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- La gran llanura /10
por Rodolfo Cifarelli La mano blanca soltó una rosa roja que ascendió muy lenta hacia el interior de la cúpula. Instantes después aparecieron los panes tibios en las manos de los rehenes. El ex seminarista arrojó el suyo violentamente contra el supuesto altar. La voz no respondió. Los primeros que los mordieron, lo hicieron con precaución. Dos o tres se animaron a decir que eran muy sabrosos. Todos, excepto el ex seminarista, nada arrepentido, comieron. –Qué habló con Él –pregunto el ex seminarista. –Es confidencial –dijo la voz–. Al menos por ahora y, creo, por mucho tiempo. La última vez que lo vi Él no me vio. Lo contemplé subido al otro lado de un muro del jardín donde Él meditaba sobre su propia crucifixión. No era un momento para molestarlo y me fui convencido de que no había marcha atrás. La mano blanca se movió, esta vez casi con desgano. El espacio se fue iluminando con una luz turbia y granulada. Sobre una de las paredes había una decena de vasijas con agua fría y limpia. –Otro truco de circo –dijo el ex seminarista. Todos se lanzaron a beber. El ex seminarista se arrodilló vencido a un costado. –Pero todavía falta el mejor –dijo la voz. En otra pared vieron doce grandes cajas de madera sin tapas. El veterano de las Islas se acercó a una. No pudo contenerse y gritó. Luego, de una de las cajas sacó un AK-47. Nuevo, brillaba, parecía tener vida propia. Lo sopesó atentamente con manos temblorosas. –Es real –confirmó. La luz era ahora más clara. Todos, hasta el ex seminarista, se acercaron a las cajas. Ametralladoras cortas y largas, visores nocturnos, AK-47, granadas, cartuchos de dinamita, paquetes de municiones, chalecos antibalas, cascos… –Todo es real –dijo la voz. El primero al que escucharon hablando solo en la llanura (« Primero mataron a los indios, después a los gauchos y ahora… ») le preguntó a la voz: –¿Cuál es el pacto? –Ninguno –dijo la voz. –¡Mentira! –gritó el ex seminarista. –¡Ninguno! –gritó la voz, y hasta las municiones dentro de los paquetes vibraron. –Es difícil que nada quiera usted a cambio –dijo el veterano de las Islas. La voz emitió un suspiro de fastidio. // RR.PP.
- Las narrativas científicas
por Damián García Son acotadas las frecuencias en las que podemos detectar los fenómenos físicos de la naturaleza. Extendemos esas rendijas hasta unirlas, pero desprendidos de nuestros sentidos solo nos queda la matemática con su ciencia de datos, deconvoluciones y gráficos. La intrusión probabilística en el conocimiento intercambia rigurosidad por precisión. Si cada punto en el dibujo de la comprensión humana termina siendo una línea, ¿cómo se evita la miopía afectada con la que vemos el universo? ¿Cómo pueden más experimentos y nuevos datos quitar la vibración defectuosa de ese pantallazo? Dos mil años de filosofía natural han resultado en un camino sinuoso sobre el que con mayor o menor éxito construimos ideas. De las partículas subatómicas hasta las galaxias, juntamos evidencia y armamos una narrativa lineal. Los relatos funcionan como lentes que corrigen las aberraciones estadísticas. Un dato se convalida solo en relación con los otros datos. Pero si la información viniese enganchada sobre sí misma por alguna especie de fuerza velada que opera en nuestros cerebros, entonces, ¿qué es lo que da sustento al tejido? ¿Sobre qué cimientos se anuda? Aunque Giordano Bruno fue de los primeros en adoptar el modelo heliocéntrico, su espíritu de confrontación y sus especulaciones filosóficas contrastan con el temperamento sereno y reflexivo de Copérnico. Donde el astrónomo veía un artificio geométrico de enorme complejidad y potencia, Bruno encontraba un artefacto narrativo. El universo infinito y la vulgaridad del Sol pudieron ser vistos como atrevimientos ontológicos, pequeñas licencias que poco tenían que ver con la belleza que entendía Copérnico en su obra. ¿Qué opinión podía merecerle a un geómetra conservador la especulación filosófica? Las disyuntivas narrativas podían solucionarse en la hoguera. Pero las matemáticas no siempre fueron consideradas aspectos condensados de la realidad. No era la pureza del cálculo la que otorgaba protección, sino la intrascendencia de los postulados. Invertido el orden jerárquico, ¿quién puede encender el fuego que aleje las sombras estadísticas? //RR.PP.
