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NOTAS

117 results found

  • Ezeiza

    por Ariel Magoc Ezeiza vuelve a ocupar el centro del imaginario argentino. La explosión del otro día, ruido seco, humo y confusión, reavivó esa mezcla de fascinación y espanto por un territorio que siempre funciona como frontera. Ezeiza es, para muchos, la puerta de escape: “la salida es Ezeiza” “Ezeiza o subdesarrollo”, repetida por quienes declaran que “Argentina es una mierda” y suben su última foto con el rostro despojado de libido y deseo en el aeropuerto donde dejan de ser profesionales de clase media para engrosar el proletariado agrícola de Australia o el ejercito de limpiadores de baños de Madrid. Ezeiza también es el título de unos de los libros fundamentales del canon antiperonista, ya no como vía de escape, sino como de retorno traumático, en ese caso del General Perón. Se trata de la publicación de Horacio Verbitsky donde el autor intenta dejar en claro que en Argentina las esperanzas detonan desde adentro. Circula en redes sociales un video muy gracioso donde unos pibes se juntan en una esquina donde ocurre un extraño fenómeno físico que hace que quienes pasan en moto por ese lugar terminan resbalando y cayendo al piso. El gag involuntario se completa con las risas y los gritos de cuidado de los espectadores. Si bien no se ve en que calles ocurre podemos suponer que es allí en el distrito liminal por el mural del club Tristán Suarez (no vas a encontrar un mural de los Lecheros en otro municipio) que hace de escenografía. En esa risa se cuela la intuición de que Ezeiza también es eso: un territorio donde conviven el desastre, la fuga y una vitalidad que insiste en aparecer en los lugares menos pensados. Quizás Ezeiza no sea ni la salida ni el problema, sino el espejo donde se reflejan nuestras contradicciones más crudas. Un punto bisagra donde cada argentino decide, aunque sea por un segundo, si se va, si vuelve, o si todavía puede quedarse y cagarse de risa. //RR.PP.

  • La intuición científica

    por Damián García Tycho Brahe aprovechó la predilección del Emperador Rodolfo II por los alquimistas y los astrólogos. Con el fin de realizar observaciones astronómicas diseñó sus propios artefactos bajo el mecenazgo imperial. Construyó cuadrantes, sextantes y astrolabios con los que fundó su observatorio cerca de Praga. Punto por punto, noche tras noche, proyectó sobre un casquete esférico imaginario las posiciones de los planetas y de las estrellas para luego traducirlos en datos numéricos. ¿Qué deseos tenía para sus registros? ¿En que anhelaba que se convirtieran? Si la ciencia es construida por el hombre, es factible detectar en ella rasgos de aquellos que la moldearon: reflejos de sus humores, sueños y creencias, pero también de sus miedos y de sus perversiones. ¿Cuál es, entonces, el legado de veinte años de meticulosas observaciones estelares? Ne frustra vixisse videar. Que no parezca que he muerto en vano. Los historiadores de la ciencia separan la pericia técnica de Brahe de sus ideas astrológicas. Sin embargo, Brahe era pitagórico. ¿Por qué razón sino persistió en la rutinaria tarea de decodificar señales lumínicas? ¿Qué sostuvo su convicción todos esos años? Las ideas se tejen sobre intuiciones. Una membrana que lo abarca todo. Donde antes hubo una intuición respecto al orden universal, una idea de armonía, ahora se enquista la del caos. ¿A qué terrores nocturnos responde esta patología de la ciencia moderna ¿Qué creencias se promueven en los hombres que se dedican a la ciencia? Solo basta seguir el camino de los mecenazgos modernos. La interioridad del que piensa influye en la forma de su idea. Aquello que tiene una génesis pasional la razón apenas puede conducirlo. Al final, el método de la ciencia es aquel que produce resultados. Si nuestra comprensión de la naturaleza no puede avanzar más allá de las preguntas que nos hacemos, deberíamos volver a prestar atención al aljibe de donde salen todas las dudas. // RR.PP.

