NOTAS
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- Hecho en Brixton
por Bruno Casabona Se despertó con una serenidad extraña, acentuada por los rayos de sol que entraban por su ventana. Soledad sonrió después de mucho tiempo y bajó a hacerse un café. Cuando tuvo el porridge servido en la mesa, el cielo ya se había inundado de nubes. Hacía menos de dos años que vivía en Londres y sabía que no le faltaba mucho para partir. Después del desayuno se volvió a acostar. Cerca del mediodía, cuando sus pensamientos le hablaban en un volumen descomunal, no le quedó otra que levantarse. Se puso la campera más abrigada que tenía, guantes, gorro de lana, y salió a caminar. Recién cuando llegó al Brockwell Park se sintió algo aliviada; era una de las pocas cosas que seguían gustándole de Brixton. El recorrido de quince minutos que separaba su casa del parque lo hizo mirando al piso, y si alguien le preguntaba qué calles había atravesado para llegar hasta allí, Soledad no hubiera sabido responder. Hizo contacto visual por primera vez en el día con una pareja y un niño que reía sobre los hombros de su padre. Le llamó la atención que tanto adultos como el niño tenían pintado en la cara un rayo multicolor que les atravesaba la frente. No pasaron cinco minutos y volvió a cruzarse con otro grupo de personas con el mismo detalle. De repente, casi toda la gente alrededor tenía la cara pintada, dirigiéndose a la misma dirección, por lo que empezó a seguirlos. Frente a la estación de metro, en la avenida principal del barrio, se agrupaban cientos de personas, todas pintadas, vestidas con colores fuertes y embadurnadas con brillantina. Todos miraban y fotografiaban en la misma dirección, pero Soledad no llegaba a ver qué era. Con mucho esfuerzo logró meterse entre la gente y finalmente lo vio: un retrato de David Bowie, y abajo la inscripción “RIP”, fechada ese día: “01/10/2016”. Ella no sabía que Bowie había nacido y crecido en ese mismo barrio, donde había dejado huellas que no había percibido. Don't let the sun blast your shadow / don't let the milk float ride your mind / they're so natural, religiously unkind ... Por primera vez, en pleno invierno, Soledad vio los colores londinenses. // RR.PP.
- El amor egoísta
por Juan Terranova "El amor es todo y está en todas partes, y lo que no es amor se ve afectado por el amor. Escribí estos relatos pensando en un catálogo de posibles amores y desamores y, sobre todo, en cómo el amor siempre se presenta tensionando nuestra individualidad, los límites que tenemos como sujetos. El amor está hecho de diálogos, de personajes, de tecnologías y evocaciones. Es lo que nos hace humanos pero también lo que nos descentra, lo que que nos saca de nuestra limitada existencia individual. Se puede amar la juventud, las ciudades, los recuerdos, la familia, una adicción, los celos propios y ajenos. Mucho más difícil es amar el miedo o la electricidad. Pero hay que tener en cuenta que el reverso del amor no es el odio –complementario, sofisticado– sino la insípida indiferencia. La modernidad nos acostumbró a que nada se descarta, todo se superpone, se recicla, y el paisaje de nuestra vida está lleno de objetos y escenas que nos recuerdan, a veces con nostalgia, a veces con enojo, la posibilidad y la presencia del amor." Juan Terranova Muy pronto en Primavera Revolver
- Demasiadas pocas cosas
