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NOTAS

117 results found

  • Un sueño postergado

    por Marco Castagna “¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?”. Así arranca ese disco salvaje y alucinado que es Honestidad Brutal  de Calamaro. Las canciones parecen cocidas por un artesano virtuoso. Y para entenderlas es necesario haber vivido. O más bien, haber sufrido. Sobre todo a solas, o tan mal acompañado que es preferible una orfandad absoluta. Recuerdo haber escuchado el álbum muy seguido cuando vivía en un departamento prestado en Salguero y Arenales. Las tardes de invierno me ponía los auriculares y, con un poema de Bukowski escondido en mi abrigo ( The Luck of the Word ), salía a dar una vuelta por ninguna parte. Me conmovían esas canciones marginales. Todavía lo hacen. Auténticos himnos de nostalgia y gloria perdida; arrebatos de confusa libertad y plegarias a amigos ausentes. En esa época yo también intentaba nadar contra la corriente. Mi único amigo -o casi- era el portero de mi edificio. El teléfono estaba roto y lo único que me quedaba era mi computadora, a la que me aferraba con mi aliento más primitivo. Leía bastante El salmón  de Fabián Casas. Leía más a Fante. Y todavía más a Bolaño. Despertaba olvidando el futuro y recordando un poco de la infancia. Algo medio deshilachado, ominoso como un sueño invernal. No podía pensar en el amor: apenas me esforzaba en inventarlo. Estaba escribiendo un cuento sobre los días de Calamaro en el Hotel Plaza Francia, mientras componía esas canciones de Honestidad . Hace unos días retomé el relato. Lo hice intentando evocar aquel clima, reconstruyendo -otra forma de invención- cada detalle. Algún día espero terminarlo con la bendición de Andrés y de todos los ausentes que perseveran. A fin de cuentas, son ellos quienes me recuerdan que toda historia de amor es una historia de fantasmas. // RR.PP.

  • Omne forti patria est

    por Felipe Devincenzi Ya hace años me corto el pelo en la misma esquina, siempre con gente distinta. El local lo maneja un sirio raquítico y sirve de aguantadero a varios golfos que merodean la vereda con gesto transa, discutiendo en árabe y fumando tabaco armado. El primero en atenderme era marroquí y manejaba un castellano perfecto. Lo reemplazó un palestino, le faltaban tres dedos y el lento roce de sus falanges me erizaba el pensamiento. Hace unas semanas di con alguien de Argelia: memoramos los goles de Rabah Madjer, el mar, Bitat en la Independencia.   La calle de la barbería nace junto a un busto inmenso de Fernando Pessoa. Cuando no son musulmanes, los cafés del barrio son exclusivamente portugueses. Mi predilecto es García , donde sirven delicatessen de Lisboa, aunque de alejarme unas cuadras, los pasteis  devendrían baklavas, gulabs o waffles. El contrapunto es extremo: según el Brussels Times , 9 de cada 10 residentes son inmigrantes de segunda generación, mientras que la mitad somos directamente extranjeros.   Inmigrante  es una palabra de obvias connotaciones políticas; contrasta con expatriado , neologismo light de moda entre progresistas. De hecho, la europeización desató una oleada de white-collars bohemios u opulentos, desperdigados entre las comunas del sur y norte de la ciudad. Estos expatriados , por supuesto, no son turcos ni congoleses ni cortan el pelo mientras dialectan el árabe: eligen Bruselas, se apiñan en sus cocktelerías, la habitan durante un contrato o como sede eventual de sus vidas personales.   La inscripción de esa escultura de Pessoa reza: A minha Pátria é a língua portuguesa . En Argentina suele clamarse: La patria no se vende . Benetton ha demostrado que la patria se puede vender pero no olvidar; es una red sináptica que estructura nuestra identidad como un tren subterráneo. Bruselas está en la superficie. Bart de Wever, primer ministro, es el único estadista que reniega de la existencia del país que preside. Lidera una coalición de mercenarios, pero su ilusión definitiva la profesó por TV: “Preferiría morir como un holandés del sur, en vez de hacerlo como un belga”. Junto a sus votantes, es el expatriado ejemplar.

