NOTAS
162 results found
- Los demonios de Daniel
por Bruno Casabona Some would try for fame and glory, others just like to watch the world son los últimos versos de la canción The story of an artist de Daniel Johnston y, en mi caso, el detonante más efectivo cuando quiero llorar y no me salen las lágrimas. Con la justicia que muchas veces brinda el paso del tiempo, su figura hoy es conocida y quizá se deba en gran medida a The devil and Daniel Johnston, documental de 2005 que ganó el Sundance Festival. Como suele pasar, las personas que tienen una sensibilidad extrema son las primeras en reconocer otras con la misma condición. Es el caso de Kurt Cobain, quien se subió al escenario de MTV en 1992 usando una remera blanca con la tapa de uno de sus cassettes. En ella, la ilustración de un animal mutante rezaba: Hi, how are you. Daniel, a pesar de que muchos piensen lo contrario, sí quería ser famoso. Lo cierto es que por decisión o impericia, la única forma de lograrlo fue a su propia manera. En el film se ve a una persona obsesiva, que se pasa horas frente al piano, compone cientos de canciones y se graba una y otra vez, sin utilizar master tape, sino reinterpretando sus propios temas para crear nuevas copias. Johnston fue diagnosticado con trastorno bipolar e internado en reiteradas oportunidades en hospitales psiquiátricos. Una vida turbulenta que no le permitió hacer una carrera musical “normal”. Y eso es justamente lo que se escucha en su música: una voz quebrada e inestable -de a ratos disonante-, letras con palabras o frases que se repiten, silencios a destiempo, notas de guitarra y piano que se amontonan y mucho lo-fi de cintas reutilizadas, micrófonos viejos e instrumentos desafinados. En 2013 Daniel tocó en Niceto y fue la única vez que visitó Argentina. De esa noche, en Youtube está el video de I’m walking the cow con Shaman y Maxi Prietto en las guitarras. El audio es precario, pero en la imagen se ve a un Daniel muy deteriorado, luchando para contener los temblores de su brazo derecho. Paso a la última canción que tocó esa noche, True love will find you in the end, y no puedo evitar otra lágrima. // RR.PP.
- La gran llanura /13
por Rodolfo Cifarelli ¿Se acercaban o no al primer enfrentamiento? La noche anterior, justamente, el ex carpintero contó una historia de enfrentamientos que le contaba su padre. Todas nuestras desgracias, decía el padre, nacieron el maldito día en que el presidente Sarmiento visitó al general Urquiza. Luego de aquella reunión, en ningún tiempo se lo había visto tan cabizbajo al general López Jordán, y fue en esos días cuando López Jordán decidió acabar con Don Justo, y levantar en armas a sus hombres. López Jordán acabó, sí, con don Justo, pero la guerra se complicó más temprano que tarde, según el padre del carpintero. Los hombres de López Jordán sufrieron vejámenes y fusilamientos, y tras la fatal derrota de Sauce, el presidente Sarmiento, envalentonado, mandó al general Rivas, que encontró mal parados a las tropas federales en Santa Rosa, lo que le impidió a López Jordán capturar Gualeguaychú. La situación, insostenible, hizo que López Jordán tomara la decisión de marchar hacia Corrientes, desoyendo una vez más a su estado mayor, que había propuesto emular el éxodo jujeño para cada sitio que abandonaran. El 26 de enero de 1871, día fatídico si lo hubo, en el paraje de Ñaembé, a los soldados federales se les metió bala por los cuatro costados. Después de la retirada López Jordán se plantó frente a la tropa hecha harapos: Sé que quisieran seguir combatiendo, sin embargo ahora hay que desensillar hasta que aclare. Y con su estado mayor partieron hacia la Banda Oriental, y de ahí a Santa Ana do Livramento. Los soldados federales vagaron sin rumbo, entraban en caseríos fantasmas en los que no había ni huesos de perros, desde pulperías a iglesias, cada palmo de aire devastado por la guerra. Sin esperanza, desarmados, cruzaban bosques de tala y chañares hacia el sur. (El Sur, pensó entonces el Veterano, es lo que siempre, conscientemente o no, se busca: el fin del mundo y el faro que alumbra el fin del mundo. Y luego, ¿qué?). Y los soldados federales no llegaron al Sur. Antes los mataron a todos y fueron alimento de las especies rapiñeras. (Obnubilarse con la luz del faro del fin del mundo. Y luego, ¿qué?) Foto: Faro / Tierra del Fuego
- Pensar la carga
por Rodolfo Cifarelli A bordo de un Nostromo que en Chasm (2015), la mejor nouvelle de Nick Land, se llama La Pitonisa, Tom Symns, el narrador, se pone bajo el mando de James Frazer, jefe de la tripulación. Más allá de los vasos comunicantes que Land suscita con Ballard o Gibson, Chasm es una contra-versión de Moby Dick de Melville y evoca secretamente a El salario del miedo de Georges Arnaud. ¿Cuál es la carga contenida en esa extraña caja que Symns ve como «el ataúd de un niño extraterrestre» destinada a ser hundida en lo más profundo del océano? ¿Es el inconsciente que trabaría una poshumanidad? ¿El miserabilismo trascendental que intentaría desacelerarnos en preocupaciones triviales? Obviedades inconvincentes. Pensemos al revés de ese Land que abogaría por un pasaje a una fase poshumana donde las autonomías individuales y colectivas serán indefectiblemente reprimidas o controladas al máximo. En este sentido Chasm es un manifiesto literal para que los sujetos, para derrotar al aceleracionismo que Land defiende, piensen la carga. Land no habla aquí de ese futuro que se introdujo en el neocapitalismo como un coágulo nihilista que impone pensar, justamente, un futuro como final de las expectativas de liberación social e individual. Nada más reaccionario que creer que el futuro ya llegó, cobijados en la autocelebración de un (¿buscado y sobreactuado?) desconcierto. La carga que una compañía misteriosa, metáfora del vértice más letal neocapitalismo, decidió desaparecer representa la suma de los desbordes del pasado en un presente que se derrumba no en un futuro sino en su propio vacío. No hay apocalipsis, hay chasm (abismo), y en La Pitonisa no hay salvadores, aunque, habría algo para salvar, que no es el cadáver de un niño extraterrestre. Frazer y Symns sospechan que algo valioso se pierde con la misión, y que eso está íntimamente relacionado a ellos. Pero dejemos que el final sea todo de Land: «Un punto ciego es un agujero en la percepción que se oculta a sí mismo. Es lo que no se ve. La carga —el pensamiento de la carga— era así. Estaba perfectamente oculta, en todos los aspectos normales. Sin embargo, se cernía en alguna otra dimensión excesiva.» // RR.PP. Ilustración: New York Times