por Marco Castagna “Eran las canciones o el horno” confesó alguna vez Manuel Moretti. Escuchar los primeros discos de Estelares es remover esa certeza, como un albañil que revuelve con prisa y sin pausa el cemento fresco. Sistema nervioso central (2006) tal vez sea el paraíso de la canción para la banda. Un paraíso jungiano, que tiene sus raíces en el infierno, y que entró por la ventana del cancionero popular argentino como una tormenta de arena. Las letras en ese disco se contorsionan en melodías alegres que, a su vez, contrastan con cierta depresión emocional. Los días parecen perfectos, brillantes, solo que habitados por un desfile de zombies donde Armando Bo baila con Castaneda y Leonardo Favio. La poética de Manuel Moretti se focaliza así en una mirada experimental de la vida. Del “Tan cerca los dos, los dioses resplandecen” ( Un día perfecto ) al “No hay una sola razón para sufrir, las cosas siguen su curso como el Rhin” ( Aire ), la definición del arte de Estelares pasa por encontrar imágenes en lo cotidiano, como fotos dispersas, y armar un collage sencillo y sensible. “Nací en el campo y vivo al revés” cantaba Moretti. Sus canciones se van tejiendo entre el folk, el rock y el tango: son retratos intimistas, miradas al infierno del amor doméstico, de lo inevitable, de los efectos menguantes de la psicodelia. Pasa en la poesía surrealista de 200 monos o en las pinceladas de Jardines secos (“Guardo en los bolsillos lo que queda de armonía”). El álbum promedia con la almodovaresca Ella dijo , un himno a la fragilidad de un amor no correspondido, y la crepuscular Un show , antes de encontrar un cierre salvaje en Ardimos , canción temprana de Moretti. Pero el summum creativo y emocional de Sistema nervioso central probablemente sea El corazón sobre todo . Una canción certera, rencorosa, atravesada, divina y a la vez oscura. Sobre el final, el letrista parece decirnos que se va de viaje. Y casi se lo puede ver saliendo de la terminal de ómnibus con un bolso al que le sobra espacio: me quedan pocas cosas / si las enumero sabrás que son demasiado pocas / demasiadas pocas cosas. // RR.PP. Foto: Manuel Moretti
- Johannes-Brahms-Platz
por Felipe Devincenzi En 1852 Schumann publicó un artículo sobre el joven Brahms, arengándolo como el nuevo Mesías de la música. La relación entre ambos y Clara, esposa de Schumann, oscilaba del apadrinamiento a una intimidad más bien turbia, lo que naturalmente derivó en su retraimiento. Recién en 1862 Johannes enviaría a Clara el boceto de una sinfonía: tenía casi 30 años y un repertorio de cámara envidiable, pero dejó de responder cuando ella exigió más avances. Hacia 1870, en una carta a Hermann Levi, el no tan joven Brahms se excusaba en Beethoven: “Quizás nunca escriba mi sinfonía: no tenés idea de lo que es sentirse perseguido por ese Gigante”. Finalmente la estrenaría en Karlruhe, en 1876, pasados sus 43 años y habiendo invertido en su escritura, intermitentemente, la mitad de su vida. Por regla general, las sinfonías de Beethoven empiezan con un acorde afirmativo y luego un pasaje ligero, breve ilusión de reposo anterior a la furia. A Brahms se le ocurrió prolongar este primer golpe con efecto tsunami, y apoyarse sobre un timbal que parecía anunciar una armada. El acorde duraba más de un minuto y funcionaba como el súbito desagüe de una hidroeléctrica: compensando su afasia, sepultando el fantasma de la Novena. Toqué el Opus 68 una vez en Schleswig-Holstein: es la provincia donde Johannes creció y vivió, conturbado por esa garúa fina que cuela entre el Báltico y el mar del Norte. En la orquesta había un violinista devoto del compositor, tanto que proponía basar nuestra carrera en su repertorio, como si la música hubiera empezado y terminado en Hamburgo. “ Puro Brahms ”, decía, convencidísimo, mientras fumábamos en la trastienda del Leiszhalle. El teatro bordeaba una plazoleta, y en su desnivel había un cubo de granito con la cara del compositor grabada en cada lado. Frente a la escultura sopesé el fanatismo del violinista, y enseguida recordé el de mi profesor de Armonía I , un neurótico de pelo rizado que negaba toda música posterior a Mozart, y que ridiculizaba a Beethoven tocando a dos índices, como un dactilógrafo, el Himno a la Alegría. ¿Cómo sonaría Brahms 1 en ese piano sintético, reverberando sobre el durlock del aula municipal? Como estacas, probablemente. Una reducción parda y esquelética, pero tan insistente que aun así, sin ganas, pone la piel de gallina. // RR.PP.
