Una suerte de azul
- Felipe Devincenzi

- Dec 20, 2025
- 2 min read
Updated: Jan 27
por Felipe Devincenzi
A fines de los 50, Miles Davis tenía un contrato jugoso, las regalías se acumulaban bajo su puerta y solía merodear el Upper West Side en una Ferrari. Según cuenta en Miles por Miles, compilación de entrevistas editada por @letrasudaca, la había elegido amarilla para que los motherf*ckers lo confundieran con un taxista. Era rico y famoso pero también era negro y eso le exigía una guardia constante. Por eso se entrenaba como boxeador: en cada gira, en cada ciudad desconocida, su mánager le procuraba un gimnasio acorde. El suyo estaba en el sótano de la 77th Street y desde esa fortaleza llamó a Bill Evans una madrugada de invierno para indicar una fecha, un lugar y colgar sin más explicaciones.
La cita fue en los estudios de Columbia de la 30th Street. Por entonces Miles saturaba los charts con grabaciones exprés, series de las que surgen álbumes tipo Workin’ y en las que se percibe su voz carrasposa hablar entre temas.
I’ll play it first, solía decir, and tell you what it is later.
Imagino el exordio de esa comunión: los ingenieros tras la mesa de mezcla, los asistentes tejiendo el cableado, los músicos que llegan de a poco. Los veo emerger del dusk neoyorkino, atravesando un paisaje añil y brumoso; veo los rascacielos ensombreciendo las veredas opuestas al atardecer y veo los transeúntes sumergidos en pilotos espesos mientras una fila de Buicks rezonga entre semáforos. Veo el estuche que carga Coltrane por la 3ra Avenida, los zapatos que Evans desempolva en el tapete de entrada y los escalones que crujen bajo sus pasos mientras Miles lo mide, de lejos, con severidad y aprobación. Veo a los músicos armar con fe artesana sus instrumentos: el set de platos, las boquillas cromadas, superficies que reflejan sus cuerpos oscuros e inmensos y el abanico de atriles donde Miles distribuye unos pocos bocetos, escritos las horas previas, marcando tan solo algún tempo, una melodía, una breve sucesión de acordes.
Kind of Blue requeriría solo dos sesiones, a pesar de que sus casi 46 minutos incluyen algunos de los instantes más preciados de la música. Describirlos, claro, sería un despropósito.//RR.PP.



