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NOTAS

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  • El evangelio apócrifo de Joyce Hatto

    por Sebastián Napolitano En junio de 2007, la prensa británica dio a conocer la noticia de la muerte de Joyce Hatto. Los obituarios fueron, sin discusión, muy elogiosos. Se decía que la pianista de 77 años era el tesoro mejor guardado de Inglaterra, se insistía en su buen gusto, su maravilloso fraseo, su extraordinario manejo de la línea melódica y en la belleza y la precisión de sus trinos, que se encontraban entre los mejores que se habían escuchado nunca. Apenas dos años antes, sus discos habían irrumpido en el mercado y de inmediato fueron considerados entre las revelaciones del momento. En cuanto se conocieron las primeras grabaciones, su figura alcanzó una gran popularidad en internet, sobre todo en foros de Yahoo. Sin embargo, aún después de su muerte, muchos especialistas se preguntaban cómo una pianista tan excepcional como ella había pasado inadvertida. Por alguna razón, Hatto había escapado a la tiranía del circuito profesional y al mismo tiempo había mantenido intacta su pasión por el estudio y la interpretación. Cuando le preguntaban —siempre por mail, una condición que imponía con rigor—, respondía que se había retirado por su enfermedad, un cáncer diagnosticado en los años setenta. Desde entonces no había hecho más que vivir al margen, estudiando en soledad, grabando en un estudio construido por su marido, William Barrington-Coupe, un empresario que, en otras épocas, había trabajado como empleado en una discográfica. Muy raras veces se crea un fraude de la nada. Y en este caso, como en muchos otros, los hechos verdaderos se mezclaron con la ficción. Un tiempo después se supo que, si bien era verdad que Hatto era pianista y que había grabado alguna que otra obra con orquesta, la mayoría de las grabaciones —su atribución, más bien— eran falsas. Después de una breve investigación de los especialistas, se llegó a la conclusión de que la última de sus presentaciones sobre la que se tenían noticias realmente comprobadas eran del año 1976: una versión de la Toccata de Arnold Bax y otra del Concierto para piano nro. 2 de Rachmaninov eran las únicas reales. Todas las demás, seleccionadas, modificadas y alteradas con sumo cuidado y destreza por Barrington-Coupe, eran de otros pianistas. Lo primero que llamó la atención de los especialistas, además de su calidad, fue el volumen desmesurado de las grabaciones. El catálogo incluía todos los preludios y fugas de Bach, todas las sonatas de Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert y Prokofiev, todos los conciertos para piano y orquesta de Beethoven, Chopin, Brahms y Rachmaninov, entre otros cientos de obras. La sorprendente extensión de este repertorio quedó resuelta cuando los especialistas se propusieron identificar cada una de las versiones. Algunos de los pianistas que Barrington-Coupe usó para el fraude eran İdil Biret, Ingrid Haebler, Eugen Indjic, Michele Campanella y Jenő Jandó, entre otros cientos. Todos pianistas excepcionales, de primera línea, pero lo bastante desconocidos por el gran público como para que sus interpretaciones no fueran reconocidas con facilidad. Muchos críticos quedaron mal parados cuando se compararon las críticas que habían hecho sobre aquellas grabaciones originales con las que hicieron sobre las grabaciones de Hatto. Bryce Morrison, por ejemplo, criticó así la grabación de 1992 del Concierto para piano nro. 3 de Rachmaninov tocado por Yefim Bronfman de esta manera: “Bronfman suena extrañamente impasible ante el idioma intensamente eslavo de Rachmaninov”. El mismo crítico, sin embargo, escribió sobre la versión levemente modificada de Hatto en 2007: “Entre los mejores de la historia. El tema inicial se aborda con un sentido especial de su melancolía eslava”. Morrison intentó defenderse del ridículo diciendo que las modificaciones habían cambiado la interpretación lo suficiente como para dar dos veredictos opuestos. Los nombres de las orquestas tanto como de los directores que figuraban en los discos de Hatto eran ficticios. Cuando le consultaron por una grabación puntual en la que se mencionaba una orquesta evidentemente apócrifa, Barrington-Coupe —en el momento en que aún sostenía contra toda evidencia que las grabaciones eran originales— declaró que los músicos eran “un grupo desconocido de refugiados polacos que trabajaba en negro”. Por supuesto, Barrington-Coupe era un hombre informado. Había trabajado no solo como empleado en una empresa discográfica, sino que ofrecía sus servicios a coleccionistas que lo consultaban sobre la autenticidad de alguna grabación de atribución dudosa. Al cometer el engaño, para que las interpretaciones no fueran