  • La gran llanura /8

    por Rodolfo Cifarelli Un relámpago estalló a metros de la entrada a la construcción y empezó a llover torrencialmente afuera y, también, adentro. –Como en las malas tragedias, se apresuran las represalias –dijo la voz más divertida que burlona–. ¡Qué aburrimiento me provocan estas simplezas del gran maestro del dócil Saulo! Una mano blanca se abrió y se agitó en la oscuridad, en el sitio del altar, una pequeña llama naranja se alzó de su palma y se disolvió en un polvo violeta fosforescente que poco tardó en disolverse en el aire. La lluvia cesó de inmediato adentro de la construcción. –Estamos a salvo –dijo la voz, con el mismo tono. Mientras tanto afuera los caballos que habían recogido hasta ese punto del viaje, huían de miedo por los rayos, y los que no habían entrado a la construcción los corrían desesperados. Las pupilas se apagaron, y como si la oscuridad, ahora total, les anunciara una muerte inminente, los rehenes de la construcción buscaron la salida, pero se chocaron con un portón de hierro cerrado, aparecido por arte de alguna magia. El portón cerrado y la ausencia de ventanas daban como resultado un hermetismo impenetrable que el tono de la voz de algún modo, ciertamente misterioso, de a poco, conseguiría aplacar. –Qué estupidez usar como armas estas imprudentes variaciones climáticas. ¿O crueldad? ¿Qué incompresible este universo, qué duro es hacerles comprender a los seres humanos los límites a los que nos somete tamaña incomprensión de quien lo conduce? ¿Y qué decir de terremotos, maremotos, erupciones y sus millones de inocentes muertos a través de las eras? ¿O nos pondremos pomposos y vociferaremos como feriantes: ¡nadie es inocente! ¿Escucharon bien? Esa es la deplorable filosofía que avala el plan siniestro en que ustedes y YO estamos implicados por igual. Pero mi pecado, otra palabrita a revisar, es que YO sí creo en la inocencia y, especialmente, en dos moléculas poderosas y cristalinas que casi ya no riegan los suelos del mundo: creo en la razón y en la libertad humanas. La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro./// RR.PP.

  • Desde el espacio exterior

    por Juan Terranova 1 . Hace unos años, Carlos Godoy me dijo que ya no iba a escribir más poesía. Ese anuncio privado, de ciclo que se cierra, para existir tenía que ser elástico. Había un dejo de duda. Era más bien un deseo. Sin embargo, a fines del año pasado, Caleta Olivia publicó “Extraterrestre”, un nuevo libro de poemas de Godoy. En algún punto, lo externo nos muestra un estado de ánimo ahí. Lo que pasa es el tiempo, nuestra cronología se expande, crecemos, maduramos, miramos hacia el cielo, que siempre trae sorpresas, fantasías, es lo insondable, las estrellas, de las que pueden llegarnos, cuando menos lo esperamos, un mensaje nuevo.  2 . Los poemas de “Extraterrestre” son escenas de una autobiografía, situaciones que se van moldeando y mezclando con la experiencia de la voz del poeta en el presente. Aparecen los hijos, los amigos, la madurez, cierta resignación diáfana, o sea, vital, cierta serenidad. El poeta se despoja de las ansiedades de la juventud, se vuelve asertivo, virtuoso. El libro es un catálogo de los diferentes matices de ese estado.  3 . Los poemas de “Extraterrestre” retratan escenas del creador distante o sentimental, sí, pero entre esas situaciones se van hilando los aforismos. Las posibles citas, los señalamientos, las enseñanzas dichas con precisión, llegan en un idioma austero que construye una especie de Tao argentino. Un poema, “El pin parental”, empieza así: “Leer no es un hecho neutral/ escribir no es gratis.” Otro verso: “La historia te pide que asumas tu destino/ Y tratando de evitarlo/ es como definitivamente se cumple.” Otro: “Los que escribimos sabemos que la historia/ solo reconoce a los muertos.” 4 . Lo extraterrestre viene de afuera, del espacio exterior. Pero también es el futuro que se acerca, que nos llama y nos succiona, nos abduce. 5 . Al parecer una vez Bowie dijo: “Envejecer es un proceso extraordinario mediante el cual uno se convierte en la persona que siempre debió haber sido.” // RR.PP.

