant, escribió Didion al enviudar: the ordinary instant. Luego cerró el .doc y sobrevino la afasia.


Cuando inesperado, el cambio suele invocar más tragedia que fortuna. El duelo (en inglés mourning, fonética vecina a moaning -gemir-) también arrinconaría a Didion tras la muerte de su hija, tema de Blue Nights como de grandes títulos de C.S. Lewis y Paul Auster. En definitiva: ¿qué hacer cuando la pérdida es implacable? Claudicar o moverse, parecieran decir. Viajar, observar, eventualmente escribir.


Neil Peart, más conocido por sus letras e interminables solos junto a Rush, intentó todo junto. Ghost Rider remite a una tarde invernal de 1997, cuando un patrullero llamó a la puerta para anunciar la muerte de su hija. Según cuenta, el rockstar empezó a caminar de un lado a otro, algo que la biología conductual denomina search mode y los humanos imitan ante el schock traumático. Su mujer fue consecuente: “siempre supe que esto era lo único que no podría superar”. Enseguida cayó en depresión, luego enfermó de cáncer y, al cabo de un año, Peart se vio en una enorme casa vacía.


Lo que sigue es la trama principal de Ghost Rider, libro que tiene un punto en contra y dos a favor. El primero es la extensión: casi no está editado e incluye cartas, citas, un diario íntimo y crónicas que superan las 600 páginas. Neil escribe y antologa para sí mismo, sin pensar en un lector objetivo, pero los aciertos dependen de su inglés pictórico, devoto de London y Hemingway, y de los más de 47 mil kilómetros y 4 países que recorrería a bordo de su BMW R1100.

El viaje es instintivo pero nunca improvisado: Peart solía atar su bici a los micros de Rush, pedaleando entre ciudades por China y Europa, hábito que luego motorizaría. Tras perder a su familia, “atender a la siempre-cambiante ruta sirvió para mantener la cabeza ocupada”. Con esta vocación abandona Quebec hacia el Ártico, cruzando el río Liard y deteniéndose en Dawson, Yukon, donde visita el museo Jack London. Luego sobrepasa el círculo polar, recula a Anchorage -capital de Alaska- y toma un ferry hasta la isla de Vancouver. En esta primera etapa, la narración se subordina a parques naturales: Waterton Lakes, en la frontera, luego los bosques de Montana.

“La lluvia pesada parecía retener la oscuridad, mezquinando el lento fundido del negro al azul y al gris…”. El paisajismo poético culmina con los desiertos: el Basin, entre Idaho y Nevada, o la Ruta 50, que parte EEUU como un meridiano hacia la sierra californiana. “Mientras más viajaba por los páramos del Oeste, más me enamoraba de ellos: las artemisas y enebros del Basin, las creosotas y árboles Josué del Mojova, el palo verde de Sonora…”.

En cierto punto Ghost Rider se vuelve la historia de un gringo que zigzaguea entre pueblos mexicanos, urbanizaciones inertes y misteriosas que describe a un amigo preso en largas cartas donde pule la esperanza -subrepticia- de olvidar algo atroz. Mazatlán, Loreto, La Paz, Cabo San Lucas... “La música está en todas partes, todo el tiempo, y en los pueblos de México tiene el rol de levantar el espíritu de la gente”. Las lecturas cristalizan el silencio rutero: Desert Solitaire de Edward Abbey, Lawless Roads de Graham Greene o novelas de Mark Twain. Los hoteles encuadran las noches e incluyen el Seasons de la CDMX o Manzanillo, en Veracruz, para terminar en el Tony’s Inn de Corozal, recodo beliceño donde Peart volantea de vuelta a casa.

No sorprende que, en cada capítulo, los epígrafes remitan al cancionero de Rush. Hay un tema del 82 que se llama Losing It y narra el ocaso de una bailarina y el suicidio de Hemingway. Como toda su obra, la música es excéntrica y avanza en 5/4. Peart remata con los versos sadder still to watch it die / than never to have known it. Tanto los libros de Didion como Ghost Rider redimen esa máxima. Ante la devastación, se escribe. Cuando la depresión amaina, se escribe. Frente a la muerte se escribe. Y aún mejor es escribir entre las espigas del desierto, bajo el violáceo de las montañas o frente al mar, luego de andar y de andar a 150 km por hora. // RR.PP.


 
 

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