rastreadas, modificó las velocidades y algunos detalles, como la reverb y la ecualización. Es probable que haya usado más de una versión para una misma obra. De hecho, se puede decir que trabajó como un crítico o un antologador, y que las versiones que le atribuyó a su esposa funcionan hoy en día como una playlist de alta calidad. Una vez descubierto el fraude, la historia de Hatto capturó la imaginación popular. La pianista fake que había engañado tanto a los aficionados como a los especialistas ocupó cientos de notas en la prensa, que se encargó de contar todos los detalles a medida que se iban conociendo. La BBC lanzó una serie televisiva, Loving Miss Hatto (2012), y hasta se escribieron dos novelas basadas en la historia, La Double vie d'Anna Song (2009), de Minh Tran Huy, y Two-Part Inventions (2012), de Lynne Sharon Schwartz. Pero pensemos por un momento en los primeros oyentes de Hatto, es decir, los que escucharon sus discos sin estar condicionados por lo que se supo después. Hay que recordar que Barrington-Coupe recurrió, para que las grabaciones no fueran identificadas, a distintos intérpretes para un mismo ciclo. Por ejemplo, para la integral de las sonatas de Scarlatti intercaló a Prisca Benoit, a Maria Tipo, a Chitose Okashiro, a Balázs Szokolay y a Sergei Babayan. Aquellos primeros oyentes debieron percibir en el estilo de Hatto una cualidad plural, algo monstruoso tal vez, pero también fascinante, lleno de fuerza y variedad. El estilo es aquello por lo que un pianista es reconocido de inmediato: el toque timbrado y la precisión rítmica de Gulda, el apasionamiento desbordado de Richter, el toque etéreo y refinado de Benedetti Michelangeli. Pero, el estilo es también una condena y una cárcel. Aquello por lo que se nos reconoce produce el efecto de volvernos predecibles. El estilo, sobre todo cuando se trata de uno validado por el sistema artístico, puede volverse incluso objeto de plagio y hasta de parodia. En tal caso, ambos convierten en forma retrospectiva al original en una caricatura, y aunque muchas veces los grandes pianistas salgan indemnes por la solidez de sus propios méritos, el efecto de los imitadores sobre el original puede ser letal: logra desdibujarlo, convertirlo en un chiste. “Desconfío de cualquier estilo que pueda ser imitado”, decía Stockhausen. Aun sin pensar en términos tan extremos podemos adivinar la fascinación que debió producir Hatto en sus oyentes ingenuos: el de una música interpretada con un estilo impreciso, difícil de clasificar. Pero lo más llamativo, como señaló un periodista especializado, era el buen gusto con el que eligió las grabaciones para crear una síntesis verosímil y coherente. La Joyce Hatto inventada por él es una pianista sofisticada, virtuosa y prolífica: “Una de las más grandes pianistas que ha dado Gran Bretaña”, como dijeron los críticos. Cuando el fraude ya era evidente y Barrington-Coupe, que empezó a ver que podía sacar rédito del escándalo, no pudo seguir sosteniendo la mentira, le respondió a un periodista: “Lo que hice está mal. No caben dudas. Si hablo es porque la gente dice que ella estaba al tanto de todo, que fue una conspiración. Ella no sabía nada. Lo hice solo para darle a mi esposa una razón para vivir y creo que murió sintiendo que no fue en vano. Ella fue una pianista muy talentosa y el piano era su vida”. Hasta ahora, la mayoría de los intérpretes originales de las grabaciones atribuidas en un primer momento a Hatto fueron identificados. Pero no todos. Barrington-Coupe, por su lado, no enfrentó mayores consecuencias más que, como dijo el director de un sello discográfico, “soportar la carga de que el nombre de su esposa quedara asociado al incidente”. Como Concert Artist Recordings, el sello con el que se habían editado las grabaciones de Hatto, era muy chico y su distribución era insignificante, no se hicieron denuncias judiciales. A finales de febrero de 2007, después de mucho tiempo de negarlo, Barrington-Coupe reconoció que había manipulado las grabaciones. No creía haber dañado a nadie con su maniobra y consideraba que, después del escándalo, los “artistas olvidados” que había plagiado estaban recibiendo más atención. En parte, la posibilidad del fraude se originó gracias al olvido en que habían caído los pianistas que plagió. Barrington-Coupe quiso rescatar a su esposa del olvido y terminó dándole, sin proponérselo, algo más extraño: la absolución del estilo, esa condena que ningún pianista de prestigio puede eludir. Los oyentes ingenuos amaron a una pianista que no existía y, al hacerlo, escucharon por una vez la música sin la sombra del intérprete. Después se supo todo. Pero ese asombro inicial —antes de saber que escuchaban a muchos pianistas bajo el mismo nombre— fue acaso lo más verdadero que dejó el engaño. // RR.PP.