- Don Carlos
por Felipe Devincenzi Murió a los noventa años, todavía senador, sobreseído o excusado, según el caso, de vender armas en los Balcanes durante un genocidio, de ocultar ese inventario con el atentado de Río Tercero, de involucrar a la Armada en la Guerra del Golfo, de indultar a los ideólogos del Terrorismo de Estado, de reestructurar la Corte Suprema a piacere, de encubrir a los dementes que volaron dos edificios en Buenos Aires, de acomodar a un coronel sirio en la Aduana y de recorrer, por qué no, los 350 km que separan Capital de Pinamar en un par de horas, ardid que solo permitiría el motor V8 de su Ferrari punzó, así como el atroz privilegio, claro, de presidir la República Argentina. No hubo mayor conmoción, quizás porque el Ex ya descansaba a la sombra del congreso, donde acostumbramos verlo cuando asistía, de refilón, a alguna sesión televisada, y también porque el devenir de la pandemia pesaba más que toda expresión del pasado. Pero su necrológica obliga a pensar cómo opera el poder en nuestro país, y la inquietud resurge, cinco años más tarde, con el biopic creado por Mariano Varela para Amazon Prime. Algo que ya ocurría en Narcos: el gesto del actor, entrenado para la cámara, induce empatía y complicidad, ilusión que se esfuma al comparar el mugshot de Félix Gallardo con un primer plano de Diego Luna. La mirada del político es más compleja, y ahí radica el talento de Sbaraglia, al encarnar a alguien que actuaba la mayor parte del tiempo. Este es el plato fuerte de Menem: el show del presidente. Después pesan los lugares comunes: Minujín forzando el acento, Ajaka y la cortina del Corán, la endogamia porteña que elige a Siciliani por encima de una actriz riojana. Pero más interesante es lo que se calla. Qué personajes se inventan para solapar la intimidad del mandatario. Qué llega a ser contado como un non-fiction descarnado y qué se limita al culebrón. Los productores negocian el contenido por cuestiones legales, presupuestarias, pero también por amenazas más tangibles. Basta recordar a Carlos Portal, el location scout de Narcos que terminó en el baúl de un auto abandonado, o a James Gandolfini, que recibía anónimos sobre su rol como Tony Soprano. ¿Qué incluiría, entonces, una versión uncut del menemismo? Desde su exilio en Chile, Sarmiento publicó Facundo en 1845, describiendo La Rioja como un páramo rojizo, salpicado de olivos y naranjos que le hacían pensar en Palestina. El mito fundacional de Menem conjuga a Quiroga con ese paisaje bíblico, a donde sus padres llegaron desde Yabrud, Siria, y al que Carlos volvería tras recibirse de abogado. En El Jefe (1993), Gabriela Cerruti retrata a un joven deportivo, ducho para el básquet, enamorado de una militante que dejaría por mandato familiar hacia 1964, luego de ir a Damasco y dar con los Yoma. En la autobiografía que le publicó Sudamericana (1999), Menem complejiza esta identidad: “En Siria conocí ese territorio surcado por el sol, por las vivencias casi místicas de una fe sin quebrantos…”. Y luego: “Reconocí mi naturaleza: el silencio apropiado, las miradas locuaces, la perseverancia de esperar lo mejor sin inquietar las aguas del destino...”. También conocería el reviente. Es fácil entreverlo sin canas y enlagañado, chupando mate y aspirinas bajo el sol del mediodía, luego de cambiar cheques sin fondo en algún casino clandestino y recalar en el bar de un lupanar. “Quería conocer todos los límites, subirme a todo lo que andaba, gozar de todos los placeres lícitos…”. En La Rioja frecuentó el estudio montado con su hermano, donde se practicaba el crédito, el amiguismo, ninguna exigencia que disipara la ambición política. Ya entonces veía improbable crecer fuera del justicialismo, y no sabemos cómo logró, de paso por Buenos Aires, que lo nombraran delegado de la JP. Aquel verano del 64 repitió la osadía: se escurrió en el círculo de Perón y logró merendar con el General entre los pinos madrileños. Al caer la proscripción, Menem arrasaría en sus primeras provinciales. “El Justicialismo es una mística y religión basados en los principios que hacen a nuestra nacionalidad…”. Esas elecciones culminan con Carlos emponchado, declamando en el pueblo natal de Quiroga, reivindicando la resistencia de Montoneros y la Iglesia combativa de Enrique Angelelli. Enseguida dio el volantazo: la represión arreciaba y podemos verlo de madrugada, medio jaspeado por el humo del tabaco, telefoneando al cura para despegarse de un desaparecido en potencia. Más que un enroque ideológico, el Gobernador buscaba alinearse con la Rosada. Quizás por eso la Junta entendió que era un disidente, un político de casta, pero ni por asomo un subversivo. Después del encierro, la condicional lo paseó por Mar del Plata, Tandil y Formosa. El retiro en La Feliz amerita varios mediometrajes: ahí empezó a codearse con menemistas de primera hora, alternando tardes de Bristol con noches de farra. A Kohan y Bauzá se sumaron Rousselot -luego destituido por malversación, Za Za Martínez -que tramitaría el pasaporte de Al Kassar, Mario Caserta -condenado por los narcodólares, Alberto Pierri -quien proveía papel prensa a Massera. Todos ofrecen una precuela, al menos una subtrama. Ni hablar del Almirante, que auspiciaba una veta peronista mientras integraba la logia secreta de Licio Gelli. Y no menos oscuro es el viaje a Libia del 82: en plena dictadura, Carlos supo entrevistarse con Muamar al-Gadafi, vínculo que reactivaría durante la campaña del 89’. La serie de Varela lo encuentra acá, peleando la interna a Cafiero. No era un desconocido: había cultivado una agenda de sindicalistas, militares y cuadros de la miscelánea peronista. Sabía seducir a los conservadores, pero también arengar la turba que seguía sus camiones en el Conurbano. Al modificar la Constitución de La Rioja obtuvo un mandato consecutivo: con esa credencial recorrió Argentina y siguió legando postales de estilo Narcos, como