- Amistad intermitente /1
por Felipe Devincenzi Tengo una amiga que veo en sitios aleatorios cada muchos años. Las balaustradas del Palais-Royal, el casino de Mar del Plata, el malecón de La Habana. La llamo Lisa porque toca el saxo y lee al ritmo de un escáner fotográfico. Igual que el personaje, tiene una opinión forjada para todo, por no mencionar su sentido del humor, que suele alardear como un relámpago. Lisa creció en Ayacucho, aprendió a carnear novillo en los festivos y a preparar mate cocido con brasero. Ahora toca música contemporánea, obras caprichosas e ilegibles, tesis que descifra en un pueblo corte Truman’s Show al pie de los Alpes suizos. Su balcón da a un lago que el mediodía desarma en un millón de esquirlas: manchas inquietas que estriñen la visión y la obligan a tocar con ojos cerrados. En La Habana me salvó un cumpleaños; hacía semanas que viajaba solo, sin internet, y todo en la isla se me hacía ajeno y ligeramente desalmado. Esa tarde encapotó, el viento trajo olor a tierra y los cubanos empezaron a guarecerse bajo las marquesinas de sus almacenes vacíos. Antes que arreciara, envolvimos los documentos en bolsas de nylon y luego pedaleamos como lunáticos. El agua era densa, cubriendo los primeros rayos del rodado, y nuestro paso abría una leve flecha en medio de la Quinta Avenida. De vuelta en el departamento, tomamos Cristal de lata y dormimos a velador prendido. Las ventanas estaban abiertas y el chubasco amortiguó mi sueño afectado. Al despertar, Lisa y el cielo resplandecían. Enseguida pasó un mate, contándome que Silvio Rodríguez le había contestado un mail, una declaración de amor a sus canciones peregrinas. Disfruta mi país y ve a la playa , le sugería el trovador, sin pretensiones, al final de la misiva. Imaginaba ese tipeo, la guitarra, su mansión ruinosa del barrio Miramar, cuando pasó un carretero ofreciendo mango a gritos. Lisa chifló desde el balcón, desapareció unos minutos y volvió con un plato de gajos amarillos. Comimos en silencio, el dulce tropical diluyendo el detrito de yerba tibia. Después me cambié, bajé a la calle y negocié un taxi destartalado. En el avión intuí un posible reencuentro: aleatorio, extranjero, con suerte de cara al mar. Foto: Malecón / Felipe Devincenzi
- La gran llanura /9
por Rodolfo Cifarelli La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro. Otra vez se agitó la mano blanca, otra vez se soltó la pequeña llama y luego flotó el polvo fosforescente. Las sombras ahora eran frescas, secas, acogedoras. –No, no, me corrijo: creo en la posibilidad de la razón y de la libertad humanas. Y justamente esa es mi rebeldía, ergo mi condena. Afuera, la tormenta recrudecía y zumbaba como una gran explosión que ocurría a cientos de kilómetros. Las pupilas de los rehenes se encendieron nuevamente. Reinaba una misteriosa tranquilidad. –No se confundan –dijo la voz, que sonó como un complemento de esa misteriosa tranquilidad–: Yo no los busque a ustedes. Reconozco que suelo estar cómodo de incógnito, en un refugio solitario como esta morada, y ustedes vinieron sin ser llamados y ahora sufrimos este grotesco ataque que pretende interrumpir nuestra amable reunión. C, un ex seminarista, dijo: –Yo sé bien quién es usted. –No se equivoca –dijo la voz–. Al menos, en parte, no se equivoca. –En qué no me equivoco –dijo C. –En muchas cosas. –Cuáles. La voz suspiró, como si hubiera esperado ese momento. –¡En que tampoco lo busqué a él! Al Hijo, claro está, me refiero. La tentación del desierto fue una dolorosa autosugestión, perfectamente entendible. Los grandes hombres saben que el mal nace adentro de nosotros, en los sótanos más inaccesibles del alma. Son las derrotas ante las tentaciones las que nos mezclan a las serpientes del afuera. Él se probó a sí mismo. Y ganó. Pero no a mí. Desde ya, me he acercado a Él en otras ocasiones. Nunca en el desierto. –¿Cuándo estuvo con Él? –preguntó el ex seminarista. –En el patio de un alfarero en Cafarnaúm, en un callejón de Jericó y en una hermosa playa del mar de Galilea. Largas, largas charlas. Lamentablemente no nos pusimos de acuerdo. –Usted es un mentiroso –dijo F, que había sido carpintero de iglesias. La mano blanca soltó una rosa roja que ascendió muy lenta hacia el interior de la cúpula. // RR.PP. Foto: Córdoba, Argentina / Mitch Dobrowner - NYT