  • Mad Men: una odisea cheeveriana

    por Marco Castagna John Cheever (1912 - 1982, cuentista y novelista norteamericano, ganador del Pulitzer) es dueño de una obra magnética. Pese a la evidente precisión de sus relatos, en el fondo siempre parece hablarnos a través de su corazón implorante. Y desde el pozo, se sacude pidiendo perdón y reclamando amor. Muchas son las obras post-Cheever deudoras de su estilo y aún más los imitadores que fracasaron al intentar emularlo. Pero quizá sea  Mad Men , la famosa serie producida por Silvercup la que, a través del retrato de la vida en una agencia publicitaria en la Nueva York de los sesenta, alcance uno de los puntos más altos del manifiesto cheeveriano. A través de la vida de Don Draper, el publicista estrella de la oficina, parece reflejarse también el derrotero del propio John Cheever y sus libros. Mad Men  puede verse y entenderse con el cristal de una odisea cheeveriana: sus personajes persiguen oscuramente el amor; son Ulises soñando con el regreso a Ítaca. Lo trágico no es que tarden en llegar, sino que ya no recuerdan dónde estaba ese lugar natal. Y así y todo, no renuncian a la búsqueda.  La ciudad de Draper está llena de corazones rotos y solitarios que antes o después del trabajo ahogan su melancolía (o cafard , como nos decía Cheever) en un vaso de whisky o de Old Fashioned . Y tanto en  Mad Men  como en la obra del escritor, los personajes intentan dotar a sus vidas de algo de luz: son impostores que pueden mentirle a todo el mundo menos a sí mismos, enfermos de rabia y autocompasión. Este universo se recrea perfectamente en la serie, que renueva el misterio esencial del “Homero de los suburbios”. Don Draper parece confundirse así con Neddy Merrill, protagonista de  El nadador , quien decide hacer un viaje por las piletas del barrio hasta llegar a su casa. La sorpresa y, sobre todo, epifanía cheeveriana, se da cuando Neddy finalmente llega y la encuentran cerrada, en venta, ajena para siempre. Entonces comprende que Ítaca siempre estuvo en otro lugar. Tal vez a cientos de kilómetros de ahí. // RR.PP.

  • Amistad intermitente /2

    por Felipe Devincenzi La Bohème  es una ópera de cuatro actos escrita en 1895. El primer estreno fuera de Italia se produjo en Buenos Aires un año más tarde. Desde entonces, cada interpretación culmina en sold out , siendo la obra más famosa de Puccini y la transición del lirismo del S. XIX al soundtrack moderno, algo ya perceptible en Falstaff ,   de Verdi, y acá exagerado con unísonos dramáticos, leitmotivs pentatónicos y duetos que inducen el llanto.   La primera versión que presencié fue en   Bastilla en 2014. Era la puesta de Jonathan Miller, tan literal que hacía del escenario una máquina del tiempo: las fachadas vetustas, la nieve artificial acumulándose en el empedrado. Unos años más tarde tocaría la obra en el mismo teatro, fortuna que coincidió con la primera colaboración entre Dudamel y esa orquesta tricentenaria. Hasta entonces pensaba que el venezolano era un buen director, algo inflado por el marketing de El Sistema , pero lo cierto es que dirigió de memoria desde el primer ensayo, canturreando en italiano, colando leves sugerencias que elevaban la partitura a lo sagrado.   Yo había llegado a París un año antes. Me valía de una beca espuria y mi mejor amigo era un chileno que subsistía en un sucucho del Impasse Milord, pagado con prodigiosa irregularidad. Eran cinco pisos por escalera y ventanal en la mansarda, donde apenas se intuía la opulencia de la gran capital. Solía ir cuando el conserje nos echaba del conservatorio, cierre que aprovechábamos para recalar en un bar de argelinos, o para robar vino del Carrefour Express y luego tomarlo junto a una estufa halógena, diminuta, que ruborizaba el parqué astillado. Por un tiempo la vida fue eso: horas de instrumento, fiestas de interior y el abrigo de monoambientes exiguos, cercanos al bulevar periférico.   Como canta uno de los barítonos, La Bohème gira alrededor de esa bella età d'inganni e d'utopie . El libreto se basa en una serie de “escenas ”  que Henry Murger escribió y compiló alrededor de 1851. En el prólogo asegura que la bohemia es el sendero de quienes hacen una vocación de una fantasía. Pobres muchachos arrastrados por la marea , escribiría Bolaño. El título del último relato de Murger lo resume bien: La jeunesse n'a qu'un temps .