  • La gran llanura /14

    por Rodolfo Cifarelli ¿Se acercaban o no al primer enfrentamiento? Sí, a menos de cuatrocientos metros era una patrulla de siete jinetes con cascos y armados con fusiles. –Es la hora –dijo el Veterano-. Si nos ven estamos perdidos. Avanzan unos metros más y doy la orden de disparar. A su lado, el ex carpintero dijo: –Es la hora de matar. –No –dijo el Veterano. Las figuras se movían lentamente hacia ellos. –Cómo que no –dijo el ex seminarista. –Somos soldados –dijo el Veterano. –Entiendo… -dijo el ex carpintero–. Entiendo… es el compromiso con… –Ningún compromiso –dijo el Veterano–. Ser soldado es vivir y viceversa. El resto son palabras que mueren en silencio. –¿Entonces es eso o nada? –preguntó inocentemente el ex seminarista. –Es eso o nada –dijo el Veterano. –Podríamos capturarlos –dijo el ex seminarista. El Veterano suspiró acongojado. Le latían las sienes y el corazón a punto de estallar. –Es la cruz o nada –dijo–. Matar es parte de ser soldado. Matar también es crucificarse. No somos personas comprometidas. Somos sólo personas vivas. Nada más. Las siete figuras viraban hacia el oeste. –Tal vez sea cierto –dijo el ex seminarista. –Tal vez –dijo el ex carpintero. En los visores nocturnos el grupo de figuras se fue empequeñeciendo hasta desaparecer completamente. El primer enfrentamiento se demoraba. Pero sería, desde ya, inevitable. // RR.PP. Óleo: Le Rêve / Edouard Detaille