cuando convenció a Stroessner de reabrir el rally paraguayo, donde corrió con su Renault 18, o cuando llenaba las residencias de animales exóticos. Frente a un radicalismo jaqueado por los levantamientos y la hiperinflación, la retórica conciliadora de Menem dio en el blanco. Sabemos de memoria los highlights de su presidencia. No hay documental, sin embargo, que permita dimensionar los estragos de la convertibilidad. Eduardo Basualdo le dedicó sus últimos Estudios (2006), en los que explica la Ley de Reforma del Estado, el corralito de los plazos fijos, los irrisorios precios pagados por los activos estatales, la deuda y las fugas de Pérez Companc, Clarín y Soldati. Por otro lado, la relación entre menemistas y grupos extranjeros es detallada en Citibank vs Argentina (2003) de Marcelo Zlotogwiazda, mientras que la biografía de Yabrán, por Miguel Bonasso, noveliza el sinfín de genealogías que controlaron los puntos estratégicos del país, adaptando la praxis de la dictadura al código de la mafia. Si bien estas lecturas hacen foco, el repertorio narrativo del menemismo es descomunal. La serie de Varela logra escenas notables, pero evita otras imprescindibles. Por ejemplo: una remake de Savior, de Oliver Stone, en la que vemos un bondi repleto de aldeanos bordear la sierra croata, luego un regimiento que los detiene. Los soldados hacen descender a todos: niños, ancianas, adultos. Los obligan a caminar por la ribera de un lago, ahí empiezan a fusilarlos. Cuando la cámara hace zoom descubrimos, en el lomo de una carabina, el sello del Ejército Argentino. Otra secuencia podría alternar varias rutinas: chicos yendo al colegio, obreros tomando mate. De pronto uno, dos estruendos sacuden la tierra y empieza a llover municiones. Como una maldición faraónica, casquillos, granadas y misiles se estrellan contra parabrisas y ventanas. La gente corre, se paraliza. Presas del mismo pánico, veo a mis profesoras del secundario, el Lenguas Vivas de la calle Pellegrini, haciendo cuerpo tierra mientras la blastwave de la embajada de Israel astilla el vidrio de las aulas. Algo más tenue: una terraza en Marbella, el Mediterráneo agitándose en los Chopard ahumados de Monzer al-Kassar y, a su lado, Emir y Amira Yoma hablando perfecto árabe. O más escabrosa: Carlos Menem en su departamento de avenida Libertador 2423, fornicando con una vedette de tetas voluptuosas mientras unos pisos más abajo Emilio Massera, recién indultado, echa whisky en un vaso con soda. O más taquillera: una ruta de frente, el pavimento que enflaquece en escorzo, sobre la llanura, y en medio la trompa de una Ferrari que se acerca, entre dos helicópteros, hasta distinguirse el busto polarizado del presidente. Por último, lo que más decepciona de la serie es la falta de violencia explícita. La ausencia del sicariato, de escenas tipo Scorsese. Solo tras la muerte de Menem Junior, catorce testigos fueron asesinados en hechos caratulados como robos fallidos. La mayoría acribillados, algunos rematados con tiros certeros, de corta distancia. No fue el único desliz aéreo: en octubre del 96, varios implicados en el tráfico de armas se estrolaron contra el Campo de Polo de Palermo. Y a esto se suman los suicidios aparentes. Como el de Lourdes di Natale, secretaria de Emir Yoma, desparramada en el mosaico de un patio interno, o el que reveló a Yabrán en el casco de su estancia entrerriana. Esta imagen ya es paradigmática: la caravana policial levantando polvo a toda velocidad, el empresario que marca el número de Carlos, desesperado, y no recibe respuesta. Queda preguntarse si habrá segunda temporada, o si los guionistas buscarán argumento en gobiernos futuros. En cualquier caso, Facundo fijó la vara hace casi dos siglos: cuando se trata de Historia Argentina, la ficción ha de perder toda mesura. // RR.PP. Foto: Víctor Bugge
- Nombres, marcas, tecnología y novela
por Juan Terranova La novela moderna es un monstruo tan elástico, abrasivo y mutante que puede asimilar, tocar, dialogar y transformar todos los géneros, historias y circunstancias que nos rodean. Como un ser mitológico, una hidra de mil cabezas y mil estómagos, no hay objeto, personaje, soporte o movimiento que la novela no pueda corroer y asimilar. Yuri Tiniánov describe este accionar con precisión en su ensayo sobre las series literarias de 1927. Por otra parte, desde que la novela nació se decreta su muerte y, al mismo tiempo, miles de novelas se escriben, se publican, se venden, se compran y se leen en todo el mundo y en todas las lenguas. Su capacidad de adaptación como género la hace atravesar épocas y distancias, transformándose y transformando, a su vez, lo que la rodea. Su poder es tan consistente que llega a ser sinónimo de libro. Para muchas culturas letradas, el libro es la novela y la novela es el libro. Con la llegada de los medios masivos de comunicación, se vaticinó que la novela podría sufrir y caer. Pero la historia dice que fue al revés. Cada escalón tecnológico que pasó a formar parte de la máquina de narrar humana fue tematizado y absorbido por la novela. Lejos de verse superada, se complejizó, y se hizo todavía más amplia, como una casa que va sumando habitaciones. Sin embargo, creo que esta voracidad no es ilimitada. ¿Dónde está, entonces, su límite? El tiempo, entidad barroca, sin excepción nos afecta a todos. La novela no se salva, no podría salvarse, de está constante universal. ¿Dónde vemos el efecto del tiempo en la novela? Dentro de nuestra edad moderna, tanto la tecnología como los nombres de las marcas del capitalismo suelen envejecer muy rápido. La nueva tecnología siempre se propone como la última tecnología y todos sabemos que, antes o después, y con mucha probabilidad antes, termina siendo obsoleta, descartada, arrumbada o sumada al arsenal de otras tecnologías, más nuevas o más antiguas. Una novela sobre trenes a vapor a principios del siglo XIX puede ser entusiasta, y reflejar el éxtasis de la velocidad alcanzada por el hombre, puede elaborar grandes metáforas del avance de la técnica, y decretar que, desde momento, la humanidad se vuelve imparable, pero si no lo hace con cuidado y sensibilidad, ¿soportaría una lectura no paródica desde el presente? ¿Recordamos hoy a las empresas que fabricaban esos