- Un sueño postergado
por Marco Castagna “¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?”. Así arranca ese disco salvaje y alucinado que es Honestidad Brutal de Calamaro. Las canciones parecen cocidas por un artesano virtuoso. Y para entenderlas es necesario haber vivido. O más bien, haber sufrido. Sobre todo a solas, o tan mal acompañado que es preferible una orfandad absoluta. Recuerdo haber escuchado el álbum muy seguido cuando vivía en un departamento prestado en Salguero y Arenales. Las tardes de invierno me ponía los auriculares y, con un poema de Bukowski escondido en mi abrigo ( The Luck of the Word ), salía a dar una vuelta por ninguna parte. Me conmovían esas canciones marginales. Todavía lo hacen. Auténticos himnos de nostalgia y gloria perdida; arrebatos de confusa libertad y plegarias a amigos ausentes. En esa época yo también intentaba nadar contra la corriente. Mi único amigo -o casi- era el portero de mi edificio. El teléfono estaba roto y lo único que me quedaba era mi computadora, a la que me aferraba con mi aliento más primitivo. Leía bastante El salmón de Fabián Casas. Leía más a Fante. Y todavía más a Bolaño. Despertaba olvidando el futuro y recordando un poco de la infancia. Algo medio deshilachado, ominoso como un sueño invernal. No podía pensar en el amor: apenas me esforzaba en inventarlo. Estaba escribiendo un cuento sobre los días de Calamaro en el Hotel Plaza Francia, mientras componía esas canciones de Honestidad . Hace unos días retomé el relato. Lo hice intentando evocar aquel clima, reconstruyendo -otra forma de invención- cada detalle. Algún día espero terminarlo con la bendición de Andrés y de todos los ausentes que perseveran. A fin de cuentas, son ellos quienes me recuerdan que toda historia de amor es una historia de fantasmas. // RR.PP.
- Omne forti patria est
por Felipe Devincenzi Ya hace años me corto el pelo en la misma esquina, siempre con gente distinta. El local lo maneja un sirio raquítico y sirve de aguantadero a varios golfos que merodean la vereda con gesto transa, discutiendo en árabe y fumando tabaco armado. El primero en atenderme era marroquí y manejaba un castellano perfecto. Lo reemplazó un palestino, le faltaban tres dedos y el lento roce de sus falanges me erizaba el pensamiento. Hace unas semanas di con alguien de Argelia: memoramos los goles de Rabah Madjer, el mar, Bitat en la Independencia. La calle de la barbería nace junto a un busto inmenso de Fernando Pessoa. Cuando no son musulmanes, los cafés del barrio son exclusivamente portugueses. Mi predilecto es García , donde sirven delicatessen de Lisboa, aunque de alejarme unas cuadras, los pasteis devendrían baklavas, gulabs o waffles. El contrapunto es extremo: según el Brussels Times , 9 de cada 10 residentes son inmigrantes de segunda generación, mientras que la mitad somos directamente extranjeros. Inmigrante es una palabra de obvias connotaciones políticas; contrasta con expatriado , neologismo light de moda entre progresistas. De hecho, la europeización desató una oleada de white-collars bohemios u opulentos, desperdigados entre las comunas del sur y norte de la ciudad. Estos expatriados , por supuesto, no son turcos ni congoleses ni cortan el pelo mientras dialectan el árabe: eligen Bruselas, se apiñan en sus cocktelerías, la habitan durante un contrato o como sede eventual de sus vidas personales. La inscripción de esa escultura de Pessoa reza: A minha Pátria é a língua portuguesa . En Argentina suele clamarse: La patria no se vende . Benetton ha demostrado que la patria se puede vender pero no olvidar; es una red sináptica que estructura nuestra identidad como un tren subterráneo. Bruselas está en la superficie. Bart de Wever, primer ministro, es el único estadista que reniega de la existencia del país que preside. Lidera una coalición de mercenarios, pero su ilusión definitiva la profesó por TV: “Preferiría morir como un holandés del sur, en vez de hacerlo como un belga”. Junto a sus votantes, es el expatriado ejemplar.