  • Una canción para el crucero

    por Juan Terranova La partida de una figura de la altura de Carlos Alberto "El Indio" Solari va a traer todo tipo de evocaciones, sentimientos y recuerdos. Aporto el mío. En YouTube encontramos dos registros de una canción titulada Cuá Cuá Amén. Quizás haya alguna más, pero los que saltan enseguida son una grabación de Cemento, del 23 de mayo de 1987, y otra del 13 de agosto de 1994, en Go Disco de Mar del Plata. La canción, se dice, evoca el hundimiento del ARA General Belgrano torpedeado por un submarino británico el 5 de mayo de 1982, hecho que da inicio a un ya evidente conflicto bélico, que enseguida conoceríamos como Guerra de Malvinas. La letra no es explícita. No hay acusaciones directas, ni lástima, ni repartida de culpas. "Me acabo de enterar de un fiero crimen / De un rico embarque de sangre de Satán" canta El Indio. Las guitarras, brillantes, sobresalen en el sonido no tan defectuoso del vivo. En el comienzo de uno de los registros, escuchamos una ironía contra los militares. El Indio, juvenil, entona a capella: "Soldaditos, bravos muchachitos...". La sorna sigue cuando canta "Los deben estar venciendo / ¡Dios siempre tan imparcial!". Más allá de estos momentos, la canción se abre paso de forma austera y descriptiva, técnica: "Mi conciencia estaba lista / Cuando la carne explotó / Nunca en la vida fui golpeado tan duro / Puntos de acetileno cegador." ¿La onomatopeya "cuá cuá" hace alusión al agua, al mar, al ahogo, al naufragio? ¿El "amén" también es irónico? Lo primero es posible. Entiendo que lo segundo resulta más ambiguo. Toda esta información nos llega hoy subordinada a una única verdad: el dúo compositivo de Patricio Rey y los redonditos de ricota, a saber, Solari-Beilinson, se sentó un día y creó una canción sobre el hundimiento del General Belgrano. Hasta donde sé, la canción no forma parte de ningún disco oficial de la banda y no hay otras canciones de esa o de otra época que señalen ese hecho. Hay muchas sobre Malvinas. Pero sobre el Belgrano no. A la hora de la despedida del Indio, a la hora de citar sus muchísimos méritos, elijo señalar ese. La conjunción del "Amén" y el crucero aparece también de forma contundente en una de las obras que Javier Aubeyzon va a exponer desde el 10 de junio en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur. La Virgen con su manto, cubre y protege el buque atacado, en la mira. Tanto esa como las otras obras de Aubeyzon merecen ser apreciadas más allá de los prejuicios que estos temas indefectiblemente siempre convocan. //RR.PP.

  • Realismo trágico

    por Felipe Devincenzi Hace dos semanas desapareció una adolescente de 14 años en el barrio de Cofico, Córdoba. Hace unos días encontraron su cuerpo descuartizado con signos de abuso y asfixia. La novelista Claudia Piñeiro no tardó en tweetear al respecto, relacionando su libro Catedrales con el asesinato. La reacción fue consecuente: ¿Se puede ser tan idiota? ¿Tan hija de puta? Postié eso porque me interesa mucho saber cuál es la parte (extremidad) de Agostina que no se encuentra, insistió Claudia. ¿Hay un por qué? En mi novela sí. La vanidad del artista proyecta sombras efímeras en los panoramas más desquiciados. En su biografía de Joyce, Richard Ellmann cita la urgencia del irlandés hacia los editores de Finnegans Wake (1939): “La Guerra está a punto de estallar y ya nadie leerá mi libro”. En esa línea, Trotsky se desvela con Literatura y Revolución mientras Lenin agoniza; Borges recibe el Dr. h.c. de Pinochet; Schönberg milita la neue musik en vísperas del nazismo. El primero, se sabe, hizo la revolución, Borges publicó Ficciones y el último inventó el dodecafonismo. Piñeiro ganó el Clarín con Las viudas de los jueves... En los espacios que dirime nuestra literatura suele hacer eco la proclamada grieta. Desde la escolástica Florida/Boedo a gestos como el de Walsh, que pasó del ajedrez y los policiales a cagarse a tiros con grupos de tareas. Más recientes, Piñeiro postea desde su casa country y en las antípodas surgen autores como César González. Conocemos esta solapa: pibe chorro baleado por la bonaerense que descubre a Walsh en un taller carcelario. Pero si la obra de González se debe a la resiliencia, no se hace valer en ella: su retórica brilla, se retuerce y hace pedazos el fetiche de lo inefable. En pocas palabras, abre la cancha a frecuencias inexploradas por el Arte. Hacia 2003, Bolaño arrastraba una insuficiencia hepática devastadora. Dedicó un último round a 2666, centrada en los femicidios de Ciudad Juárez. La primera persona de Susana Castillo, poeta mexicana asesinada y desmembrada en 2011, es todavía más contundente. A ella se atribuye la consigna Ni una menos. ¿Qué habría escrito Susana sobre Agostina, sobre el triple crimen de Varela, sobre una violencia que instala el descuartizamiento de mujeres en Argentina? Piñeiro piensa que se adelantó. Puede que la veamos en alguna marcha, junto a los choris y los manteros, rematando sus saldos de Alfaguara. // RR.PP.

