NOTAS
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- Julieta Ortega y los celos secretos
Por Juan Blanco Alguna vez yo le había dicho a Camila que me gustaba Julieta Ortega. Esto venía de la época de Viudas e Hijos del Rock and Roll, en que ella hacía de una ejecutiva milf que era la villana de la historia y usaba el sexo como forma de daño. Tenía, por ejemplo, tres enemigos: de uno (Mex Urtizberea) se cogía al hijo, de otra (Paola Barrientos) al padre, de otra (Violeta Urtizberea) al marido. Tan noble performance conmovió mi adolescente corazón. Una semana de 2023 Camila estaba viendo la serie “El Fin del Amor”. Veía un capítulo por día. Yo no me había sumado a verla. Durante los primeros tres días me decía sumate, aún estás a tiempo antes de que te saque demasiada ventaja. Todo cambió al cuarto día, al cuarto capítulo. Era jueves. Nos estábamos sentando a comer y le pregunté qué tal la serie, cómo avanzaba. Hizo un gesto desganado, dijo “mmm, más o menos, la verdad no está muy buena”, y cambió rápidamente de tema. Había algo raro en su paso de la insistencia al desaliento que desde luego me generó intriga. El sábado a la tarde siguiente ella se juntaba con una amiga. En un momento de la mañana le dije que yo podía aprovechar esas horas para alcanzarla con la serie. Me dijo “¡noooo!” y noté que después de exclamar intentó bajar el énfasis, ser despreocupada y liviana, por lo que siguió, bajando el tono: “No vale la pena, ni te gastes”. Hizo un silencio y remató: “No está buena, posta”. Cuando se fue ese sábado vi algunos capítulos. En el cuarto aparecía Julieta Ortega. Me pareció raro que ella no lo hubiese mencionado, al menos para hacer un chiste. Minutos después, avanzado el capítulo, Julieta Ortega se desnudaba y penetraba a Vera Spinetta con una cinturonga. Todo se volvió claro. El por qué del paso de la recomendación hacia la disuasión. Me reí, sentí ternura. Agarré el control remoto y adelanté la serie hasta el punto al que había llegado ella, que era la mitad del capítulo seis, para que no supiera que yo había estado viendo la serie. Nunca le comenté el tema. Cuando volvió me preguntó qué había estado haciendo en su ausencia. Leyendo, le dije, leyendo un poco.// RR.PP.
- El nicho de millones
Por Patricio Erb Tiempo atrás, el nicho era un nicho. Un grupo chico, subterráneo, sostenido por el boca en boca. No aparecía en radio ni en televisión ni en diarios. Si algo llegaba al mainstream, automáticamente dejaba de ser nicho y se volvía masivo. Aunque no te gustara Soda Stereo o Los Redondos, sabías quiénes eran, conocías sus hits, y quedaban inoculados en tu cabeza para siempre. Hoy esa lógica se rompió. La saturación mediática fragmentada creó algo nuevo: el nicho de millones. Artistas, streamers o comunidades gigantes que existen dentro de su propio ecosistema, pero que afuera de esa burbuja casi nadie registra. Millones de seguidores y reproducciones y, aún así, una ausencia en el imaginario colectivo. Nos encontramos con algo impensado hace veinte años: alguien que jamás escuchaste o que no reconocerías por la calle, llena un estadio. O dos. O cinco. El caso de un trapero agotando un River del que no reconocés una canción o un streamer llenando teatros, no es una anomalía; es un síntoma. No está en duda su masividad, sino que este fenómeno da cuenta de una masividad distinta, nueva. Antes, para llenar una cancha de fútbol necesitabas formar parte de la memoria cultural de la sociedad. Hoy alcanza con ser el centro emocional de tu comunidad digital. La digitalización convirtió a cada nicho en un ecosistema autosuficiente. No hay una necesidad de trascendencia. No hay un cruzamiento de generaciones. Cada nicho vive encerrado en sus propios algoritmos, sus propios códigos, sus propios rituales. Y cuando ese ecosistema está diseñado a través del cálculo, puede producir muchas cosas pero no un mito./// RR.PP.