trenes? La novela demanda concentración, artesanía y talento, por eso lo que observo se ve con más nitidez en el periodismo, en ese periodismo que imaginaba el siglo XXI con ciudades en el espacio, gente en naves voladoras vestidas con galeras o el final utópico de las guerras. Abundan las viñetas y las especulaciones de este tipo. Sin embargo, las novelas que se entregaron a la coyuntura, y no supieron darle perspectiva a la novedad, también pueden generar ese efecto risueño. O con más seguridad, ser olvidadas. Con los nombres propios del mundo del consumo pasa algo similar. Las marcas comerciales que abundan hoy en los supermercados y son parte de nuestra vida diaria conforman un paisaje artificial, una escenografía de objetos y servicios, luces, simulaciones, diseños y brillos, que parece eterna, pero no lo es. Siempre hay nombres que, por su éxito o masividad, logran un efecto metonímico y terminan designando un objeto. Sobran ejemplos. Gillette para las hojas de afeitar, Birome para la lapicera. Cuando la novela incorpora estos nombres funciona más cerca del día a día, de la coyuntura. Y eso libera una energía que apuntala la conexión entre historia y lector. No está mal que así sea. Pero los lectores también sabemos que el dicho “no hay nada más viejo que el diario de ayer” es verdadero y corroborable. El buen novelista –quizás el malo también– encontrará la manera de hablar de su presente sin recargarlo de este tipo de referencias. Ahora bien, ¿qué pasa cuando tecnología y marcas se combinan? En las redes sociales el nombre del producto muchas veces designa una forma que no tiene competencia. Facebook es Facebook, Instagram es Instagram, Twitter es Twitter y nadie los confunde. Son redes sociales pero con sus especificidades, usos e historias propias. Ahora bien, ¿qué va a pasar a futuro? Hoy todos usamos todos los días, todo el tiempo, WhatsApp en nuestros teléfonos celulares. Lo hacemos al punto de que no podríamos trabajar, estudiar, divertirnos o relacionarnos con nuestro entorno sin esa prótesis comunicacional. WhatsApp es hoy la forma neurálgica de la vida social. Por lo tanto, hoy digo WhatsApp y todos a mi alrededor entienden de qué hablo. Pero ¿eso va a ser así en cinco, en diez, en cincuenta años? WhatsApp es una marca global pero también es una tecnología de la comunicación, un mecanismo, una máquina. Su único rival posible parece ser Telegram cuyo nombre remite a otra tecnología, hoy obsoleta. Por lo demás, WhatsApp está en todas partes, todo el tiempo. ¿Cuánto va a durar esa omnipresencia? Con las aplicaciones de citas, que hoy muestran una ligera decadencia, pasa algo similar. Ahí sí se ven rivalidad, productos que compiten. Tinder, Happn, OkCupid disputan a un usuario que quiere conocer gente. Badoo y Grindr funcionan de forma más nichificada. Esos nombres propios hoy nos proponen con mucha fuerza anécdotas y personajes que todos reconocemos y comienzan a producir tramas y narraciones que nos resultan cotidianas. En un bar, una mujer le cuenta a su amiga sobre el éxito o el fracaso de un encuentro. En un asado, un grupo de varones comenta las posibilidades de usar esas aplicaciones. Hay risas, absurdos, triunfos épicos, bochornos lastimosos. El novelista escucha ávido esas historias. Sabe que tiene que trabajar para su época y no preocuparse por la posteridad. Las novelas son libros para el acá y ahora, y de allí su valor y su peso comercial, testimonial, filosófico. Pero también son cartas que enviamos al futuro. No sabemos por quienes van a ser leídas, en qué circunstancias ni de qué manera, ni mucho qué uso van a darles. Hay una novedad. La tecnología y el capitalismo de servicios digitales van tan rápido que no estamos hablando de cien años en el futuro. Los tiempos se acortan. Los espacios se reducen. En el lapso de diez años, empresas multinacionales y multimillonarias nacen y mueren antes de que podamos asimilarlas a nuestra historia. ¿Quién usa hoy Real Life, Yahoo o Msn? En estos veintiséis años del siglo XXI, el ecosistema digital cambió mucho y muchas veces de paradigma. Se crearon redes sociales, muchas murieron, otras siguieron adelante, se crearon bancos digitales y nació el dinero digital, y también las monedas nativas digitales, la tecnología del blockchain, se inventaron nuevos productos, se mejoraron los viejos, se idearon nuevas formas de consumir y de crear contenidos, y hoy la palabra “contenidos” viene a designar muchas cosas, muy diferentes entre sí. Llegaron los primeros robots humanoides, apareció la inteligencia artificial, y grandes tecnologías que parecían cambiar nuestra relación con el mundo, hoy ya no existen. En el siglo XX, un hombre nacido en el año 1900, fue contemporáneo de la creación del primer aparato volador a motor y, si llegó vivo a los sesenta y nueve años, también presenció la llegada del hombre a la Luna. Lo que antes era una novedad, como poder escuchar música grabada, o lo que antes era imposible, que esa música viajara por el aire y llegara a tu dispositivo móvil, hoy es una rutina. Otras situaciones habituales, como poder acceder a tu cuenta bancaria desde tu teléfono o disponer de recetas médicas de forma virtual, muchas veces se transforman en una necesidad. Pero no todo se mueve con ese vértigo. Una película hecha hace veinte años, en el 2006, puede ser vista hoy como una película estrenada ayer y los libros se siguen publicando en papel. Los novelistas pueden elegir no interactuar en sus novelas con estos objetos y estos mecanismos y estos nuevos nombres, pero no pueden elegir no interactuar con estos mecanismos y estos nombres en su vida. Así que, de una u otra manera, el problema sigue planteado para ellos. Quizás en esa dialéctica se esconda la potencia de la novela como género. Mientras escribo estas notas, releo la novela Tinder de Gastón Franchini. Es divertida, inteligente, filosa, veloz. No hay otra novela así, que toque esos temas con esa frescura y esa capacidad analítica. Por momentos, creo que es una novela fugaz y que dentro de diez años ya nadie la va a comprender. Otras veces pienso que es una reflexión señera, un breve Quijote contemporáneo, que condensa y anticipa una civilización que nace. En esa duda se esconde una de sus muchas virtudes.//RR.PP.