- La gran llanura /8
por Rodolfo Cifarelli Un relámpago estalló a metros de la entrada a la construcción y empezó a llover torrencialmente afuera y, también, adentro. –Como en las malas tragedias, se apresuran las represalias –dijo la voz más divertida que burlona–. ¡Qué aburrimiento me provocan estas simplezas del gran maestro del dócil Saulo! Una mano blanca se abrió y se agitó en la oscuridad, en el sitio del altar, una pequeña llama naranja se alzó de su palma y se disolvió en un polvo violeta fosforescente que poco tardó en disolverse en el aire. La lluvia cesó de inmediato adentro de la construcción. –Estamos a salvo –dijo la voz, con el mismo tono. Mientras tanto afuera los caballos que habían recogido hasta ese punto del viaje, huían de miedo por los rayos, y los que no habían entrado a la construcción los corrían desesperados. Las pupilas se apagaron, y como si la oscuridad, ahora total, les anunciara una muerte inminente, los rehenes de la construcción buscaron la salida, pero se chocaron con un portón de hierro cerrado, aparecido por arte de alguna magia. El portón cerrado y la ausencia de ventanas daban como resultado un hermetismo impenetrable que el tono de la voz de algún modo, ciertamente misterioso, de a poco, conseguiría aplacar. –Qué estupidez usar como armas estas imprudentes variaciones climáticas. ¿O crueldad? ¿Qué incompresible este universo, qué duro es hacerles comprender a los seres humanos los límites a los que nos somete tamaña incomprensión de quien lo conduce? ¿Y qué decir de terremotos, maremotos, erupciones y sus millones de inocentes muertos a través de las eras? ¿O nos pondremos pomposos y vociferaremos como feriantes: ¡nadie es inocente! ¿Escucharon bien? Esa es la deplorable filosofía que avala el plan siniestro en que ustedes y YO estamos implicados por igual. Pero mi pecado, otra palabrita a revisar, es que YO sí creo en la inocencia y, especialmente, en dos moléculas poderosas y cristalinas que casi ya no riegan los suelos del mundo: creo en la razón y en la libertad humanas. La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro./// RR.PP.
- Desde el espacio exterior
por Juan Terranova 1 . Hace unos años, Carlos Godoy me dijo que ya no iba a escribir más poesía. Ese anuncio privado, de ciclo que se cierra, para existir tenía que ser elástico. Había un dejo de duda. Era más bien un deseo. Sin embargo, a fines del año pasado, Caleta Olivia publicó “Extraterrestre”, un nuevo libro de poemas de Godoy. En algún punto, lo externo nos muestra un estado de ánimo ahí. Lo que pasa es el tiempo, nuestra cronología se expande, crecemos, maduramos, miramos hacia el cielo, que siempre trae sorpresas, fantasías, es lo insondable, las estrellas, de las que pueden llegarnos, cuando menos lo esperamos, un mensaje nuevo. 2 . Los poemas de “Extraterrestre” son escenas de una autobiografía, situaciones que se van moldeando y mezclando con la experiencia de la voz del poeta en el presente. Aparecen los hijos, los amigos, la madurez, cierta resignación diáfana, o sea, vital, cierta serenidad. El poeta se despoja de las ansiedades de la juventud, se vuelve asertivo, virtuoso. El libro es un catálogo de los diferentes matices de ese estado. 3 . Los poemas de “Extraterrestre” retratan escenas del creador distante o sentimental, sí, pero entre esas situaciones se van hilando los aforismos. Las posibles citas, los señalamientos, las enseñanzas dichas con precisión, llegan en un idioma austero que construye una especie de Tao argentino. Un poema, “El pin parental”, empieza así: “Leer no es un hecho neutral/ escribir no es gratis.” Otro verso: “La historia te pide que asumas tu destino/ Y tratando de evitarlo/ es como definitivamente se cumple.” Otro: “Los que escribimos sabemos que la historia/ solo reconoce a los muertos.” 4 . Lo extraterrestre viene de afuera, del espacio exterior. Pero también es el futuro que se acerca, que nos llama y nos succiona, nos abduce. 5 . Al parecer una vez Bowie dijo: “Envejecer es un proceso extraordinario mediante el cual uno se convierte en la persona que siempre debió haber sido.” // RR.PP.