- Lo que dice el agua
por Juan Terranova Noticia: “Un reciente estudio realizado por científicos del Conicet puso en alerta a la población del Área Metropolitana de Buenos Aires tras detectar la presencia de diversos medicamentos en el agua de sus principales ríos y arroyos, entre ellos viagra, paracetamol e ibuprofeno.” ¿Sorpresa? El ibuprofeno y el paracetamol no terminan de llamar la atención. Son dos drogas de venta libre que la gente de Buenos Aires consume de forma masiva para aliviar los dolores que ocupan nuestras mentes y nuestros cuerpos en épocas de vértigo, laceración emocional y sobreexplotación laboral. Lo raro sería que no aparecieran. El sildenafil, la droga activa de la pastilla azul, es otro tema. Si el ibuprofeno y el paracetamol sirven para paliar los dolores de la existencia, el sildenafil es, por definición, la droga del placer sexual, que al mismo tiempo señala un desgaste, un cansancio, una falta de vigor que la farmacopea contemporánea viene a maquillar. Más que cualquier otra droga, el viagra lleva inscriptas en sus moléculas el conocido verso de Ian Anderson: “Demasiado joven para morir, demasiado viejo para el rock and roll.” En una nación cuya trascendencia económica y cultural siempre la fijó la tierra –su posesión y tránsito–, hoy es el agua el que nos habla. Con el siglo XXI, el agua se vuelve un documento que debemos leer para entendernos. El Mapa Bicontinental, donde la Antártida aparece en su “real proporción”, nos muestra que, en su mayor parte, la Argentina está hecha de agua. Es probable que haya que volver a contar la historia de la Provincias del Plata a partir de asumir esa identidad. Más allá, se dice que ya se detectaron microplásticos en el semen de los habitantes del primer mundo. ¿Nacerán de allí los niños sintéticos del futuro industrial? Los seres humanos somos un 70% de agua. ¿Qué nos cuenta este Río de la Plata farmacológico? Arriesgo que hay un delay. La marea viene lenta. La de hoy es el agua de Alberto. En un futuro cercano, cuando llegue la subida, vamos a encontrar restos de cocaína y antipsicóticos, que serán las aguas turbias del gobierno actual.// RR.PP.
- El intendente y el periodista
por Juan Blanco El intendente era probo y honesto, un salto de calidad respecto de los atorrantes de sus antecesores, una excepción en una sociedad de bárbaros. Un famoso periodista del pueblo se había erigido como su principal crítico. Este periodista, por el contrario, era borracho, cocainómano, vulgar. Dedicaba enteramente sus mañanas de radio a atacarlo, apuntando siempre bajo el cinturón: usaba metáforas escatológicas, buscaba oyentes que lo denigraran, le inventaba amantes en el gobierno municipal, divulgaba datos de su familia. Pese a que la ciudad era chica, había una suerte de conjuro por el que ellos jamás se cruzaban. Esto era porque el intendente, por supuesto, no le daba notas, y el periodista, consciente de su desenfreno y a la vez cobarde, había conseguido estar al tanto de la agenda del intendente mediante un confidente intermedio, y se esmeraba para evitar cualquier lugar en que este fuera a aparecer. Pero un día, un jueves a la medianoche cualquiera, el intendente iba en el auto con su hija de once años, volviendo de una cena, cuando al rodear la plaza central vio caminando, completamente solo, al periodista. Al percibir las luces, el periodista giró la cabeza hacia atrás y miró el auto que lentamente se acercaba. Reconoció al instante la Renault Duster gris del intendente. Empezó a caminar más rápido. El intendente aceleró. El periodista caminó aún más rápido. El auto se acercó más. Y así una pequeña danza Cuando se acercó lo suficiente, el intendente frenó, se bajó y empezó a correr al periodista, que también corrió. El auto quedó parado en medio de la calle, la niña esperando en el asiento del acompañante. El silencio era pleno. La reacción del periodista fue lenta. El intendente corrió más rápido durante unos veinte metros, se acercó lo suficiente, calculó y le pegó una patada en el culo. Después frenó de a pasos cortos. El periodista se llevó la mano al lugar del golpe y siguió corriendo hasta desaparecer en la siguiente cuadra. El intendente subió de nuevo al auto y siguieron camino. Nunca volvieron a cruzarse.// RR.PP.