- Silvia, olímpica
por Felipe Devincenzi En el 28 del Boulevard des Capucines se levantó el primer Music Hall de París, cuya cartelera alternó números de varieté, conciertos y cine. En los 50 fue escenario principal de Édith Piaf, y una década más tarde ofreció dos actuaciones extraordinarias de Jacques Brel y una ráfaga de sets de los Beatles. Orgullosos y no exentos de criterio, los franceses redimieron el Olympia de varias quiebras, acaso por haber acogido el pop de Gainsbourg y Dalida. Pero a los hispanoparlantes nos interpelan otros nombres: Paco Ibáñez y Mercedes Sosa durante el exilio, por ejemplo, o Silvia Pérez Cruz ayer, 8 de marzo. Fecha y cita son indisociables si pensamos que Pérez Cruz ha renovado el oficio de cantautora, es decir alguien que celebra la vida, la nostalgia y el amor pero también las reivindicaciones más elementales, como ya ocurría en Domus , soundtrack que le valió su primer Goya. Y sin ahondar en tal carrera , quienes amamos España -sus pueblos, la sombra de sus olivos, la generación del 27, sus cristianos plebeyos y la remota familiaridad que guardan con la Argentina- tuvimos motivos de sobra para congregarnos en esa sala icónica. La apuesta fue desafiante: un trío de cuerdas, iluminación básica y la falta de escenografía que remite a esos conciertos primitivos de los 60. Bastó correr el telón para que se diera el milagro del vivo, que es lograr intimidad en un aforo de dos mil personas. El mérito es de la cantora y también -hay que decirlo- del cello de Marta Roma, del contrabajo de Bori Albero y del talento sobrado de Carlos Montfort. Y acordes con el espacio, el bis fue tributario: un micrófono símil carbón, el pie vertical y aro como en las viejas radios, y un himno que empezó a capella, en proscenio, evocando la lluvia de un país donde nunca llueve. Quienes tarareen Ne me quitte pas han visto alguna vez ese primer plano de Brel, blanquinegro y desolador, que canta como si fuera su última chance de decirle algo al mundo. Sin saberlo, esas facciones contraídas, cuyas lágrimas refulgían en la oscuridad del Olympia , resultarían ajenas al declive de los años. Silvia Pérez Cruz comparte esa fuerza atemporal, pero consuela saber que ahora está entre nosotros, y que podemos ir a París, entrever su piel trigueña, notar el leve seseo de sus labios. // RR.PP. Foto: Felipe Devincenzi
- Luglio 1999
por Bruno Casabona Luca quería sorprender a Francesca. No le había anticipado mucho, apenas lo justo como para que sus padres la dejaran salir de la ciudad. Era el segundo día de un festival de tres fechas y esa noche tocaba la banda que él venía siguiendo desde hacía unos meses. La esperó en el andén con los billetes en la mano. Ella estaba nerviosa, todavía pensando en la mueca burlona que había hecho su padre cuando le dijo que iban a Palestrina. Se sentaron en el primer vagón, quizá por la ansiedad de llegar primeros, tal vez porque la ventana entreabierta dejaba pasar el viento y ese día el calor era extremo. El sol comenzaba a bajar: Luca y Francesca llevaban un par de horas en el festival. Él se acercó a la barra y, todavía temblando, agarró las dos cervezas y se sentó junto a Francesca. Ella tomó un sorbo y por fin lo besó. Se abrazaron, mirando desde la altura el pequeño pueblo, esperando el headliner, esperando a Morphine . Cuando vieron que la gente se dispersaba para ir al baño o a buscar algo para tomar, se acercaron a las vallas. Los aplausos se adueñaron del parque y tres hombres aparecieron en el escenario. Un sonido oscuro y crudo había empezado a propagarse, interponiéndose entre Francesca y Luca. Ella se metió tanto en la música que ya no sabía si el concierto había empezado hacía diez minutos o una hora. De colores extraños, un nuevo tema había comenzado. El cantante dijo “taxi, taxi” con una voz saturada, desgastada, que solo sus compañeros, al mirarlo, descubrieron a qué se debía. Luego se desplomó. En el público se escucharon unos gritos y algunas risas. Francesca, inmóvil, no podía quitar los ojos del escenario. Inmediatamente se llevaron al cantante detrás de escena y el parque enmudeció. Diez minutos más tarde anunciaban que el recital se suspendía. Durante el trayecto de vuelta Francesca no habló con Luca. No es que no quisiera, sino que no podía. Al llegar a su casa se enteró que Mark Sandman, frontman de Morphine , había muerto. También supo que no volvería a ver a Luca. // RR.PP. Foto: Mark Sandman en Palestrina, Lazio, minutos antes de morir.