- El teatro y sus formas
por Celia Dosio Publicar dramaturgia hoy es insistir sobre una pregunta incómoda. La nueva colección de Qeja, inaugurada con dos textos de Lisandro Penelas, lo dice desde el título: Nuevas dramaturgias contemporáneas . La redundancia no explica; señala un problema. Se suele repetir hasta el cansancio que leer teatro es difícil. Exige que el lector tenga algo de director, capaz de asignar cuerpo y espacio a las palabras escritas. El texto teatral funciona como el vestigio de un acontecimiento que ocurre en otro lado, apoyado en convenciones precisas: didascalias, nombres que preceden la voz, indicios mínimos de acción. Los textos de Penelas prescinden de esas marcas. Se trata de monólogos divididos en capítulos, sin nombres ni acotaciones escénicas. Si no mediara el paratexto que los inscribe como teatro, podrían leerse sin dificultad como relatos. Los límites del género se desdibujan así, deliberadamente. El tipo , el primero de los textos, fue llevado a escena por el propio autor. El procedimiento narrativo es virtuoso. La voz del “tipo” que habla —ingenua, precisa— deja entrever la percepción de los otros y construye una distancia constante entre lo que dice y lo que el lector/espectador entiende que en realidad sucede. En esa ingenuidad reside su eficacia. La operación lo inscribe en una tradición que va de Eduardo Pavlovsky a Romina Paula: tomar la voz del otro y exponerla en su intimidad, sin psicologismo. La obra que completa el volúmen se llama Actriz , y permanece sin estrenar. Es un texto donde se extrema la indeterminación: relato, recuerdo y actuación se confunden en una puesta en abismo permanente, reforzada por el uso de un castellano de España que desrealiza la situación. Beckett aparece como una resonancia lejana junto con Calderón. En la presentación del libro, en el renovado Teatro Moscú , Penelas conversó con su colega catalán Víctor Borrás Gasch en torno a la teatralidad de un texto. Gasch afirmó poder reconocerla con claridad, incluso cuando las convenciones se disuelven. Me fui con la pregunta: ¿qué será aquello esquivo que define al teatro? ¿Será la operación, siempre inestable, que insiste en llevarlo a escena? // RR.PP.
- El museo Magritte
por Felipe Devincenzi Se encuentra en la colina más altiva de Bruselas, una plaza de adoquines y fachadas neoclásicas, custodiada por el bronce ecuestre del cruzado Godofredo. Para una inmobiliaria, la ubicación sería inmejorable: a pocos metros del Mont des Arts , mirador que funde los crepúsculos con el relieve del casco histórico, y rodeada por bares, chocolaterías y salas de concierto. La pregunta, entonces, cae de madura: ¿merece el surrealista coronar este podio? Consagrar un edificio a un pintor no es habitual, pero está el caso de Van Gogh, en la vecina Ámsterdam, o la colección que Dalí obsequió a Figueras. Magritte era infinitamente menos talentoso, y en sus obras se intuye el plagio al catalán o, más obvio, a Giorgio de Chirico. Las más célebres parecen portadas de un policial de Simenon: perfiles con bombín, miradas frívolas y cielos reiterativos, similares a los diseñados por Pixar en Toy Story . Un silogismo vincularía estos cuadros con la cursiva de escuela primaria que los firma. Curiosamente, los más logrados escapan al cliché que promueve el gift shop de la planta baja. Le roman populaire es la mejor versión de su impresionismo, retrato de calidez onírica y una gradación excepcional. Equivalente a Gala, destaca la serie de su esposa y modelo Georgette Berger, mitad escultura y mitad cielo, extrañamente titulada La Magie Noire . O mejor: las calles halógenas de L’Empire des lumières , de una calma inquietante. Otra revelación es el René que trabajó como afichista, a principios de los años 20, aprendizaje del saintgilloise-flamenco Gisbert Combaz. El Art Nouveau es el orgullo omnipresente de Bruselas: sus líneas sobresalen en casas y escaparates, y si bien renegó de su oficio publicitario, este Magritte mundano nos conmueve al anunciar fósforos, aperitivos, incluso manifestaciones obreras. Los tres pisos de su museo se organizan cronológicamente. Basta pedir permiso para subir por escalera y evitar la fila que los turistas hacen frente al montacargas. De ese rebaño surgen quienes se limitan a sacar fotos de celular: no encaran el lienzo ni por un segundo. Tratándose de Magritte, ¿será para subir el contraste con Lightroom ?