  • El teatro y sus formas

    por Celia Dosio Publicar dramaturgia hoy es insistir sobre una pregunta incómoda. La nueva colección de Qeja, inaugurada con dos textos de Lisandro Penelas, lo dice desde el título: Nuevas dramaturgias contemporáneas . La redundancia no explica; señala un problema. Se suele repetir hasta el cansancio que leer teatro es difícil. Exige que el lector tenga algo de director, capaz de asignar cuerpo y espacio a las palabras escritas. El texto teatral funciona como el vestigio de un acontecimiento que ocurre en otro lado, apoyado en convenciones precisas: didascalias, nombres que preceden la voz, indicios mínimos de acción. Los textos de Penelas prescinden de esas marcas. Se trata de monólogos divididos en capítulos, sin nombres ni acotaciones escénicas. Si no mediara el paratexto que los inscribe como teatro, podrían leerse sin dificultad como relatos. Los límites del género se desdibujan así, deliberadamente. El tipo , el primero de los textos, fue llevado a escena por el propio autor. El procedimiento narrativo es virtuoso. La voz del “tipo” que habla —ingenua, precisa— deja entrever la percepción de los otros y construye una distancia constante entre lo que dice y lo que el lector/espectador entiende que en realidad sucede. En esa ingenuidad reside su eficacia. La operación lo inscribe en una tradición que va de Eduardo Pavlovsky a Romina Paula: tomar la voz del otro y exponerla en su intimidad, sin psicologismo. La obra que completa el volúmen se llama Actriz , y permanece sin estrenar. Es un texto donde se extrema la indeterminación: relato, recuerdo y actuación se confunden en una puesta en abismo permanente, reforzada por el uso de un castellano de España que desrealiza la situación. Beckett aparece como una resonancia lejana junto con Calderón. En la presentación del libro, en el renovado Teatro Moscú , Penelas conversó con su colega catalán Víctor Borrás Gasch en torno a la teatralidad de un texto. Gasch afirmó poder reconocerla con claridad, incluso cuando las convenciones se disuelven. Me fui con la pregunta: ¿qué será aquello esquivo que define al teatro? ¿Será la operación, siempre inestable, que insiste en llevarlo a escena? // RR.PP.

  • El museo Magritte

    por Felipe Devincenzi   Se encuentra en la colina más altiva de Bruselas, una plaza de adoquines y fachadas neoclásicas, custodiada por el bronce ecuestre del cruzado Godofredo. Para una inmobiliaria, la ubicación sería inmejorable: a pocos metros del Mont des Arts , mirador que funde los crepúsculos con el relieve del casco histórico, y rodeada por bares, chocolaterías y salas de concierto. La pregunta, entonces, cae de madura: ¿merece el surrealista coronar este podio?   Consagrar un edificio a un pintor no es habitual, pero está el caso de Van Gogh, en la vecina Ámsterdam, o la colección que Dalí obsequió a Figueras. Magritte era infinitamente menos talentoso, y en sus obras se intuye el plagio al catalán o, más obvio, a Giorgio de Chirico. Las más célebres parecen portadas de un policial de Simenon: perfiles con bombín, miradas frívolas y cielos reiterativos, similares a los diseñados por Pixar  en Toy Story .   Un silogismo vincularía estos cuadros con la cursiva de escuela primaria que los firma. Curiosamente, los más logrados escapan al cliché que promueve el gift shop  de la planta baja. Le roman populaire  es la mejor versión de su impresionismo, retrato de calidez onírica y una gradación excepcional. Equivalente a Gala, destaca la serie de su esposa y modelo Georgette Berger, mitad escultura y mitad cielo, extrañamente titulada La Magie Noire . O mejor: las calles halógenas de L’Empire des lumières , de una calma inquietante.   Otra revelación es el René que trabajó como afichista, a principios de los años 20, aprendizaje del saintgilloise-flamenco Gisbert Combaz. El Art Nouveau  es el orgullo omnipresente de Bruselas: sus líneas sobresalen en casas y escaparates, y si bien renegó de su oficio publicitario, este Magritte mundano nos conmueve al anunciar fósforos, aperitivos, incluso manifestaciones obreras.   Los tres pisos de su museo se organizan cronológicamente. Basta pedir permiso para subir por escalera y evitar la fila que los turistas hacen frente al montacargas. De ese rebaño surgen quienes se limitan a sacar fotos de celular: no encaran el lienzo ni por un segundo. Tratándose de Magritte, ¿será para subir el contraste con Lightroom ?