- Los soldados suicidas
por Juan Terranova Si un soldado se suicida ya se trata de una situación de extraña alerta. El militar, del último soldado raso al primer general, debería estar preparado para enfrentar situaciones complejas. Sin embargo, en la última semana, las redes dicen que Rodrigo Gómez, un granadero, fue encontrado sin vida en la Quinta de Olivos. Tenía 21 años y dejó una carta donde confesaba que debía dos millones de pesos de apuestas on line, otros dicen doce millones. Horas más tarde, el suboficial Juan Pereyra que era parte de la guarnición de Monte Caseros, Corrientes, al parecer se ahorcó. Enseguida Diego Matías Kalilec, un gendarme también de 21 años, se mató en Santiago del Estero. Hay poca información sobre estas muertes. Kalilec le habría pegado a su pareja para luego quitarse la vida. El cuarto fue Facundo Gabriel Lima, un soldado voluntario del Ejército Argentino, que el jueves 18 de diciembre se pegó un tiro con un arma que sería de su padre, personal penitenciario, en la provincia de Mendoza. Con una muerte cada dos horas, la Argentina llegó al pico más alto de suicidios desde el inicio de las mediciones oficiales. Con 4.249 casos registrados en 2024, hoy se sobrepasa el promedio de la población global. ¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Quién tiene hoy el monopolio de la violencia? Sobre los militares, las redes también acercan jugosas teorías conspirativas. Habría, según las sospechas nocturnas de Internet, un hilo de sentido que enhebraría estas muertes. El granadero vio algo en Olivos, el gendarme sabía algo, el suboficial había sido parte de una operación encubierta. El cine ya pensó las variaciones. Si la Argentina conoce el guión, paradójico, del fusilado que vive, bien puede elaborar una trama donde nos dicen que los soldados se suicidan… Sin entrar en esoterismos, un ejército enemigo de soldados que se matan solos es el sueño final de la CIA o el MI5. Quizás la disolución del Estado impulsada por este gobierno, sus exabruptos, desregularizaciones y malos salarios estén empezando a mostrar resultados tan siniestros como cualquier teoría paranoica, o quizás peores, desde el momento en que son constatables y tristemente reales.// RR.PP.
- Una suerte de azul
por Felipe Devincenzi A fines de los 50, Miles Davis tenía un contrato jugoso, las regalías se acumulaban bajo su puerta y solía merodear el Upper West Side en una Ferrari. Según cuenta en Miles por Miles , compilación de entrevistas editada por @letrasudaca, la había elegido amarilla para que los motherf*ckers lo confundieran con un taxista. Era rico y famoso pero también era negro y eso le exigía una guardia constante. Por eso se entrenaba como boxeador: en cada gira, en cada ciudad desconocida, su mánager le procuraba un gimnasio acorde. El suyo estaba en el sótano de la 77th Street y desde esa fortaleza llamó a Bill Evans una madrugada de invierno para indicar una fecha, un lugar y colgar sin más explicaciones. La cita fue en los estudios de Columbia de la 30th Street. Por entonces Miles saturaba los charts con grabaciones exprés, series de las que surgen álbumes tipo Workin’ y en las que se percibe su voz carrasposa hablar entre temas. I’ll play it first , solía decir, and tell you what it is later. Imagino el exordio de esa comunión: los ingenieros tras la mesa de mezcla, los asistentes tejiendo el cableado, los músicos que llegan de a poco. Los veo emerger del dusk neoyorkino, atravesando un paisaje añil y brumoso; veo los rascacielos ensombreciendo las veredas opuestas al atardecer y veo los transeúntes sumergidos en pilotos espesos mientras una fila de Buicks rezonga entre semáforos. Veo el estuche que carga Coltrane por la 3ra Avenida, los zapatos que Evans desempolva en el tapete de entrada y los escalones que crujen bajo sus pasos mientras Miles lo mide, de lejos, con severidad y aprobación. Veo a los músicos armar con fe artesana sus instrumentos: el set de platos, las boquillas cromadas, superficies que reflejan sus cuerpos oscuros e inmensos y el abanico de atriles donde Miles distribuye unos pocos bocetos, escritos las horas previas, marcando tan solo algún tempo, una melodía, una breve sucesión de acordes. Kind of Blue requeriría solo dos sesiones, a pesar de que sus casi 46 minutos incluyen algunos de los instantes más preciados de la música. Describirlos, claro, sería un despropósito.// RR.PP.