- Sangre en las canciones
por Marco Castagna Lo que quedaba de mí no era demasiado. Mi novia no iba a volver y casi que veía la sangre correr por la alfombra. El dolor se estampaba en las paredes, circulaba por el aire, se encendía con las hornallas y en kilómetros de humo marca Benson & Hedge. Todo esto para corroborar el dolor estancado. Por las noches comulgaba con los fantasmas y cultivaba un heroísmo estoico; ese rezo nocturno acompasado por el ruido de las teclas. Escribir se había vuelto una enfermedad casi tan resplandeciente y sabía como la verdad. Pero ni siquiera eso podía devolverme a la vida. No se puede ser sabio y a la vez estar enamorado, había dicho Robert Zimmerman. Yo sufría en exceso de las dos cosas. La frase de Dylan no me alivió, pero sí un disco suyo que un amigo me deslizó como por debajo de la puerta. “Sé que estás sufriendo, atendé el teléfono” parecía decir la misiva, aunque él ignoraba que el teléfono estaba roto, estropeado para siempre. Un taladro lo había enganchado solo para jugar y llevárselo en un viaje oscuro. Por suerte, si bien la comunicación con el afuera se interrumpió por muchos días, en Blood on the tracks (1975) parecía caber el mundo entero. Ahí estaban la herida fantasma, el duelo como desierto que hay que atravesar, el destino, la culpa. Bonus track: la risa insoportable de la Reina de Corazones, y todas esas puertas que cerramos sin saber que la llave está del lado de adentro. Cuenta la leyenda que Dylan volvió a las raíces para grabar ese álbum tan doloroso; que incluso hubiese preferido no grabar ni componer jamás. Volvió a la montaña, a la simplicidad, al encuentro de su hermano y su familia. Esperando en la entrada de una ciudad vacía, rogando por el perdón de la bestia en la frontera del beso, buscando cambiar de pasaporte pero no de rostro. El momento exacto, en definitiva, donde nos damos cuenta del verdadero valor de las cosas. Suena Idiot Wind y todo alrededor arde. El disco conserva la sangre intacta y brillante en cada pista. Cuando lo escucho, sonrío con el pudor de los sobrevivientes. // RR.PP. Foto: Jim Marshall
- La vida privada de los científicos
por Damián García y Juan Terranova ¿Qué hacen con la plata del premio los que ganan el Nobel? En el caso de las ciencias, muchos la ponen en sus campos de investigación. La lista dice que Salam financió una fundación en el área de la teoría electrodébil, que Novoselov aportó a institutos de grafeno, que Thorne hizo lo propio para investigar las ondas gravitacionales, y también Zeilinger con la física cuántica y Feinmann con la electro cuántica. Se dice que Albert Einstein apoyó de manera financiera a la universidad hebrea de Jerusalén, que más tarde ayudaría a desarrollar todo tipo de armas para atacar a sus países vecinos, pero, en realidad, una buena parte se la quedó su ex-esposa. Al repasar los premios Nobeles de física, se piensa enseguida: ¿Qué historia podemos contar sobre un ganador del premio nobel de física? Hay una variante que el otros premios Nobel, como el de literatura, no tienen, el premio compartido. Existe un documental llamado Fiebre de Partículas. Aunque algo fallido, narra la historia del colisionador de hadrones a través de la mirada de varios grupos de investigación. Todos eran retratados muy interesados en los valores de energía que aparecían en determinadas partículas. Pero, en uno de esos grupos, había un científico de perfil competitivo que estaba obsesionado con ganar el premio Nobel. No con descubrir la supersimetría de las partículas a baja energía –cosa que tampoco ocurrió– sino con conseguir ese galardón máximo. Es diferente. ¿La física resultaba una excusa? Su obsesión era tal, que se limitaba a compartir sus impresiones e ideas con otros dos científicos, y siempre lo estrictamente necesario. Nunca trabajaba en grupos de más de tres personas, porque hasta ese momento el premio se podía entregar de forma individual, en dúos o en ternas. Imagino una escena que no existe pero que podría ser parte de ese mismo documental. Terminada la corrida del acelerador, los análisis preliminares muestran indicios de otro fracaso. El científico da por terminada su jornada laboral. Se pone la campera, busca las llaves de su auto. La cámara lo acompaña en el asiento de al lado. Atraviesa una larga región de curvas y contracurvas por el medio del bosque. En su casa, lo recibe su mujer. Él le habla del trabajo. La mujer mira a cámara, extrañada, pero con alegría. Ella también es científica, pero en otro campo. Entiende las palabras de su esposo, lo consuela, a veces le miente, pero no para hacerlo sentir mejor, sino para tener un poco de tranquilidad. Cenan en silencio. La cámara estática parece un comensal más. Cuando se termina su porción de garbanzos, el científico mira a su mujer, serio. Comienza a sonar un track de Bill Evans. Pero en el documental que se estrenó, no se ve la vida privada de los científicos. ¿Qué pasa con los perdedores del Nobel? ¿Qué hacen cuando se enteran de que otro ganó? En el documental, aparece Higgs en un auditorio. Ya muy viejo, se pone de pie para que lo aplaudan. Cincuenta años después de su conjetura, otros científicos encontraron su bosón. Esas historias resultan un poco mejores. Los científicos sin suerte. Los que no pudieron corroborar que esas ideas a las que dedicaron su vida eran verdaderas. Y luego terminaron por ser ciertas. O los que directamente le entregaron su carrera, día a día, año a año, a una conjetura que terminó resultando falsa, una especulación que no llevó a nada, una brillante idea que fue refutada por otro. Una cosa es vivir errado, otra es que alguien te lo demuestre de forma inapelable. Ahí hay un villano, el que dice que eso simplemente no es cierto, no funciona, no se puede constatar. Los villanos tampoco ganan el Premio Nobel. ¿Quiénes son los científicos consagrados? ¿Qué tipo de vida tenían? Clase media alta, académicos acomodados. Algunos incluso millonarios. Todos viviendo del sueldo de sus institutos o academias. Si ganaste un Nobel –o tu nombre sonó para el premio– es probable que no tengas problemas para conseguir trabajo. Pero también es probable que hayas sufrido para conseguir, al menos de forma inicial, que te financien la investigación. Quizás los premios Nobel son la recompensa por la angustia y la bronca acumulada de tener que andar galgueando presupuesto para becarios y equipos. En este sentido, los gabinetes de ciencia del mundo no difieren de otras disciplinas. Antes también pasaba. Mucho antes del Nobel, cuando lo nombraron matemático imperial, Tycho Brahe construyó el mejor observatorio astronómico que se podía construir. Era otra época. ¿Podía agarrar su dinero y sus influencias y hacer otra cosa? En cierto punto, en ese momento de la historia, no había nada más grande por hacer que ver el cielo. // RR.PP.