  • La gran llanura /11

    por Rodolfo Cifarelli Al suspiro de fastidio le siguió un tono excesivamente sereno, como el de un Herrscher que, ubicado plácidamente en su escritorio, observara a través de un ventanal gótico el Müggelsee en primavera. –No hago pactos. Esa es una de las tantas y efectivas difamaciones que me perseguirán hasta el fin de este mundo. Cuánta paciencia debe uno guardar frente a generaciones y generaciones de provocadores. Recuerdo a uno, bastante patético: Goethe, que me imaginó robando joyas para ponerlas en el armario de una pobre chica de la que Fausto se había enamorado perdidamente. Amor a primera vista. Qué ingenioso, ¿no? Bueno, ni hablemos de los suicidios debidos a esa mediocre novelita titulada “Werther” … Y, además, ¿el sabio Fausto me necesitaba a mí para ser aceptado por una chica que, para colmo, no se sentía a gusto con esas joyas porque, según ella decía, no era una dama de la alta sociedad? –la risa sonó, por primera vez, franca y cristalina–. Prejuicio de clase enmascarado de amor sublime y lucha metafísica del bien contra el mal. Demasiado hábil para infinidad de tontos. En cuanto a Thomas Mann… Digamos que lo respeto. Tuvo la delicadeza de presentarme con más lirismo y en el corazón del arte de las artes. En fin, perdería mucho tiempo exponiendo sobre difamaciones y afines. Nada de eso tiene ya arreglo. Hic et nunc, es lo que importa. Calló. Nadie hablaba. El silencio era frío y agobiante. La voz decidió romperlo: –¿Se llevan las cajas o no? Decidan por su cuenta. Estoy un poco cansado. Deseo fumar en soledad y repasar cuestiones más profundas que un viaje a la nada. Buena suerte, de todos modos… El portón desapareció y entró una luz granulada, ocre, cálida. Vieron el interior descascarado de la cúpula, con un nido de gorriones y trozos de pintura dorada a punto de caer. Y las cajas. Y nada más. Afuera los esperaba el resto del grupo, con las ropas secas y las caras expectantes. Y no les faltaba ningún caballo. // RR.PP. Foto: Lago Müggelsee, Berlín