- Bocetos de España
por Felipe Devincenzi Una de las mejores tapas de Miles evoca su perfil estampado sobre un horizonte andaluz. Mi copia es una edición de 2015, remasterizada, y empieza a girar con esa magia que ostentan los aparatos antiguos. Los sonidos de su orquesta están ahí, impresos en líneas minúsculas, cientos de grietas trazadas en círculos, como agroglifos, sobre una capa negra de polivinilo. La púa surca esas señales con la manía de un lector de braille. Enseguida asoman las primeras vibraciones y mi departamento se llena de un cascabeleo seco. El parlante tose varios golpes de ride a la vez que surge un coro de vientos: las señales del agroglifo invocan, entonces, una versión insólita del fantasma de Aranjuéz. No sabemos cómo surgió la idea en Miles; al parecer se obsesionó con el flamenco pocos meses después de grabar ‘ Kind of Blue’ , copó las disquerías del Upper Side y se llevó todo lo que remitiera a España. El Adagio de Rodrigo sugirió el primero de esos bocetos. The softer you play it, decía, the stronger it gets, and the stronger you play it, the weaker it gets . Gil Evans, por su lado, lo definía como una melodía destilada: si se tomaba de un saque, el efecto se esfumaría. Evans realizó los arreglos del disco, ideas que ya había desarrollado en ‘Miles Ahead’ (1957) y en ‘Porgy and Bess’ (1959). En el primero, ‘Blues for Pablo’ anticipaba la posibilidad del ‘cante jondo’ sobre una orquestación que hace a la vez de sierra y de suburbio. Pero en ‘Sketches of Spain’ (1960) ya no sabemos si el Harlem somete al Albaicín o si ocurre lo contrario: una ilusión similar a las metáforas de Lorca en ‘Poeta en Nueva York’ (1940), solo que Miles no le canta a Granada, ni a su propia ciudad, sino que redefine el crossover como un sincretismo religioso. Cuando le preguntaron por la muerte de Evans, las palabras del trompetista fueron estas: ‘No sé qué es lo que pasa, pero creo que todos los muertos vuelven y andan por ahí, en cualquier lugar. En el medio del aire, de la noche, del océano. Vas volando de acá para allá, atravesando el mundo entero, y esas voces vuelven a tu cabeza como la señal de una radio’. Los primeros compases de su ritual gitano sugieren este milagro. // RR.PP.
- La gran llanura /3
por Rodolofo Cifarelli No, no era el silencio que casi había quemado la cara del hombre que entró a la carpa. Tampoco era el silencio de las grandes ciudades, ese que no podía apaciguar los ojos enrojecidos de las putas golpeadas por sus anémicos rufianes, ni las muecas patéticas de ansiosos sátiros escrutando a sus presas. Era otro silencio que, como un bufón cariñoso, les insinuaba en tolerables pesadillas que toda historia debería ser comprensible, que no toda violencia es inútil, que la retórica más humilde martilla contra la nada. Era el prólogo de una guerra, pero en ausencia de beligerancias los relojes de la mente se suicidaban arrojándose al inimputable pasado. Algo obvio: una expedición como aquella, en cualquier época o lugar, sufría el ataque de monótonas olas de evocaciones, de variada naturaleza y nada casuales: amores imposibles, cenizas de muertos queridos que secaban las bocas y los ojos, bares del crespúsculo con caña y tute, el rasgueo de una guitarra que no sonaba como el rasgueo de una guitarra. También, pese a los vientos limpios y las galaxias resplandecientes, los venenos de la incertidumbre los envolvían: una suma de malas artes amasadas por la ironía a destiempo y el cinismo disfrazado de erudición, resabios de urbanidad intelectual y sentido común de los tontos, incomparables en apariencia, idénticos en sus efectos: la creencia de que esas armas triviales amenazaban a los verdaderos poderes de una ciudad. Y, sin embargo, la intuición y el razonamiento encendían focos insurreccionales, y las espontáneas tentativas de desvíos o prórrogas se diluían en ciegas esperanzas. Y de los muchos que se percataron de este fenómeno de avance, retroceso y avance, uno dijo: –Todo lo que camina sobre este mundo está condenado a golpes y prevaricaciones, a surcar ciénagas de barbarie y valles de la muerte. ¿Estamos preparados? Después de un grave, breve silencio (otra vez el silencio), todos gritaron SÍ . El grito estremeció la llanura y en las poblaciones levantadas sobre la antigua línea de los fortines hubo derrumbes menores y nacieron las primeras sospechas.// RR.PP.