- Sobre 'Formas al desaparecer'
por Felipe Devincenzi Epígona del cross-over que profesaba Clube da Esquina y del intimismo de Joni Mitchell, Martina Liviero se formó como violinista en Buenos Aires, su ciudad natal, antes de emigrar a Boston y volcarse de lleno a la composición. Formas al desaparecer (2026) es su ópera prima: una apuesta que entrelaza la canción de autor con piezas instrumentales, arreglos complejos y cierto blue subsidiario del folk neoyorquino. En efecto, Liviero reside en Brooklyn hace varios años, donde grabó parte del LP que publicará en mayo. Su score es perspicaz en la obertura, en los corales de clarinetes y la presencia de marimbas y sintes, aunque no deja de responder al arpegiado de su guitarra, como ya se intuye en su primer single, Florecer. ¿Dónde grabaste? Gran parte del álbum se grabó en Belo Horizonte. Elegí hacerlo ahí porque la música de Minas Gerais es una gran influencia para mí, particularmente el Clube da Esquina y la Música Popular Mineira. Hay una larga tradición de artistas de los 70 que se juntaron para hacer esa música increíble, como Milton Nascimento, Tavinho Moura, Beto Guedes y Lô Borges. ¿Cómo replicaste esa búsqueda? Junto a Rafael Martini, un músico mineiro que produjo el disco conmigo, elegimos usar las marimbas creadas por Marco Antônio Guimarães para capturar el sonido distintivo de Minas Gerais, donde destaca la percusión afinada. Esas mismas marimbas se escuchan en discos de Paul Simon, Philip Glass y Milton Nascimento junto al grupo UAKTI. Pude hacer algunos arreglos para complementar la tímbrica del disco y trabajar con esos instrumentos. Por otra parte, trabajé con dos músicos que admiro desde muy chica: Rafael Martini, compositor y cantautor mineiro que actualmente forma parte del grupo de Egberto Gismonti, produjo el disco; y Joana Queiroz, una clarinetista que admiro mucho, grabó los arreglos de clarinete, que escribí pensando en ella. ¿Y en EEUU? Hay otras capas del disco que fueron grabadas en Brooklyn. Ahí añadí las guitarras de acero y eléctricas que no había incluido en Brasil. También escribí arreglos para Will Graefe, Martin Nevin, Julian Shore y Ari Chersky, músicos increíbles de NY. Lo último que grabé fueron las voces. ¿Cómo elegiste la instrumentación? La decisión arreglística fue develándose de a poco, a medida que avanzaba la preproducción. La decisión clave y consciente de no usar percusión ni batería surgió como resultado de una búsqueda más íntima, centrada en la sutileza de los sonidos orgánicos y analógicos, en contraste con los synths o la manipulación digital. Quise mantener la guitarra criolla y la voz como núcleo, pero construir capas tímbricas pulsadas (guitarras acústicas, marimbas, piano, etc.) en diálogo con capas de sonidos más sostenidos (eléctricas, synths, órgano, notas largas de marimbas tocadas con arco, etc.). También imaginé clarinetes que fueran bordeando esas texturas y escribí esas partes para Joana. El contrabajo también fue clave para sostener el ensamble, arraigar las capas y darle profundidad al sonido. Por otra parte, jugamos mucho con delays analógicos en el estudio junto a Pedro Durães, el ingeniero de Belo Horizonte que mezcló el disco. ¿Qué es lo mejor de haber estudiado en Berklee? Supongo que es un buen lugar para estudiar y armar proyectos que requieran cierta infraestructura—por ejemplo, escribir para ensambles grandes o grabar—porque podés convocar a estudiantes para que graben tu música y así experimentar distintas ideas. También hay muy buenos profesores, aunque cada vez van quedando menos… Es un buen lugar para aprender herramientas, pero a mí no me resultó como espacio para hacer proyectos artísticos. Supongo que lo mejor de ir a cualquier institución son los vínculos: conocer músicos de todo el mundo, y lo que eso genera. Recomendáme una cuenta de IG y un disco. Estoy muy copada con un musicazo que se llama Gustavo Infante. Es un músico que trabaja desde la guitarra criolla y la voz (violão, como le dicen en Brasil), pero que incorpora loops de cinta de casete y distintos procesos a su sonido, como samplers y percusión. Hay algo de la música nordestina de Brasil en su manera de tocar, esa lógica rítmica y percusiva, con influencias del candomble, como en el disco Afrosambas de Baden Powell. El disco de Infante se llama SER. Formas al desaparecer será publicado por Hilo Records en mayo de este año. // RR.PP. Foto: Lula Bauer
- Por un lector fatídico
por Rodolfo Cifarelli La mercancía que las grandes editoriales producen son valores de uso siempre para otro. Nosotros. Esa mercancía nos llega por el necesario intercambio capitalista de toda mercancía y la utilidad del trabajo que encierra se escapa, sólo en apariencia, de la forma mercancía. El «carácter misterioso» de toda mercancía como «objeto físico/metafísico» actúa desde el libro activando mecanismos mentales que nos introducen (y nos confinan) en la Cultura neoliberal, esa isla mucho más extensa de lo que creemos y a la que casi ya nadie aspira a combatir. Las grandes editoriales no necesitan lectores sino adictos. En este espectro la ficción cumple la función de un objeto útil, para entretener y educar, para emocionar, pero, sobre todo, para que el lector permita ser estructurado como un Jekyll solidario con las mejores causas: poderosas franquicias ideológicas. Quien lee determinados textos y calla con ellos, otorga. Nada es tan simple ni lineal. Por suerte. Al otro lado de los espejos de colores, un lector fatídico invade el peor insomnio o la mejor noche de nuestras vidas, y ante determinadas lecturas susurra maldiciones impronunciables. A veces lo despreciamos cuando, insultante, nos impreca: «¿cómo estás leyendo esto?». Este lector, ni heterodoxo ni marginal, tampoco necesita de videítos de mandarines imitando las manos de Piglia en sus últimas digresiones borgeanas. Este lector tiene la dosis de neurosis necesaria para defenderse de la adicción a la Cultura. Es una modesta lucha por la reivindicación del derecho a detestar las simulaciones de una «imagen de escritor/a», una ficción reiterativa que revela, involuntariamente, esa ficción ausente que no es el libro que vendrá. Encontrar y comprender a ese daseín fatídico quizás nos ayudaría a cavar una trinchera vaciada de boberías desde donde disparar contra las omisiones de las franquicias ideológicas, los desatinos narcisistas, los targets «humanistas» impresos cual sellos postales en textualidades inocuas, en caras de actores y actrices que repiten una antiquísima comedia en el escenario de un teatro cada vez más derruido. // RR.PP.