  • El mundo por Pigafetta

    por Bruno Casabona Cuando en 1519 Antonio Pigafetta escuchó el plan de Magallanes, utilizó sus conexiones con el Vaticano para ser incluído en la travesía. A los clérigos les enumeró los motivos por los que sería conveniente a la Iglesia participar de tal expedición, aunque en su cabeza había uno solo: la fama. De él no se sabe tanto: había nacido en Vicenza, venía de una familia rica y tenía buenas conexiones entre los curas. En Relación del primer viaje alrededor del mundo, el autor se va descubriendo mientras avanza el navío. Pigafetta no se embarcó con aspiraciones literarias, aunque es probable que ciertas lecturas de crónicas lo inspiraran a empezar un diario. El género experimentaba un revival luego de las expediciones de Vasco da Gama y Colón. Sin embargo, su libro no consta de una descripción detallada del viaje, sino que se presenta como una novela de aventuras, plagada de reminiscencias poéticas y géneros alternados. Lo interesante de su obra es la transición: cómo lo que comienza en un diario acaba transformándose en una pieza cuasi enciclopédica, llena de observaciones sobre fauna y flora, poblaciones indígenas y sus costumbres, posiciones geográficas, clima, náutica y hasta lingüística. Antonio no había escrito antes, pero intuía perfectamente cómo hacerlo. Y lo que probablemente no intuyó fue el riesgo del viaje: de los 237 hombres que partieron en cinco barcos desde Sevilla, solo una nave regresó, tres años más tarde, cargando a los 18 sobrevivientes, quienes apenas se parecían a aquellos tripulantes que habían zarpado en un principio. Al volver, Pigafetta entregó su manuscrito al Rey Carlos I de España. Esa versión se publicaría en 1522, aunque el texto definitivo lo terminaría en 1530. El libro no tuvo la circulación que se esperaba y se mantuvo en el olvido durante un par de siglos. Tuvieron que pasar casi 350 años para que García Marquez, en la entrega del Nobel de 1982, lo definiera como el germen de las novelas modernas. // RR.PP.

  • No Viet Cong ever called me a nigger

    por Delfina Esquivel En una conferencia de 1963, un periodista increpa a cuatro Beatles jovencísimos: “Los estadounidenses piensan que sus cortes de pelo no son americanos”. Lennon: “Pues son muy observadores, porque no somos americanos”. Si Joseph McCarthy concebía las listas negras de los 50, la administración Johnson ascendería al enemigo interno de comunista a antiamericano, concepto tan ambiguo como exclusivo de los EEUU, así descrito por Chomsky en Lucha de Clases (2003). Campeón olímpico y mundial, Alí se volvió antiamericano al negar su conscripción en 1967. Para el Gobierno era una afrenta, aunque el draft encubría la represión indirecta de un movimiento popular, ya golpeado por los magnicidios de Malcom X y el Dr. King. De hecho, la asimetría entre apartheid y deber patriótico que denunciaba el boxeador era evidente: el 11% de los estadounidenses eran afroamericanos, pero en el Mekong pasaban del 16%. “¿Por qué me van a obligar a tirar bombas sobre vietnamitas pobres mientras los so-called Negros son tratados como perros en Louisville?”. El desacato le costó el título, la licencia y los mejores años de su carrera, drama que resume Ali (2001) de Michael Mann, en la que un joven Cassius se conmueve con el linchamiento de Emmett Hill, luego se encierra en un gimnasio y así emprende un camino de gloria, poliamor y secuencias low-motion en los suburbios de Kinshasa. En The Greatest: My Own Story, aclara: “Cassius Clay era mi nombre de esclavo”. Así fue bautizado el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, Estado de fuertes reminiscencias segregacionistas. Lo apadrinó Joe Martin, el policía que también entrenaría a Jimmy Ellis, y su carrera estalló en pocos años. En 1960 ganó el oro en Roma; en el 65 noqueó a Sonny Liston en menos de dos minutos. Además de su militancia, tenía un humor finísimo, payaba como un gaucho y peleaba con la guardia baja y un movimiento ligero y constante, como un bailarín de 100 kilos. Ringo Bonavena le aguantó 15 rounds en el Madison Square Garden en el 70. Al año siguiente visitó Argentina, recalando en un asado de metalúrgicos, allá por Remedios de Escalada. “¿Dónde están los negros de Argentina?” se preguntaba Mohammed. “Acá los negros somos nosotros” replicaba Rucci con sorna. Hay varias fotos de ese asado, ni hablar de las entrevistas sobre Vietnam. Pero la imagen más precisa de su templanza es aquella capturada por Neil Leifer, el 25 de mayo de 1965. // RR.PP. Foto: Ali vs Sonny Liston / Neil Leifer.

