La dama del martillo
- Sebastián Napolitano

- Dec 10, 2025
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Updated: Jan 27
por Sebastián Napolitano
A mediados de los 90, el director holandés Reinbert de Leeuw, hizo una visita a una compositora rusa olvidada en su casa de San Petersburgo. Esta quedó registrada en un video de cinco minutos que se puede ver en Youtube. De Leeuw llega a un complejo de departamentos, algo rústico. Galina Ivanovna Ustvolskaya, que parece una profesora de colegio primario, abre su puerta y lo recibe. Es tan amable como distante.

Con Reinbert de Leeuw. Foto: Robert Schlingemann, 1995.
Su habitación es de un ascetismo soviético: fotos en blanco y negro enmarcadas, manchas de humedad en las paredes, un teléfono sobre un mantel, un Cristo crucificado, un escritorio con unos pocos papeles, cartas y calendarios. La cama tiene una frazada descolorida. Lo único que aporta algo de color es el verde de algunas partituras acomodadas en un mueble. Sobre el piano, hay manuscritos con una escritura densa, llena de marcas, indicaciones y acentos. La cámara hace un plano sobre algunos libros: Mozart de viaje a Praga de Eduard Mörike, La felicidad puede estar en una rama de Hans Christian Andersen. Ambos en alemán.
La vida de Ustvolskaya no tuvo mayores sobresaltos y puede resumirse en un par de líneas. Nació el 17 de junio de 1919 en Petrogrado. Estudió desde 1937 hasta 1947 en la Escuela de Música de Leningrado y después de recibirse se dedicó a dar clases. Apenas salió de su ciudad hasta su muerte en 2006. Hasta los años 70 solo se habían grabado dos de sus obras que pertenecían a un período anterior a 1950, época en la que compuso una buena cantidad de música según los lineamientos del realismo socialista y que más tarde repudió y eliminó definitivamente de su catálogo. En la URSS, en todo ese tiempo, su música había pasado desapercibida tanto para las vanguardias como para la ortodoxia oficial. A Ustvolskaya esa indiferencia no le importaba. “No hay en mi música”, decía, “ninguna influencia de ningún compositor ni vivo ni muerto”. Se dice que fue amante de Shostakovich. También se cree que después de la muerte de su esposa Nina en 1953, él le propuso matrimonio dos veces. Pero ella lo rechazó. “No hay influencia de Shostakovich en mi música”, decía, “ni podría haberla”.

Con Rostropovitch. The Amsterdam Concertgebouw, 1996. Foto: Marcel Molle.
Los musicólogos que comentan su música de concuerdan en que representa una visión única del mundo más allá de los contextos en los que fue producida. Alguna vez le propusieron incluir sus obras en un concierto de “compositoras mujeres”. Cuando se entera le escribe a un amigo: “Con respecto al «Festival de Música de Mujeres compositoras» me gustaría decir lo siguiente: ¿Realmente puede hacerse una distinción entre música escrita por hombres y música escrita por mujeres? Si ahora tenemos «Festivales de Música de Mujeres compositoras», ¿no sería correcto tener «Festivales de Música de Hombres compositores»? Soy de la opinión de que no debería permitirse que tal división persista. Sólo deberíamos tocar música que es genuina y fuerte. Si somos honrados en eso, una interpretación en un concierto de mujeres compositoras es una humillación para la música. Espero sinceramente que mis comentarios no ofendan a nadie. Lo que digo sale de mi más recóndito ser…”

También dijo una vez: “El que de verdad ame mi música tendrá que renunciar a cualquier forma de análisis.” En 2005, un año antes de la muerte de Ustvolskaya, el director holandés Joseé Voormans filmó una película de media hora llamada Un Grito en el Espacio en el que se muestran los preparativos y los ensayos de la Segunda Sinfonía. Al principio del material se la ve a Ustvolskaya sentada en una silla, al borde de un lago, un escenario no particularmente idílico. Según ella es un lugar al que va a caminar, a disfrutar de la naturaleza.
— Acá compongo con mi mente —dice.
—¿Acá? ¿Sin papel? —le pregunta el entrevistador.
—Sí, en este lugar.
—Mi música es muy difícil de entender — dice después Ustvolkaya, parada junto a un árbol.
Ustvolskaya lleva a los realizadores por una ruta desolada. Viajan en auto y la compositora lleva las manos sobre las rodillas. Ella indica con un gesto de la mano y se detienen. Es invierno y no hay flores, solo unos árboles con hojas amarillentas. Al costado de la ruta se ve el pasto irregular extendiéndose hasta el horizonte.
—Acá —dice Ustvoslkaya —acá es donde compuse mi Segunda Sinfonía. Puse mi energía, mi fuerza, mi corazón y mi alma en esta sinfonía. Todo lo que había en mí está en ella.
En los ensayos dirigidos por Reinbert de Leeuw se escuchan los clusters persistentes de la música de Ustvolskaya. En la sinfonía está previsto que intervenga un actor que dice algunas palabras aisladas:
Señor, Verdad, Misericordia.
Las palabras se repiten en tres secciones distintas de la sinfonía. Según escribió la compositora al principio de la partitura eso es un grito en el espacio, la voz de una persona solitaria que está en una situación de la que no puede salir y en su descenso le pide ayuda a Dios:
Oh, Señor, Verdad y Misericordia Eterna.
Ustvolskaya dice que su música no es religiosa sino espiritual. Cuando le preguntan, responde:
—La espiritualidad es aquello que queda de una persona cuando se saca todo lo demás.
Hacía el final del documental se puede ver a Ustvoslkaya llegar en silla de ruedas al ensayo general. Se la ve nerviosa. Sigue la música con su partitura llena de marcas e indicaciones. Terminado el ensayo la entrevistadora le pregunta si la sinfonía aún significa lo mismo que cuando la escribió.
—¿Se siente sola? ¿Aún le pide ayuda a Dios?
—Sí —contesta ella.
—¿No es eso triste?
—Sí, pero así es mi vida —dice.
Alguna vez un crítico musical llamó a Ustvolskaya “la dama del martillo”. En sus obras se escucha esa insistencia que solo puede alimentar una soledad infinita.///RR.PP.