  • La gran llanura /7

    por Rodolfo Cifarelli –No gasten balas –dijo una voz inubicable en ese espacio. Entonces se hizo la oscuridad y ya no hubo disparos. A pesar de la oscuridad, que era la misma dentro y fuera de la construcción, las pupilas les brillaban, y podían verse y guiarse y tocarse por esa única contraseña. (No pidan al narrador explicaciones racionales. Esta es una historia que no admite esa clase de trucos.) –Saulo, Saulo –dijo irónicamente esa voz indescriptible-, ¿por qué me persigues? Los que habían permanecido adentro de la construcción se miraban unos a otros sin animarse a abrir sus bocas. Oían llantos distantes como aleteos hundidos en lo más profundo de la llanura, semejantes a percusiones de garras que intentaban aflorar a la superficie. –¿Y qué hizo Saulo? –dijo la voz, siempre irónica–. Lloró. Y no sólo lloró –la voz retomó el tono de una serenidad amenazante–: Su fragilidad traicionó el destino de todos, el destino de la vida, ¡de la vida, nada menos!, ¡hasta el destino de la última célula insignificante del cosmos! ¡No dejaron nada por corromper!Hubo un largo silencio. Luego la voz, con el tono de un payaso que sobreactuaba un lamento, murmuró: –Y aquí estamos. Ustedes quieren algo. Y quizás, quizás… Yo –la voz cambió al decir YO, sonando como una autoridad implacable–, yo podría ayudarlos. Humildemente, por supuesto –rebajó el tono–, apenas soy un desheredado servidor de almas perdidas. A (otro A, no el anterior) dijo: –Nosotros no somos almas perdidas. B (otro B) agregó: –No necesitamos ayuda de nadie. Entramos acá por error. –¿Error? –dijo la voz enfurecida–. ¿Adónde quieren ir? ¡Qué inutilidad admirable la del viaje a través de una llanura donde los silos crecen y crecen y los que los llenan mueren y mueren! A Saulo lo engañaron, pero ustedes son peores: ¡se autoengañaron! Ustedes no van a ninguna parte, no obedecen a ningún jefe, son puras desviaciones del semen descartado de la nada. ¡Ustedes no son más que las sobras de l'appareil sanglant de destruction! ¡Ni tienen una sola máscara que imite una identidad! Un relámpago estalló a metros de la entrada a la construcción y empezó a llover afuera y adentro.

  • La muerte del pensamiento

    por Néstor Leuchenco Carlos Abraham es poeta, narrador y estudioso de la literatura de ciencia ficción en castellano. Su próximo libro es La Editorial Columba: épica en los kioscos .  ¿Los alumnos usan la IA como recurso para saber más o para aprender menos? Invariablemente para lo segundo. No buscan aprender, sino aprobar. Y con el menor esfuerzo posible. Usan la IA para los trabajos prácticos que deben hacer en el hogar, y no leen los textos. Por lo tanto, las respuestas son absurdas. La IA no piensa: junta sin criterio algunos datos de la red. Si un trabajo práctico es sobre “Los motivos del lobo” de Rubén Darío, en las respuestas hablan de Caperucita Roja, ya que el bot lee “lobo” y lo asocia con ese cuento. La IA no es una herramienta: es la muerte del pensamiento. Los alumnos se limitan a copiar mecánicamente lo que les dice, sin sentido crítico y sin comprender que sus respuestas suelen carecer de sentido.  Hoy el público prefiere no leer. Y si lo hace, elige lo breve. Con el auge del audiolibro, ¿nos encaminamos a la distopía de escribir guiones radiofónicos como recurso de supervivencia? No. Cuando surgió el cine, se pensó que el teatro desaparecería, y sigue con buena salud. Cuando surgió la televisión, se pensó que el cine desaparecería… El texto escrito y el audiotexto pueden coexistir. No es malo escribir guiones radiofónicos: mientras se tenga talento, el sustrato es indiferente. Hay grandes narradores en el ámbito de la historieta, del radioteatro, etc. No debemos olvidar que la literatura, en sus inicios, fue oral.  En los 80s, el dueño de Rolex dijo que no fabricaba relojes de cuarzo, sino joyas. Y le fue bien. ¿Los dueños de las editoriales abandonarán el libro en papel como recurso principal? Siempre habrá libros físicos debido al fenómeno de la bibliofilia, al peculiar placer de tener en las manos un libro de papel. Considero que en las próximas décadas veremos un giro gradual hacia las ediciones de lujo, de escasa tirada, orientadas a ese público específico. Será un nicho dentro del mercado general del libro físico, pero con una mayor importancia que la que tiene actualmente.// RR.PP.