  • Notas sobre el narcoperonismo

    por Juan Terranova El narcoperonismo existe pero ¿cuándo empezó? No con el general Perón, adicto al poder, a la rosca, a la justicia social, pero, en líneas generales, un hombre de Estado, sobrio, ocupado. En sus momentos de esparcimiento, alguna actriz o bailarina, de la que se enamoraba. Workaholic, militante de una sola idea señera, no lo veo disfrutando ni siquiera del champán de las celebraciones castrenses o presidenciales. Su mambo estaba muy lejos de ser químico. En la comunidad organizada no había lugar para experimentaciones ni curiosidades farmacológicas. Luego, la resistencia. Un vaso de vino abajo de la parra, discutiendo con los compañeros. Una ginebra de madrugada después de plantar un caño, o también recién levantado, antes de ir a la fábrica para repartir volantes clandestinos. No mucho más que eso, que ya es bastante. Montoneros. Tampoco de ellos esperemos una ampliación de los límites de la percepción. Católicos practicantes, tiernos hijos del acomodo, intelectuales altamente ideologizados, tuvieron de forma explícita o tácita una política de cero drogas. Su adicción irrefrenable era a los fierros, a la adrenalina, al panfleto, al combate y al sacrificio. Ahora bien, existió, sí, para esa época, un hipismo de la primavera camporista que se intoxicó con marihuana, frivolidad, rock, consignas, su propia juventud y recorridos lentos por los paseos públicos. Podía ser, ese movimiento lábil, filoperonista. Incluso algo militante, pero siempre hasta ahí. Y enseguida, el peronismo morirá mil veces en las mesas de tortura de la dictadura. Con la vuelta de la democracia, los compañeros se sumergen en una ligera ola de culpa. Los festejos se los dejan a los muy jóvenes, a la UCR, a la clase media que un par de años antes había pedido el golpe y ahora lo condenaba. La figura peronista de esos años 80 es Saúl Ubaldini, liderando la CGT. Tabaco, escolazo, movilización, entonces. Un renacer juegándose un pleno, lindando la ludopatía, pero sin acertar. El peronismo se rearma con gente de café, fusilada en cuerpo y alma, cafierista, resignada pero viva. Alguno se tomará un whisky importado de trasnoche, antes de la hiperinflación. Después el menemismo. Y acá sí se da una inauguración. Todo tiene cocaína. Todo termina y es subrayado invariablemente por la cocaína. Poder y cocaína. Pizza, champán y cocaína. Mujeres, siempre pagas, y cocaína. Ferrari, privatizaciones, liberalismo, ley de convertibilidad y cocaína. Los hombres de la política del conurbano bonaerense, rápidos para los mandados, adoptan una droga que no conocían, o conocían mal, pero intuían muy bien. Nace el narcoperonismo, la combinación anti-doctrinaria de drogas, farándula y política. Se democratiza el acceso a la tecnología y a los estupefacientes. Se vive el éxtasis del uno a uno, se veranea en Punta del Este o en Miami. Del Frente Grande, el Frepaso y sus afluentes y síntomas, eternos opositores, no hay mucho para decir. De la Rua tomaba viagra. El Chacho Alvarez, cómo mucho, un amargo obrero. Al mismo tiempo, el Duhalde en los 90 tuvo una relación funcional con el tráfico. Destruido el tejido industrial y comunitario de la Provincia de Buenos Aires por la convertibilidad, habilitó que punteros y allegados sostuvieran a sus familias ampliadas dileando cómo y dónde quisieran. El progresismo lo denunció. Pero esa red de narcopolítica fue la que terminó salvando las papas hacia el final catastrófico de la Alianza. Por su parte, Duhalde, pragmático, habiendo ganado a pulso y fiebre la presidencia, consumía lo que podía, lo que la historia le facilitaba. Desde el 2001 para acá, sobre todo, Lexotanil para poder dormir, estar fresco y así encarar el gran quilombo de inicios del siglo XXI. Después la joven Cristina seguro fumó marihuana. Y Néstor la vio fumarla. Y un día llegó La Cámpora. Pastillas, música símil años 70, o dulce electrónica. La cocaína comprada con la plata de la soja sería uno de los combustibles de La Cámpora; el otro, los cargos públicos. Y el heredero, duro, con la tele sin sonido, tomando merca y jugando a la Play hasta que se haga de día. Es el narcoperonismo célibe y progresista con consignas, nepotismo y drogas prestadas del siglo XX. Alberto se cae del mapa. Podía tomar falopa, whisky, antidepresivos, fernet con coca. Podía pegarle o no a la mujer. Podía tocar la guitarra, sacar a pasear al perro. Sabemos que brindó con champán durante la pandemia. Pero, más allá de los indignados de siempre, a nadie le importó mucho en ese momento y a nadie le importa mucho ahora tampoco. Del otro lado, en el narcogorilismo, emergen, en el siglo XXI, dos prototipos de cocainómanos opuestos. Cada uno desarrolló su edipo tóxico de forma diferente, en relación a su padre y al capital. Uno, el millonario, garca, CEO, zona norte, perezoso, una raya en Punta. El otro, el plebeyo, grandilocuente, de sexualidad frágil, resentido, soñando con ser alguien, tomando en la oficina después de hora. El primero sigue consumiendo de forma social, del culo de alguna puta. El otro, en el poder, oscila entre la pala y el clona, y es mirado por la nación completa que espera su disforia, su caída, esa amarga resaca que anticipara la melancolía de su irremediable suicidio./// RR.PP.

  • Sonidos en la cabeza

    por Sebastián Napolitano Scott LaFaro nació en Nueva Jersey en abril de 1936. Su padre era un músico de origen calabrés que había trabajado en las big bands de los años veinte. Tras la 2GM, la familia se mudó a Geneva, pueblo donde Scott culminó la niñez jugando al softball, haciendo aviones de madera balsa y coleccionando historietas. De adulto anhelaría esa vida suburbana: "Extraño el campo. Tal vez por eso Miles Davis me conmueve: él también creció ahí y eso se escucha en su forma de tocar."   En la adolescencia solía sentarse en la escalera de su casa para escuchar el violín de su padre, amén de discos de Nat King Cole, Sinatra y Lionel Hampton. Empezó a tocar el clarinete bajo y el saxo tenor como parte del programa escolar, pero eventualmente se lesionó jugando básquet y le dieron seis puntos en el labio superior. Cuando volvió a tocar, notó que su embocadura había cambiado. Su padre fue consecuente: antes de que empezara la universidad, le regaló un contrabajo.   Los siete años que le quedaban de vida alcanzarían para revolucionar la técnica del instrumento y, sobre todo, la función que podía ocupar en el jazz. "Voy a practicar", decía, "hasta ser tan bueno como Konitz, Desmond, Getz y Sims juntos". Su primer trabajo fue con la orquesta de Buddy Morrow y luego se unió a Chet Baker. La reputación de virtuoso creció rápido: una noche Paul Bley lo situó en el proscenio por ser el mejor de la banda. Otra vez, sus compañeros lo dejaron solo en el escenario para aplaudirlo desde el público. En otra ocasión, Monk cuenta haberlo hecho tocar standard tras otro sin darle más indicaciones. Antes de dejar la sala, el pianista solo espetó: "Fue un gusto tener esta charla."   Cuenta Charlie Haden que una vez encontró a Scott a cara cubierta, sentado en la cama de una habitación de hotel. Le preguntó qué pasaba y LaFaro, como agotado, dijo: “Por más que lo intente, nunca voy a poder tocar todos los sonidos que escucho en mi cabeza”. Lo cierto es que no hubo tiempo: murió a los 25 años, en un choque, pocos días después de grabar las sesiones del Vanguard junto a Bill Evans. // RR.PP. Foto: Jim Marshall