- La gran llanura /7
por Rodolfo Cifarelli –No gasten balas –dijo una voz inubicable en ese espacio. Entonces se hizo la oscuridad y ya no hubo disparos. A pesar de la oscuridad, que era la misma dentro y fuera de la construcción, las pupilas les brillaban, y podían verse y guiarse y tocarse por esa única contraseña. (No pidan al narrador explicaciones racionales. Esta es una historia que no admite esa clase de trucos.) –Saulo, Saulo –dijo irónicamente esa voz indescriptible-, ¿por qué me persigues? Los que habían permanecido adentro de la construcción se miraban unos a otros sin animarse a abrir sus bocas. Oían llantos distantes como aleteos hundidos en lo más profundo de la llanura, semejantes a percusiones de garras que intentaban aflorar a la superficie. –¿Y qué hizo Saulo? –dijo la voz, siempre irónica–. Lloró. Y no sólo lloró –la voz retomó el tono de una serenidad amenazante–: Su fragilidad traicionó el destino de todos, el destino de la vida, ¡de la vida, nada menos!, ¡hasta el destino de la última célula insignificante del cosmos! ¡No dejaron nada por corromper!Hubo un largo silencio. Luego la voz, con el tono de un payaso que sobreactuaba un lamento, murmuró: –Y aquí estamos. Ustedes quieren algo. Y quizás, quizás… Yo –la voz cambió al decir YO, sonando como una autoridad implacable–, yo podría ayudarlos. Humildemente, por supuesto –rebajó el tono–, apenas soy un desheredado servidor de almas perdidas. A (otro A, no el anterior) dijo: –Nosotros no somos almas perdidas. B (otro B) agregó: –No necesitamos ayuda de nadie. Entramos acá por error. –¿Error? –dijo la voz enfurecida–. ¿Adónde quieren ir? ¡Qué inutilidad admirable la del viaje a través de una llanura donde los silos crecen y crecen y los que los llenan mueren y mueren! A Saulo lo engañaron, pero ustedes son peores: ¡se autoengañaron! Ustedes no van a ninguna parte, no obedecen a ningún jefe, son puras desviaciones del semen descartado de la nada. ¡Ustedes no son más que las sobras de l'appareil sanglant de destruction! ¡Ni tienen una sola máscara que imite una identidad! Un relámpago estalló a metros de la entrada a la construcción y empezó a llover afuera y adentro.
- La muerte del pensamiento
por Néstor Leuchenco Carlos Abraham es poeta, narrador y estudioso de la literatura de ciencia ficción en castellano. Su próximo libro es La Editorial Columba: épica en los kioscos . ¿Los alumnos usan la IA como recurso para saber más o para aprender menos? Invariablemente para lo segundo. No buscan aprender, sino aprobar. Y con el menor esfuerzo posible. Usan la IA para los trabajos prácticos que deben hacer en el hogar, y no leen los textos. Por lo tanto, las respuestas son absurdas. La IA no piensa: junta sin criterio algunos datos de la red. Si un trabajo práctico es sobre “Los motivos del lobo” de Rubén Darío, en las respuestas hablan de Caperucita Roja, ya que el bot lee “lobo” y lo asocia con ese cuento. La IA no es una herramienta: es la muerte del pensamiento. Los alumnos se limitan a copiar mecánicamente lo que les dice, sin sentido crítico y sin comprender que sus respuestas suelen carecer de sentido. Hoy el público prefiere no leer. Y si lo hace, elige lo breve. Con el auge del audiolibro, ¿nos encaminamos a la distopía de escribir guiones radiofónicos como recurso de supervivencia? No. Cuando surgió el cine, se pensó que el teatro desaparecería, y sigue con buena salud. Cuando surgió la televisión, se pensó que el cine desaparecería… El texto escrito y el audiotexto pueden coexistir. No es malo escribir guiones radiofónicos: mientras se tenga talento, el sustrato es indiferente. Hay grandes narradores en el ámbito de la historieta, del radioteatro, etc. No debemos olvidar que la literatura, en sus inicios, fue oral. En los 80s, el dueño de Rolex dijo que no fabricaba relojes de cuarzo, sino joyas. Y le fue bien. ¿Los dueños de las editoriales abandonarán el libro en papel como recurso principal? Siempre habrá libros físicos debido al fenómeno de la bibliofilia, al peculiar placer de tener en las manos un libro de papel. Considero que en las próximas décadas veremos un giro gradual hacia las ediciones de lujo, de escasa tirada, orientadas a ese público específico. Será un nicho dentro del mercado general del libro físico, pero con una mayor importancia que la que tiene actualmente.// RR.PP.