  • La gran llanura /6

    por Rodolfo Cifarelli Desde lejos parecía una iglesia abandonada. Desde cerca era una construcción cuadrada de ladrillos descoloridos con una extraña cúpula de metal dorado (oro o bronce) que destellaba como una fogata bajo la media luna primaveral. –Nunca vi un templo parecido en estos campos –dijo uno. –Siempre hay una primera vez –dijo otra. –Esa cúpula no tiene cruz –dijo otro. –Brilla demasiado –dijo el que habló primero. Dos fueron los designados para entrar. A y B. (en esta historia lo que menos importa son los nombres de los personajes). A y B llevaban escopetas de doble caño porque temían encontrarse un puma en la oscuridad. A y B traspasaron la arcada sin puertas, y no bien lo hicieron una sola y simple vela se encendió en una mesa plana, sobre un altar elevado a medio metro del suelo de tierra seca y helada, y todo, menos el interior de la cúpula, se iluminó como en un patio al sol. Entonces vieron que la mesa plana se sostenía sola sobre el aire, y que de las paredes se desprendía una opalescencia enceguecedora que avanzaba y reculaba, como la inminencia de algo. –Dónde estamos –dijo A. –Mejor ni saberlo –dijo B. –Por qué –dijo A. –Sólo sé lo que te digo –dijo B. Y terminó de decirlo cuando desde el interior de la cúpula bajó una columna de oscuridad que se interpuso entre ellos y la mesa plana. B. pegó media vuelta para irse cuando A. gritó. Estáticos contemplaron que la columna de oscuridad volvía rápidamente al interior de la cúpula, como absorbida por una boca oculta, y sobre la mesa plana flotante la vela había sido reemplazada por un enorme y apenas ondulante y equilátero triángulo negro en cuyo centro titilaba un ojo abierto de pupila e iris rojos. B le disparó primero. A lo imitó. El triángulo con el ojo permanecía inalterable. Una decena de hombres entró enseguida. Sin entender lo que pasaba, con escopetas y pistolas, igualmente, dispararon al triángulo. Una risa muy mansa les roció las caras con un aliento repugnante. Algunos cayeron al piso y vomitaron, otros retrocedieron sin dejar de disparar. –No gasten balas –dijo una voz inubicable en ese espacio. (Continuará.)

  • Misteriosa Nueva York

    por Felipe Devincenzi La fotografía documental surgió con los atardeceres parisinos de Atget, pero si pensamos en Nueva York, las cámaras se adaptaron a un paisaje metabolizado por la siderurgia y la inmigración. Naturalmente, los yanquis hicieron foco en el bullicio: velocidad, transeúntes, variables percibidas con virtuosismo por Alfred Stieglitz y cuyo reverso, más bien taciturno, fue obsesión de Ascher Fellig.   Fellig nació en Austria en 1899 y llegó a Estados Unidos a los diez años. Pasarían otros cincuenta antes de que publicara Weege by Weege , ya consagrado, memorias que describen una infancia miserable y una formación autodidacta. Ahí cuenta que sus primeros trabajos variaron de hacer cianotipos en Central Park a capturar edificios destruidos para aseguradoras, rutina sensible a las horas extras, a los pernoctes en Penn Station y otros tugurios que le permitía el bolsillo cada tanto.   “La primera mujer en decirme querido ”, dice al respecto, “fue una puta”. La cita no es arbitraria: durante décadas inmortalizaría los márgenes de la gran manzana, durmiendo de día y noctambulando entre alcantarillas humeantes y clubes repletos de mafiosos y laderos. Su obra proliferó tras renunciar al cuarto oscuro de la agencia ACME, cuando al fin pudo comprar una ICA Trix alemana y luego la célebre Speed Graphic , muy común entre los reporteros de entonces.   Con esa Graflex , Fellig devino en el Weegee interpretado por Joe Pesci en The Public Eye (1992): un tipo de corta estatura y gabardina que patea la madrugada en modo Marlowe, que sintoniza la radio policial e improvisa su laboratorio en el baúl del auto. Para colmo, tenía una intuición cuasi mentalista, por lo que llegaba a la escena del crimen antes que el oficial de turno, logrando primeras planas con pasmosa regularidad.   Pero si el amarillismo pagaba el alquiler, su ambición fue captar la intimidad más visceral de la ciudad que tanto amaba. El proyecto se consumó recién con Naked City  (1945), libro pionero en su especie, usualmente agotado y reeditado en 2020 por Damiano . No sorprende que esas imágenes fueran expuestas en el International Photography Center  hace unos meses: las noches de Weegee condensaron el halo críptico de Atget, y anticiparon la Buenos Aires que desnudaría Horacio Coppola.