  • La quinta de los Lumière

    por Felipe Devincenzi   Escucho un audio de Terranova mientras meriendo en Maurice , café de especialidad del centro de Toulon. Hablando de mis vecinos, Juan sentencia: "los franceses inventaron el cine". Tiene razón. Se dice que un médico borgoñés fue el primero en definir el movimiento como una serie de quietudes. Marey era fisiólogo y sus cronofotos inspiraron a Le Prince a realizar una animación de dos segundos. Endeudado y luego desaparecido, los Lumière tomaron la posta, reemplazando las placas por celuloide y patentando el cinematógrafo que proyectaría, en 1895, las primeras películas.   ¿Dónde fue el estreno? Tras Toulon, busco alquiler en los pueblos cercanos a Marsella. Doy con un monoambiente emplazado en un palacio de paredes rasas, antecedido por una verja inmensa y el bulevar que desemboca en la playa mediterránea. La urbanización es La Ciotat: calles estrechas, el barrio gitano acobachándose junto al astillero y el dique apacible, repleto de veleros. La hacienda está alejada, camino a la gare . Era la casa de verano de Antoine Lumière, quien hizo fortuna fabricando placas fotográficas en Lyon, aunque el devenir fue más justo y apocado: en 1937 se dividió en departamentos y el parque se loteó.   Mediaba 1892 cuando el padre de Louis y Auguste compró esas 90 hectáreas y 3 km de costa con el guiño de unos amigos masones. Luego levantó el casco principal, los establos, la central eléctrica, anexos que giraban en torno a los caprichos familiares. Su ladera estaba cubierta de viñedos. Ahora solo quedan cedros, palmeras, algunas estatuas y un estanque vacío. El archivo municipal exhibe esa primera fachada: las columnas de peristilo, las pilastras, las cornisas y balaustradas con detalles en estilo rocalla. Para 1930 se había convertido en hotel pero el proyecto no prosperó. Sobrevino entonces la guerra, la ocupación, el remate.   Desde el balcón mido esos jardines que atestiguan el extraordinario pasar de los hermanos-luz. La glorieta invoca a Renoir: el manierismo bucólico, los picnics en camisa y sombrero de mimbre. Pero los Lumière filmaron escenas más modestas, como la del tren a vapor, el escorzo en crescendo y el mito del pánico que desató esa locomotora espectral. El corto se presentó en París tras mostrar el piloto en este edificio, una tarde de allegados de 1895. Su entorno silencioso me revela un corolario: fue acá donde la gente admiró una pantalla por primera vez, dando la espalda al mar, a los árboles, al cielo siempre azul de la infancia. // RR.PP. Fotos: La Ciotat /Felipe Devincenzi