- Viajero de Invierno
por Sebastián Napolitano Schubert escribió Winterreise en 1827, el último año de su vida, y representa una suerte de testamento. Según contaba uno de sus amigos, interpretó (“con mucha emoción en la voz”) el ciclo completo en una reunión. Sus amigos se mostraron desconcertados. Estas canciones, les dijo Schubert, me gustan más que todas las otras y llegará el día que a ustedes también. En Winterreise , cada lied es nuevo, como la azarosa marcha del viajero y como el curso de todo viaje cuyo trayecto se improvisa en el momento. No hay reelaboración de materiales, no hay variaciones. Solo la marcha. Un Fremd. Un desconocido, un extranjero sin nombre ni cara. De la mujer de la que habla, solo sabemos que es rica y que su madre hizo alguna vez planes de matrimonio. El clima es contenido y la música empuja al viajero al abismo de la ironía y la amargura. Toda alegría en Winterreise es ilusoria. Todo alivio de la decepción, un espejismo. Algún día, los sentimientos que describe se habrán alejado por completo de nuestra sensibilidad: La vulgaridad de la obsesión por la muerte, el desborde romántico de la subjetividad, las poesías naturalistas que hablan de flores y ríos congelados. Todo conspira para que rechacemos las delicadezas que hay en esta música. Sin embargo el encanto de Winterreise , como el de los vitrales de las catedrales medievales, permanece. ¿Por qué? Es un pequeño universo lleno de matices, exactamente lo contrario a la muerte donde todo se mezcla y permanece indiferenciado. Solo escuchen la primera de las canciones: Gute Nacht . La repetición de los acordes, los pasos del caminante. Una marcha, una transición. La escena de una película que nos muestra sin explicarnos nada. No hay introducción, no hay preludio. Un cuento que empieza diciendo “buenas noches”. Jamás habrá una música que nos haga sentir el frío de la tumba como Der Leiermann . El viajero se detiene a escuchar a un organillero. La manivela gira y la muerte se acerca.// RR.PP.
- Golden boys /2
por Felipe Devincenzi La visita a nuestro país no fue aislada: Fischer conoció Buenos Aires de adolescente, disputando uno de sus peores torneos, achaque atribuido a un affaire turbulento y veraniego. En el 60 enfrentó a Spassky en Mar del Plata, highlight de una cronología que incluye 1- La corona que Alekhine arrebató a Capablanca en 1927, asesorado por Roberto Grau 2- El match que Petrosian ganó a Fischer en el San Martín (“la mayor ovación de mi carrera”) 3- La invasión nazi a Polonia que sorprendió a Miguel Najdorf en Buenos Aires, residencia adoptada desde entonces 4- Las supuestas tablas que Samid, Rey de la Carne, hiciera en simultáneos con Kárpov y Kasparov 5- El nacimiento de Faustino Oro en octubre de 2013. Ninguno replicaría el aura ingobernable de Bobby: en 1975 se negó a defender su título y se esfumó del mapa. Hay registro de un arresto en Pasadena, California, ya acusando un aspecto denostable, barbudo y reacio, como un animal atrapado en la intemperie. En 1992 volvió a vencer a cambio de una suma millonaria: el oponente fue Spassky y el lugar Yugoslavia, en medio del genocidio. Es precioso entreverlos ahí, abstraídos en los escaques, haciendo caso omiso del embargo de la ONU y del paisaje artillado, jugando partida tras otra con el intenso azul del Adriático de fondo, redimiendo el largo acoso de la KGB, de la CIA, del FBI. El evento, claro, valió una orden de detención, pero Bobby elegiría el destierro. En el 96 se despidió de Buenos Aires. Dicen que pasó por La Casa del Ajedrecista , situada a metros de Plaza de Mayo, y que gastó 250 USD en publicaciones, dinero que extrajo de un taco de billetes anclado en el fondo del saco. En Argentina presentó el Chess 960 : estaba harto del ajedrez tradicional y convencido de que las partidas eran arregladas de antemano. Los rusos, los judíos, la FIDE... Una sospecha incesante. En Filipinas celebró el 9/11 y describió EE.UU. como un títere del sionismo. En Japón fue detenido por el uso de un pasaporte revocado. En Reikiavik le diagnosticaron una insuficiencia renal pero se negó a operarse. Paranoico y solitario, el tema de Serú Girán le calzaría justo: para evitar enloquecer / no pensar qué se es / qué se ha sido. Murió a los 64 en ese país volcánico, remoto, donde supo ser campeón del mundo. // RR.PP. Foto: Fischer en Islandia / Harry Benson
- No se puede vivir sin amor