- Burroughs & Barreda
por Juan Terranova Ricardo Barreda era odontólogo y vivía en La Plata. Se hizo famoso por matar, con una escopeta de caza, a su mujer, su suegra y sus dos hijas. William Burroughs no era todavía escritor cuando, durante una borrachera en México DF, mató a su mujer de un tiro en la cabeza, jugando a Guillermo Tell. Las dos historias son conocidas, pero ¿se pueden leer juntas? Los une el barroco, el exceso. El barro los une, el agua que fluye y la tierra que se disuelve. Ambos crearon un mito alrededor de su persona y de su obra. Ambos se transformaron en iconos pop. A Barreda lo santificaron de forma irónica y le dedicaron una cumbia . El asesinato de Joan Vollmer fue más serio, con más dudas. Después, en Tánger, Burroughs, heroinómano, escribió Naked Lunch desde el centro paranoico del siglo XX. ¿Puede un emblemático y talentoso escritor ser también un asesino, un femicida? Los biografos de Burroughs reproducen una idea: el asesinato de su mujer lo lanzó a la escritura, generando una consecuencia afirmativa de un hecho destructivo. Pero Barreda mató tres veces más y no escribió nada. Por eso, uno es un genio y el otro, apenas un conspicuo asesino. Las páginas carcelarias de Barreda nos habrían llegado con una terrible autoridad: “Yo, Ricardo Barreda, habiendo asesinado a mi mujer, a mis hijas y a mi suegra…” Después de matar, Burroughs estuvo, gracias a Bernabé Jurado, su abogado mexicano, apenas trece días preso. A diferencia del escritor, Barreda nunca huyó. Asumió su crimen y cumplió su condena. Burroughs terminó sus días en Kansas, Barreda, en una pensión en San Martín. Juntos, sus nombres propios podrían ser la marca de un estudio de abogados en un noir del Hollywood de los años 50. Sus respectivos semblantes también los unen.// RR.PP.
- Siempre París
por Felipe Devincenzi Fabrizio Colombo es mendocino pero reside en París desde 2022. Músico ecléctico, se formó en el violín antes de elegir el bandoneón de su abuelo. En Argentina formó un primer septeto, con el que grabó ‘Celedonio’ (2022). Este año presentó ‘Siempre París’, grabado para el sello Faubourg du Monde y filmado en los estudios Ferber de la capital francesa. ¿En qué se diferencia este LP del primero? ‘Siempre París’ es un disco que se terminó de gestar musicalmente un año y medio después de haberme establecido en la ciudad. Es el resultado de haber descubierto músicos excepcionales de la escena parisina y de percibirme a mí mismo en este mundo nuevo. Pone en valor tanto el trabajo grupal que se logró como la calidad solista de cada integrante. ¿Por qué escribís para Septeto? Porque soy fanático de la sonoridad Piazzolla y, al mismo tiempo, de las grandes orquestas típicas que nos ha dado el Tango. La formación en septeto permite un resumen de estas dos: música de cámara, orquestal e intimista que conjugan la verdad de la prosa tanguera. ¿Cómo surgió la participación de Sandra Rumolino? Reinaldo Yiso escribió: “El tango es siempre una historia que tiene, en todas sus hojas, palabras del corazón”. Cada vez que escucho cantar a Sandra le creo. La descubrí a través de los discos del Maestro Juan José Mosalini y después tuve la suerte de conocerla gracias a su hijo, el admirado Juanjo Mosalini. ¿Cómo es el ambiente tanguero en París? Vasto y estimulante, por su compromiso histórico con el género. Habiendo albergado tantas figuras trascendentales de nuestra música, París sigue siendo cuna de muchos bandoneonistas y músicos indispensables a la escena europea. Si pudieses elegir un destino en cualquier parte del mundo para ir ahora, ¿Cuál sería? A Roma, para conocerla. A Mendoza, para ver a los seres queridos y defender el agua. ¿Qué músicos te inspiran? Todos. Recomendáme una cuenta de IG y un disco. Un IG: @Nonnasilvioofficial . El disco ‘Canciones’, de Puente Celeste.// RR.PP.