  • La gran llanura /10

    por Rodolfo Cifarelli La mano blanca soltó una rosa roja que ascendió muy lenta hacia el interior de la cúpula. Instantes después aparecieron los panes tibios en las manos de los rehenes. El ex seminarista arrojó el suyo violentamente contra el supuesto altar. La voz no respondió. Los primeros que los mordieron, lo hicieron con precaución. Dos o tres se animaron a decir que eran muy sabrosos. Todos, excepto el ex seminarista, nada arrepentido, comieron. –Qué habló con Él –pregunto el ex seminarista. –Es confidencial –dijo la voz–. Al menos por ahora y, creo, por mucho tiempo. La última vez que lo vi Él no me vio. Lo contemplé subido al otro lado de un muro del jardín donde Él meditaba sobre su propia crucifixión. No era un momento para molestarlo y me fui convencido de que no había marcha atrás. La mano blanca se movió, esta vez casi con desgano. El espacio se fue iluminando con una luz turbia y granulada. Sobre una de las paredes había una decena de vasijas con agua fría y limpia. –Otro truco de circo –dijo el ex seminarista. Todos se lanzaron a beber. El ex seminarista se arrodilló vencido a un costado. –Pero todavía falta el mejor –dijo la voz. En otra pared vieron doce grandes cajas de madera sin tapas. El veterano de las Islas se acercó a una. No pudo contenerse y gritó. Luego, de una de las cajas sacó un AK-47. Nuevo, brillaba, parecía tener vida propia. Lo sopesó atentamente con manos temblorosas. –Es real –confirmó. La luz era ahora más clara. Todos, hasta el ex seminarista, se acercaron a las cajas. Ametralladoras cortas y largas, visores nocturnos, AK-47, granadas, cartuchos de dinamita, paquetes de municiones, chalecos antibalas, cascos… –Todo es real –dijo la voz. El primero al que escucharon hablando solo en la llanura (« Primero mataron a los indios, después a los gauchos y ahora… ») le preguntó a la voz: –¿Cuál es el pacto? –Ninguno –dijo la voz. –¡Mentira! –gritó el ex seminarista. –¡Ninguno! –gritó la voz, y hasta las municiones dentro de los paquetes vibraron. –Es difícil que nada quiera usted a cambio –dijo el veterano de las Islas. La voz emitió un suspiro de fastidio. // RR.PP.

  • Las narrativas científicas

    por Damián García Son acotadas las frecuencias en las que podemos detectar los fenómenos físicos de la naturaleza. Extendemos esas rendijas hasta unirlas, pero desprendidos de nuestros sentidos solo nos queda la matemática con su ciencia de datos, deconvoluciones y gráficos. La intrusión probabilística en el conocimiento intercambia rigurosidad por precisión. Si cada punto en el dibujo de la comprensión humana termina siendo una línea, ¿cómo se evita la miopía afectada con la que vemos el universo? ¿Cómo pueden más experimentos y nuevos datos quitar la vibración defectuosa de ese pantallazo? Dos mil años de filosofía natural han resultado en un camino sinuoso sobre el que con mayor o menor éxito construimos ideas. De las partículas subatómicas hasta las galaxias, juntamos evidencia y armamos una narrativa lineal. Los relatos funcionan como lentes que corrigen las aberraciones estadísticas. Un dato se convalida solo en relación con los otros datos. Pero si la información viniese enganchada sobre sí misma por alguna especie de fuerza velada que opera en nuestros cerebros, entonces, ¿qué es lo que da sustento al tejido? ¿Sobre qué cimientos se anuda? Aunque Giordano Bruno fue de los primeros en adoptar el modelo heliocéntrico, su espíritu de confrontación y sus especulaciones filosóficas contrastan con el temperamento sereno y reflexivo de Copérnico. Donde el astrónomo veía un artificio geométrico de enorme complejidad y potencia, Bruno encontraba un artefacto narrativo. El universo infinito y la vulgaridad del Sol pudieron ser vistos como atrevimientos ontológicos, pequeñas licencias que poco tenían que ver con la belleza que entendía Copérnico en su obra. ¿Qué opinión podía merecerle a un geómetra conservador la especulación filosófica? Las disyuntivas narrativas podían solucionarse en la hoguera. Pero las matemáticas no siempre fueron consideradas aspectos condensados de la realidad. No era la pureza del cálculo la que otorgaba protección, sino la intrascendencia de los postulados. Invertido el orden jerárquico, ¿quién puede encender el fuego que aleje las sombras estadísticas? //RR.PP.