por Juan Blanco Hay algo intrigante en No se puede vivir del amor (Grabaciones Encontradas Volumen I, 1994), en su melodía de jingle y en su poesía de lo obvio. No es una refutación plena del amor, como podría hacerse desde el cinismo o desde el libertinaje, más al estilo Los Auténticos Decadentes, sino que es un comentario parcial que mensura las evidentes materialidades que exceden al amor: una casa no se puede comprar con amor, una guerra no se puede ganar con amor, las deudas no se pueden pagar con amor. Ilumina algo que tiene la paradoja de que es difícil de asir pero a la vez se intuye contundente. Esto que ilumina puede entenderse si pensamos en una clasificación moral que suelen usar los periodistas tontos: los políticos que viven “de la política” en contraposición a los que viven “para la política”. Acá la distinción es útil y al entreverarla con la canción sirve para entender la oleada reivindicativa del amor que hay en redes sociales hace por los menos dos años, que es desde luego un apéndice de la reacción conservadora que se da en lo político y lo cultural. No se puede vivir del amor alumbra una intuición acertada de que bajo esta reivindicación noble se esconde algo trivial, siendo esta repentina entronización del amor siempre fervorosa en las personas más tontas que conocés. ¿Pero cómo oponerse a tan entrañable misión de ubicar al amor como lo más alto de la vida? Corresponde porque quieren vivir “del” amor. Por eso es gente poco avispada la que ahora eleva al amor con este entusiasmo sospechoso. En una vida despojada de fiebre alguna por el conocimiento, por la experiencia o por la belleza del mundo, se vampiriza al amor tal como Scioli, aburrido en su casa sin nada que hacer, depreda algún cargo del gobierno que sea, no solo porque sea indigno o inescrupuloso, sino para aferrarse a la vida. En contraposición a esto, la forma correcta de amar es como una continuación de la pasión por la vida, en que esta es doblemente febril en la conversación y el encuentro entre los amantes. En los comentarios de YouTube dicen que la canción repite “no se puede vivir del amor” veintinueve veces.//RR.PP
- La belleza científica
por Damián García En los sesenta, Peter Higgs predijo la existencia de una partícula que dotaba de masa al resto. El descubrimiento del bosón ocurrió cincuenta años después. Einstein previó con su teoría la existencia de ondas gravitacionales y un siglo más tarde se encontró evidencia empírica de ellas. En la actualidad, acelerar partículas se transformó en una rutina de la desilusión. Los teóricos predicen la existencia de partículas en rangos de energías que no podemos detectar. Cuando se alcanzan los TeV necesarios, los ajustes matemáticos revelan que se necesita un poco más. Ahora bien, si el rango de comprobación de una teoría, es decir, el tiempo desde que se la formula hasta que se encuentran datos que la respalden, es superior al tiempo promedio de una carrera científica, ¿qué criterios siguen los físicos para proyectar sus ideas? Las insuficiencias técnicas revelan otras limitaciones más trágicas. La crisis filosófica que atraviesan los científicos los lleva a reproducir el modus operandi de la academia. Tal vez la única discusión real en estos términos hoy en día sea la constitución de la belleza. ¿En qué creen los científicos cuando no hay datos? Solo alguien que no sepa de física o matemática puede dudar de la belleza de una teoría, o de una ecuación. Pero, ¿tiene que ser la explicación de la naturaleza hermosa? Cuando estudiaba física en la universidad, coincidí en el Centro Atómico Bariloche con un investigador de la casa. Le pregunté qué opinaba sobre desarrollar la bomba nuclear en Argentina. Me preguntó si conocía la teoría de juegos y después dijo que no estaba de acuerdo. Habló del horror de la guerra, sin análisis geopolítico ni técnico sobre cómo llevaríamos adelante el proyecto. Para una mirada desenfocada, ¿Qué es la física además de energía? Masas aceleradas en el espacio. Sean protones o misiles. Ojivas hipersónicas que ionizan el aire circundante y lo trasforman en plasma. Una carga que deja atrás una estela rojiza. Traza la dirección del enemigo y nos hace olvidar la pregunta, hasta hacernos sonreír. // RR.PP. Foto: Misiles Fatah iraníes sobre Jerusalén
- Golden boys /1