- Un millón de euros
por Juan Terranova Samanta Schweblin ganó un millón de euros por su nuevo libro. Es un premio que nadie conocía, el Premio Aena. Pero se trata de la noticia letrada del momento. Desde luego, la exuberancia de la novedad disparó los mil comentarios habituales. Charlamos sobre el tema con Pato Erb, Felipe, Damián, el Charro y Napo. Digo que el único comentario válido es qué harías con esa plata y eso dispara la imaginación, pero con limitaciones. Somos gente de imaginar, pero austera. Me da la sensación de que nadie puede doblegar la idea de un millón de euros. Napo: “Hay uno que ganó un premio nacional, compró una vaca premiada e hizo un asado.” Le señalo que mezcla dos anécdotas. Federico Peralta Ramos comprando un toro campeón sin dinero y luego dando una cena en el Alvear con la Beca Guggenheim. Napo: “Hizo una gran obra. Nivel Charly del noveno.” Coincido, pero le digo Charly no necesito nada de inversión para saltar. Es más, es algo que el dinero no puede comprar. Parece que Samanta dijo: “No sé contar cuánto es un millón, es un número tan grande que me pierdo. No sé cuántos ceros tiene. Es algo muy raro. No sé qué hacer con ello. En mi imaginario siempre, desde que dejé la casa de mis padres, lo que toda la vida quise tener es un sueldo todos los meses. Este número lo asocio un poco con esa idea fantasiosa del sueldo para siempre.” Felipe: “¿No sabes qué hacer? ¿Eso dijo?” Pato Erb: “medio que ninguno de nosotros sabe -a priori- muy bien qué hacer con un millón de euros. ¿Me la patino? ¿Me asesoro con un financista? ¿Invierto todo en departamentos? ¿La escondo en el colchón? Está bien eso que dijeron ayer: seguro se va a comprar un lindo departamento inteligente en Berlín, que tal vez le cueste 700 lucas…” Felipe: “Yo lo tengo clarísimo. Lo que no tengo es el dinero. En un mundo donde la mayoría lucha por la subsistencia o pagar un alquiler, decir que no sabes qué hacer con un palo es una boludez.” Damián: “ ¿Qué harías? Es una duda lógica, son miles de posibilidades. Jerarquizarlas toma al menos unas horas de duda.” Felipe: “Me compro un piso en BCN por 400 mil, otro en CABA por 200, otros 200 los meto a interés y el resto los patino produciendo música, libros y viajando. No es tanto. Los edito a todos ustedes, los traduzco al francés y al inglés. Al francés no, es una lengua medio que ya fue… Igual me gusta como escribe esa mina y tiene que tomarse como un retroactivo. Se ganó la oportunidad de seguir haciendo lo q hace sin preocuparse por lo básico. Es milagroso.” Napo: “Yo, derpa en Berlín y escriba chino, le dicto, lo hago opinar, lo censuro.” Terra: “Me voy a China y trato de hacer negocios allá,” Napo: “Federico Peralta Ramos liberó a los pibes.” Terra: “¿Construyó un faro? Fíjense que hablamos de comprar una propiedad. Mi viejo siempre hablaba de construir. Es diferente. Curzio Malaparte agarró una guita y se hizo una casa en un acantilado. Y luego Godard filmó ahí. ¿Quién de nosotros construirá una casa?” Napo: “Gran pregunta, metafísica” Terra: ”¿Quién de nosotros será Godard? Con esa guita podría dejar una casa museo para la posteridad. Como Rojas o la casa Curuchet.” Erb: “Yo ese millón de euros lo administraría de alguna manera para tener una cocinera en casa, alguien que cocine, compraría horas a lo largo del tiempo.” Napo: “Me retiraría de la vida pública, un cuento pulido por año. Viajaría a ver recitales todo el año. Aprendería a tocar bien la stratocaster, con púa.” Terra: “Pero esas son cosas para las cuales no necesitas un millón de euros...” Napo: “Y esclavo chino, alguien que piense por mí, que me pueda traicionar, una sombra, un hombre servil y el peligro permanente de la traición.” Terra: “Una chica que te limpie y te cocine, aprender a tocar la guitarra, escribir de forma pausada… Es algo habitual en nuestra clase media. Son tres cosas que yo hago ahora, todos los días, como un simple asalariado.” Napo: “Bueno, pero lo haría más tranquilo.” Terra: “Pero si todos sabemos que el dinero no trae tranquilidad, trae problemas.” Napo: “No lo sabemos. Lo sospechamos. ¿El dinero como la maldición?” Terra: “Una buena es fundar un fideicomiso y dar becas para gente sin talento que diga que sos un genio.” Napo: “Es el problema de la libertad. Sabemos que es una trampa.” Terra: “Con un millón de modestos euros podés comprar un poco de inmortalidad.” Napo: “Una casa en un risco siciliano y campamentos de escritores que no paguen, que cultivan tomates y te veneran. Hacer una obra inmortal, no lo garantiza ni la riqueza ni la pobreza.” Terra: “Sigo una cuenta de IG que te ofrece casas baratas en Italia. Me compraría un par de esas casas.” Napo: “Pero seguimos en la misma. No hay cielo.” Terra: “Es poca plata para formar un imperio.” Napo: “Por eso Edipo es la única historia. El millón arruinará tu espíritu. Y Samantha escapa, pero cuanto más escapa encuentra su destino.” Terra: “Contratas a Herzog para que haga una película sobre tu vida y te inmortalice y el viejo pillo te hace quedar como un tonto gris.” Terra: “El íntimo cuchillo en la garganta. Al fin me reencuentro, etc.” Napo: “¿Quién de nosotros tendrá su Leni Riefenstahl?” Terra: “Un palo es un golpe de efecto, a partir de que lo tenés guardado podés pensar: ya no soy pobre. No es poco.” Napo: “Es contradictorio, todos lo sabemos. Temo que la fuente de mi salvación sea la fuente de mi perdición, dice Parsifal. Acaso traicionando a Holderlin.” Terra: “Si te ganas un millón de euros y no cambiás en esencia tu vida, eso quiere decir que sos feliz.” Napo: “¿Un palo te hace más querido o más odiado? ¿Cómo tiñe tu literatura?” Terra: “El buen mal ahora vale un millón de euros…” Napo: “El título es profético. Me da más tristeza pensar qué hubiera hecho Vila Matas con la guita.” Terra: “Nada. Ese catalán es un judío vocacional. Iba derecho a un banco suizo. No te creas que Samanta va a hacer algo muy diferente… Neymar se compró un helicóptero tuneado de Batman pero no lo maneja él.” Napo: “Hay que escribir como literato y gastar como deportista.” Terra: “Lo contrario también funciona y es más habitual.” Napo: “Dante Spinetta tiene todos los muñecos de He-man, todos.” Terra: “Otra cosa para la que no necesitas