  • Música y destrucción

    por Sebastián Napolitano 1 . La música se termina cuando empieza la terapéutica, cuando aparece cualquier intento de cura. 2 . Cada cierto tiempo, escuchamos a alguien hacer una apología de la lectura. "Hay que promover la lectura en los jóvenes, la literatura nos hace mejores." Esto es falso. Como decía Lichtenberg, los buenos libros son como un espejo; hacen más inteligentes a los inteligentes y más tontos a los tontos. Con la música pasa lo mismo. 3 . Es cierto que la música puede afectar nuestras conexiones neuronales, aliviar el sufrimiento de un paciente. Hay sólidos estudios científicos al respecto. El problema es confundir un efecto con la esencia. 4 . La lectura, la escucha, se transforman así en un ejercicio cognitivo, en una medicina. La reducción pasa por alto que no siempre necesitamos aquello que nos hace bien. Al reducir el objeto a un medio, al mezclar los efectos con los fines, la experiencia se vuelve incompleta, tristemente funcional. 5 . Esta confusión suele producir dos cosmovisiones opuestas. De un lado, los que entienden la obra como un síntoma, una consecuencia inevitable de la época. Del otro, como una abstracción, un juego combinatorio. Ninguno de estos puntos de vista –que por alguna razón que desconozco, tienden a ser excluyentes– sirve para acceder al fenómeno musical en toda su dimensión. 6 . La música puede destruirte. Si no me creen, escuchen a Beethoven.// RR.PP.

  • La gran llanura /5

    por Rodolfo Cifarelli Por las noches, alrededor de los fogones, era común que alguien contara una historia. Una noche uno, de barba entrecana, hasta entonces enigmáticamente parco, dijo: –Una madrugada neblinosa despertamos con un repiqueteo de metralla. Enseguida empezaron a caer las bombas. Cuando el ataque terminó el capitán ordenó una recorrida por los lugares bombardeados. Adentro y fuera de los pozos de zorro encontramos los cuerpos despedazados por las ondas expansivas. Volvimos a los pozos y nos dispararon desde el otro lado de la niebla. Un helicóptero nuestro pasó con una bandera blanca y ya no hubo disparos. Los superiores nos ordenaron entregar el armamento. Enterré la bayoneta y los cargadores, pero no me dio el tiempo, la puta madre, para enterrar el FAL. Caminamos con las manos en la nuca. Antes de embarcarnos en el buque nos sacaron las medallitas, los encendedores y los cordones de los borceguíes. Llegamos de noche y nos transportaron a un campo cerrado en las afueras de la ciudad apenas iluminada. Fuimos interrogados por separado. Nos interrogaron para saber si nos habían interrogado en el buque. Después del interrogatorio me dijeron que no contara a nadie todo lo que había visto en las islas. Ni a mí mismo. Les dije que eso era imposible. Pero no me respondieron y me ordenaron que me fuera. Fui por una banquina hasta que encontré una estación. Subí a un vagón vacío, me senté junto a la ventanilla. Cuando me despertó una palmada en el hombro vi por la ventanilla el andén colmado de gente gritando viva a la patria y cosas así. Había tenido una pesadilla. El vagón también estaba colmado. Cuando conseguí bajar al andén un cabo se me vino encima y dijo: Vaya con los que están esperando frente a los camiones. En diez minutos salimos hacia los aviones que van a las islas.// RR.PP.

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