por Felipe Devincenzi En 1997 Matt Damon escribió y protagonizó Good Will Hunting , iniciación de un arrabalero de Boston que resuelve teoremas en el espejo del baño, lee libros de Howard Zinn y se pelea con la policía. Cuando le preguntan cómo hace lo que hace, remite a Beethoven: ¿qué veía Ludwig cuando se sentaba al teclado? Aunque el guión se inspire en el caso de Ramanujan -matemático indio- cabría preguntarse qué veía Bobby Fischer, apenas un niño criado por una comunista en un modesto piso de Brooklyn, cada vez que enfrentaba los tableros marmolados de Washington Square. Fischer nació en 1943 y fue el primer yanqui en coronarse campeón mundial de un deporte dirimido por los soviéticos. A los 13 años realizó una partida antológica frente a Donald Byrne y a los 15 se consagró Gran Maestro . Su personalidad fue puliendo el mito: pasó de ser un prodigio con afición hacia el béisbol, el rock y los fichines, a padecer un trastorno paranoide incontrolable. Sus protestas iban de justas a excéntricas: en 1962 publicó un artículo en Sports Illustrated acusando de embusteros a los rusos. Para el Interzonal del 67’ plantó varios encuentros, yendo y viniendo de Sousse a Cártago con una caravana de patrulleros que le abría paso en la autopista. Cuando le ganó el título a Spassky se ausentó tanto de la ceremonia inaugural como del segundo match, incertidumbre que zanjó Henry Kissinger, telefoneando en nombre de Nixon para acabar con el rodeo. Acceder a esa contienda implicó arrasar en el Interzonal del 70, donde también compitieron los argentinos Oscar Panno y Jorge Rubinetti. El evento final fue organizado por Antonio Carrizo en el Teatro San Martín, en plena Avenida Corrientes. Se dice que en la tercera partida hubo un apagón: Petrosian dejó la mesa por un rato, pero Bobby permaneció impasible, cavilando a solas, en medio de la oscuridad. Cuando volvió la luz ya tenía todo resuelto, y pasó los días siguientes jugando blitz con Miguel Quinteros, escuchando Sandro, haciendo exhibiciones por el interior y enamorándose, en Tucumán, de una veinteañera a la que insinuaría casamiento. Fueron, probablemente, los últimos momentos de serenidad antes de una reclusión de veinte años. Tardes soleadas, felices, extrañamente porteñas. // RR.PP. Foto: Fischer en Plaza Castelli, Belgrano, CABA, 1971 / Harry Benson
- Última gira con el bromista infinito
por Marco Castagna David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962 - Claremont, California, 2008) se ocupó, antes de abandonarnos, de consolidar una obra inmensa y desconcertante. Parecía abarcarlo todo: desde Kafka al rap, de Tolstoi al tenis, de Lynch a una feria de langostas. Se presentó de un modo tan refrescante y vanguardista que críticos y lectores no tardaron en apropiarse del término wallaciano. Como si en el fondo eso significara algo, o como si después de leerlo uno intuyera que en el mundo aflora un virus de apellido Wallace. Autor de ese libro único y majestuoso que es La Broma infinita (¿qué tan solo hay que sentirse para acometer la lectura de un libro de más de mil páginas?), cuya fama y notoriedad parecen haber abrumado al propio Wallace. Le molestaba, incluso le perturbaba, que muchos lectores encontraran al libro divertido, aunque sería más correcto decir que se trata de una novela supuestamente divertida. Lo cierto es que tras su muerte se filmó The last tour (James Ponsoldt, 2015) basada en la convivencia y conversaciones con el periodista David Lipsky durante la gira de presentación de Infinite Jest . Un homenaje a la ironía y a la vez a la inocencia y soledad de un gran autor que también fue una gran persona. El plot es un viaje de nostalgia por el futuro de su obra inconclusa: el día a día de un prodigio que parecía estar cubriéndose por capas y capas de hielo, como su viejo Subaru estacionado en el jardín delantero. Ahí está Wallace, el que amaba a los perros porque eran incapaces de quebrar sus sentimientos. Wallace y su bandana para enfriar la ebullición mental. Wallace repleto de tics y tocs. Wallace comprando una cantidad wallaciana de latas de Pepsi. Wallace y la seducción al lector. Wallace, que parecía vivir despidiéndose, o escribir para los fantasmas hasta convertirse él mismo en un fantasma. Wallace encerrado y atormentado por una gramática nazi, pero escupiendo con rabia libertad. Wallace el escritor y Wallace el amigo desconocido. Wallace escribiendo para perturbar a los calmados y calmar a los perturbados, como le había enseñado un viejo profesor de la universidad. Wallace, Wallace, Wallace. Amén. //RR.PP. Foto: DFW en East Village, NYC, 2002 / Janette Beckman