- “La Galaxia Gutenberg es una supernova”
por Néstor Leuchenco Juan Insua (1954) es un creador de proyectos culturales complejos desarrollados durante mas de cincuenta años en Latinoamérica y Europa. Concibió Kosmopolis, La fiesta de la literatura amplificada (2002-2025) . Acaba de inaugurar la exposición Roberto Bolaño, El visitante del futuro , y prepara una historia cultural de Marte en el Museo de las Confluencias (Lyon). ¿Extrañas la literatura que leías en los años setenta? A los libros que leí no los puedo extrañar porque sigo recurriendo a ellos. Mi perspectiva sobre el tema también me impide extrañar la literatura de un período concreto. Cada vez que necesito releer algo recurro a esa biblioteca intima que todos llevamos como preciada ofrenda de la buena memoria. No tener nada que extrañar es un calmante para la ansiedad. Y además siempre están los Clásicos, como acicate para seguir buscando lo nuevo: lo que siempre estuvo ahí. ¿Qué te extraña de los libros que se escriben hoy? Nada en particular. Las quejas, apologías, criticas, menosprecios o glorificaciones sesgadas que podemos encontrar son innumerables. La industria cultural necesita adaptarse para sobrevivir. Se publica todo lo que podamos imaginar. Y con un optimismo moderado podría decirse que aumenta el numero de maravillas que sigue cultivando el formato libro. Todo ha mutado intensamente. En su canto de cisne, la Galaxia Gutenberg se ha convertido en una supernova. Y desde hace décadas estamos dentro y fuera de ese paréntesis, dentro y fuera de su perdurable influencia. ¿Te extrañaría si mañana nadie entiende qué es escribir? Eso ya está sucediendo y no habría que alarmarse. No hay escritor o escritora que no se haya hecho esa pregunta. En la Antigüedad se temía que la escritura pudiera deteriorar nuestra memoria hasta límites insospechados. Así ha sido y también todo lo contrario. Me gusta pensar que seguiremos leyendo y escribiendo en todos los estilos, géneros y formatos posibles. Aun en los bunkers del día después, aun sin saber ni entender por qué leemos y escribimos.// RR.PP.
- Tocá lo que escuchás
por Sebastián Napolitano 1 . Tocá lo que escuchás . No sé ya dónde leí la frase. Probablemente en alguna de esas listas de consejos, como la de Monk o la de Chick Corea, que suelen circular en internet. Aunque podemos estar seguros de que fue expresada en formas y épocas distintas, en lenguas diferentes, aplicada tanto al arte como a cualquier otra disciplina. Se puede decir que es una idea algo gastada. Pero la verdad, no importa cómo suene, sigue siendo la verdad. Un poeta escribió alguna vez: “Ya está todo dicho pero hay que decirlo todo de nuevo porque no había nadie escuchando.” 2 . Desde todo punto de vista, aprender a tocar es mucho más fácil que aprender a escuchar. Escuchar es un desafío más complejo, más amplio. Requiere más inteligencia, sensibilidad, experiencia. Tocar tiene límites: los que impone nuestra destreza, incluso nuestra anatomía. La escucha, si sabemos cultivarla, puede ser ilimitada. 3 . En octubre de 1962, un submarino soviético B-59 iba en dirección a Cuba. El aire acondicionado no funcionaba. El calor era extremo y la respiración de los tripulantes agotaba el oxígeno. Días atrás habían perdido contacto con Moscú. Desde la superficie, buques estadounidenses arrojaban cargas de profundidad, señales acústicas para obligar al submarino a emerger. Pero dentro del casco era difícil saberlo. El B-59 llevaba un torpedo nuclear. Para lanzarlo hacía falta la confirmación de tres oficiales. Dos estuvieron de acuerdo. El tercero, Vasili Arkhipov, se detuvo a escuchar los intervalos entre las explosiones, su regularidad. El sonido no escalaba de manera caótica sino que respondía a un patrón. Así comprendió que no era un ataque, sino una advertencia y se negó a autorizar el lanzamiento. Tocá lo que escuchás./// RR.PP.