un millón de euros... No hay caso. No le encuentro la vuelta al laberinto del millón de euros.” Pato Erb: “era más fácil ser el millonario de los mil dólares.” Terra: “Bastante más cómodo. Pensamos a grandes rasgos siempre lo mismo: comprar una casa, un auto, algún lujo menor, poner una editorial, tocar la guitarra, escribir... Lo que hace todo el mundo sin un millón de nadas.” Erb: “¿Se acuerdan de esta película? Para recibir una herencia de 1000 millones tenía que poder gastar 30 millones en un mes. Y además no se lo podía decir a nadie ni hacer apuestas.” Napo: “Qué película. El final…” Terra: “Ahí está el dilema, dramatizado.” Erb: “es y no es una película sobre la incomodidad de la guita.” Napo: “Hace un cheque, no me acuerdo, le encuentra la vuelta. Le pasa el trapo a Eddie Murphy.” Erb: “El final debería haber sido que se queda sin nada, pero en Hollywood y en USA eso no iba, entonces cuando parecía que no había llegado, se dan cuenta de una y llega a gastar todo y se lleva la fortuna.” Terra: “Después está ese lumpen británico que se ganó 10 millones y los hizo mierda en tres años con mujeres y excesos y volvió a ser barrendero. Gano-la-loteria-se-sumergio-en-una-vida-de-excesos-lo-perdio-todo-y-volvio-a-ser-recolector-de-basura. Gran titular. Una historia simple. En tu cara, Vila Matas.” Napo: “Difícil escribirla bien: Las chicas se quitaban toda la ropa y servían cocaína en bandejas de plata, relataba con una mezcla de orgullo y nostalgia. Y declara: El único arrepentimiento que tengo es no haber tenido algo que hacer, como un trabajo. Michael, ya viejo, contando su historia en un bar de Norfolk a unos parroquianos que no le creen…” Terra: “O peor dicen: ahí está Michael, con esa plata yo habría aprendido a tocar la guitarra y habría construido una casa…” Napo: “El buen mal.” Terra: “Qué nombre para un libro que te da un millón de euros...” // RR.PP. Foto: Michael Carroll
- Amistad intermitente /3
por Felipe Devincenzi Eugenio me cita en un estanco pero se retrasa una hora. Su excusa: tiene que recitar Carver en una audición a la cual, infiero, también llegará tarde. Lo espero en un bar decadente, sobre Via Portuense, mientras memoro sus excentricidades. La fundamental es Wagner; después, la Fórmula 1. No es todo: alguna vez lo oí desbocarse sobre El Furgón de Urquiza, club que solo imagino en blanco y negro, y lo mismo cuando hace hermenéutica de los Ramones. Mi amigo es actor, enseña inglés y viene de una familia modesta de Sáenz Peña, tres atributos adversos a la Argentina que planea Milei. Hace un año y medio emigró a Italia con su esposa. Cuando por fin nos encontramos, en una vermutería del Trastevere turístico, la conversación varía entre el relativo confort romano y Tristán . Eugenio sigue renegando de la docencia -las escuelas alternadas, los adolescentes- pero hace uso exhaustivo de Trenitalia para ver las puestas del alemán: La Scala , la Arena di Verona , el Teatro di San Carlo . Argentina, invariablemente, es sinécdoque de amistades en común. Le pregunto por Federico Justo, también actor, quien presume otro talento anacrónico, o sea el de cantar la guardia vieja con un timbre gardeliano, amén de su guitarra puntillosa. También citamos al Dr. Coriciano, abocado al derecho informático y la ciencia ficción. Hace un tiempo publicó El experimento fallido (AqL, 2024), distopía que a veces parece una traducción de Orson Scott Card. Eugenio es tangencial: “no pude pasar de la primera página”. Mi lectura fue más amena pero mejor fue imaginar a Coriciano escribiendo durante las siestas de Curuzú Cuatiá . Ejerció en ese calor varios años y hasta hace poco, me dice Eugenio, medía la riqueza de sus vecinos en cabezas de ganado. A ambos -y a Federico- los conocí en casa de Lucas Delgado, otro actor excepcional. Los últimos meses protagonizó En cada lugar del mundo, en este instante , obra de Martín Mir ambientada en diciembre de 2001. Esta fecha nunca es casual: mientras los evoco, caminando por Garbatella, evoco a mi país. Su talento oculto, su talento emigrado. // RR.PP. Foto: San Martín en Roma / Felipe Devincenzi
- Cornell o la gracia
por Rodolfo Cifarelli Es infrecuente milagro que una obra de arte nos permita huir de jaulas propias y ajenas. Hablamos de las cajas, los collages y los films de Joseph Cornell, emisiones de una estación de radio clandestina que este solitario nacido en Utopia Parkway 37-08, Flushing, Queens, supo construir con manos y ojos extremadamente serenos, casi herméticos. En la infancia disfrutó de los paseos por Coney Island y Broadway. Una tarde otoñal, se dice, asistió a una performance de Harry Houdini. La época feliz se extendería hasta la muerte de Joseph padre, diseñador textil. Luego la economía familiar se hunde, la soledad se vuelve angustia, la angustia se insufla de una incipiente libertad. Porque el niño se acostumbra a las rutinas de su sombra por las calles del Grenwich Village; viaja en el tren elevado, y, como Nevinson y Hopper, en esos traqueteos descubre el alma de la ciudad sin alma. Con los centavos que obtiene de sus primeros trabajos adolescentes compra fotos y postales viejas. Esa colección es la primera matriz de su proyecto estético, uno de los más grandes del siglo XX. Una biografía unánime nos diría que asiste a las muestras de emigrados ilustres en la galería Levy: Duchamp, Dalí, Ernst. Un día, acicateado por La Femme 100 têtes de Ernst, le entrega a Levy una carpeta con algunos collages. Los primeros actos que rotulamos como «carrera artística» suceden rápidamente. En 1932 Levy le cede la galería para su primera exposición individual. Poco después, Duchamp, sumo pontífice de desplazamientos, dislocaciones y malentendidos, le informa a Peggy Guggenheim de este joven sin educación artística formal, casi mudo, casi invisible. Por esta vez, el dólar ayuda al arte. Cornell vio en los surrealistas la vía hacia su mágica y marginal Ítaca. Al revés de los adoctrinamientos, prefirió la insinuación y el atajo, lo que sobrevive a la luz a media luz: las deducciones necesarias antes de la Epifanía. El plan era/es que cada uno obtenga su gracia: que quien busca tenga la certeza de que ya empezó a encontrar lo buscado. // RR.PP.