  • Amistad intermitente /1

    por Felipe Devincenzi Tengo una amiga que veo en sitios aleatorios cada muchos años. Las balaustradas del Palais-Royal, el casino de Mar del Plata, el malecón de La Habana. La llamo Lisa porque toca el saxo y lee al ritmo de un escáner fotográfico. Igual que el personaje, tiene una opinión forjada para todo, por no mencionar su sentido del humor, que suele alardear como un relámpago.   Lisa creció en Ayacucho, aprendió a carnear novillo en los festivos y a preparar mate cocido con brasero. Ahora toca música contemporánea, obras caprichosas e ilegibles, tesis que descifra en un pueblo corte Truman’s Show al pie de los Alpes suizos. Su balcón da a un lago que el mediodía desarma en un millón de esquirlas: manchas inquietas que estriñen la visión y la obligan a tocar con ojos cerrados.   En La Habana me salvó un cumpleaños; hacía semanas que viajaba solo, sin internet, y todo en la isla se me hacía ajeno y ligeramente desalmado. Esa tarde encapotó, el viento trajo olor a tierra y los cubanos empezaron a guarecerse bajo las marquesinas de sus almacenes vacíos. Antes que arreciara, envolvimos los documentos en bolsas de nylon y luego pedaleamos como lunáticos. El agua era densa, cubriendo los primeros rayos del rodado, y nuestro paso abría una leve flecha en medio de la Quinta Avenida.   De vuelta en el departamento, tomamos Cristal de lata y dormimos a velador prendido. Las ventanas estaban abiertas y el chubasco amortiguó mi sueño afectado. Al despertar, Lisa y el cielo resplandecían. Enseguida pasó un mate, contándome que Silvio Rodríguez le había contestado un mail, una declaración de amor a sus canciones peregrinas. Disfruta mi país y ve a la playa , le sugería el trovador, sin pretensiones, al final de la misiva.   Imaginaba ese tipeo, la guitarra, su mansión ruinosa del barrio Miramar, cuando pasó un carretero ofreciendo mango a gritos. Lisa chifló desde el balcón, desapareció unos minutos y volvió con un plato de gajos amarillos. Comimos en silencio, el dulce tropical diluyendo el detrito de yerba tibia. Después me cambié, bajé a la calle y negocié un taxi destartalado. En el avión intuí un posible reencuentro: aleatorio, extranjero, con suerte de cara al mar. Foto: Malecón / Felipe Devincenzi

  • La gran llanura /9

    por Rodolfo Cifarelli   La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro. Otra vez se agitó la mano blanca, otra vez se soltó la pequeña llama y luego flotó el polvo fosforescente. Las sombras ahora eran frescas, secas, acogedoras. –No, no, me corrijo: creo en la posibilidad de la razón y de la libertad humanas. Y justamente esa es mi rebeldía, ergo mi condena. Afuera, la tormenta recrudecía y zumbaba como una gran explosión que ocurría a cientos de kilómetros. Las pupilas de los rehenes se encendieron nuevamente. Reinaba una misteriosa tranquilidad. –No se confundan –dijo la voz, que sonó como un complemento de esa misteriosa tranquilidad–: Yo no los busque a ustedes. Reconozco que suelo estar cómodo de incógnito, en un refugio solitario como esta morada, y ustedes vinieron sin ser llamados y ahora sufrimos este grotesco ataque que pretende interrumpir nuestra amable reunión. C, un ex seminarista, dijo: –Yo sé bien quién es usted. –No se equivoca –dijo la voz–. Al menos, en parte, no se equivoca. –En qué no me equivoco –dijo C. –En muchas cosas. –Cuáles. La voz suspiró, como si hubiera esperado ese momento. –¡En que tampoco lo busqué a él! Al Hijo, claro está, me refiero. La tentación del desierto fue una dolorosa autosugestión, perfectamente entendible. Los grandes hombres saben que el mal nace adentro de nosotros, en los sótanos más inaccesibles del alma. Son las derrotas ante las tentaciones las que nos mezclan a las serpientes del afuera. Él se probó a sí mismo. Y ganó. Pero no a mí. Desde ya, me he acercado a Él en otras ocasiones. Nunca en el desierto. –¿Cuándo estuvo con Él? –preguntó el ex seminarista. –En el patio de un alfarero en Cafarnaúm, en un callejón de Jericó y en una hermosa playa del mar de Galilea. Largas, largas charlas. Lamentablemente no nos pusimos de acuerdo. –Usted es un mentiroso –dijo F, que había sido carpintero de iglesias. La mano blanca soltó una rosa roja que ascendió muy lenta hacia el interior de la cúpula. // RR.PP. Foto: Córdoba, Argentina / Mitch Dobrowner - NYT

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