  • Una batalla espiritual

    por Carlos Godoy Así como el cine contaminó a la literatura con sus flashbacks, su objetivismo, la obsesión por la trama y la estructura burocrática del guión, la literatura contaminó a la realidad con una invocación constante a elementos fantásticos, extraños, inconducentes, grotescos. En este mundo de ficciones reales, como llamó Hal Foster, tenemos a Donald Trump presidente de USA subiendo fotos fakes a las redes caminando de la mano de aliens, o a nuestro presidente Javier Milei comunicándose con su perro muerto que en otra vida, según el propio presidente Milei, fue compañero de batalla en el Imperio Romano. En este mundo ficcional, los saberes bajos toman fuerza. Ese universo modernista y pre psicoanalítico de las literaturas de fantasmas e invocaciones es lo que hoy llamamos “realidad”. Por eso es inentendible el planteo que hizo el Club Atlético River Plate el domingo 24 de mayo en el estadio Kempes de Córdoba al enfrentar al Club Atlético Belgrano de la misma ciudad, que llegaba, por primera vez en su historia, a disputar una final de campeonato. No se trataba de jugar bien, no se trataba de fútbol. Quizás ese “aura” que dicen ahora las juventudes, que podría traducirse como el "ki" de Dragon Ball, sea una lectura generacional de este momento espiritual en el que estamos. Y el 24 de mayo en el Kempes no hubo un partido de fútbol; lo que presenciamos fue una batalla espiritual. Se jugó el mismo día que el cumpleaños número 53 del máximo referente mediático de Belgrano: el cuartetero Rodrigo Bueno, que murió a los 27 años en el kilómetro 26 de la Autopista Buenos Aires - La Plata, presuntamente por un trabajo de brujería que encargó Carlos “La Mona” Jiménez. El día anterior a la final, a las 19:05 (en referencia al año de creación del club en 1905), ingresó todo el plantel convocado a su estadio Julio César Villagra de barrio Alberdi y fue recibido por 30 mil hinchas que extasiados hicieron un embrujo para que triunfaran en la batalla. Entre la final por la promoción de River ante Belgrano el 26 de junio de 2011 y la final de la Copa Libertadores en Madrid ante Boca del 9 de diciembre de 2018, pasaron exactamente 2.723 días. Misma cantidad que pasaron entre el 9 de diciembre de 2018 y el 24 de mayo del 2026: 2.723 días. Y si seguimos buscando hay muchas cosas más que no tienen nada que ver con el fútbol, con la táctica, con la calidad, con el Tiki-tiki. River nunca asumió esa batalla espiritual. Para hacer un poco de frente al ímpetu belgranense, tendrían que haber entrado a la cancha con la Virgen de Luján en andas, o con unos collares de ajo colgados. El árbitro Yael Falcón Pérez miró como diez veces el penal en el cubículo del VAR; no lo quería cobrar, pero no podía. Había cordobeses que hicieron promesas a todos los santos, que desde temprano invocaron con velas y cánticos comechingones a todos los piratas que ya no estaban, había una fuerza vital espiritual difícil de contrarrestar. Ni Vegeta se hubiera animado a ignorar ese penal. Fue una batalla espiritual pero sobre todo un choque de culturas, entre una que considera la espiritualidad como una herramienta para gestionar la vida y otra que no. Si uno mira a Belgrano, a River, a Milei, a Peter Thiel, al proyecto del gemelo digital. La gran inversión silenciosa que hizo la derecha en los últimos años -quizás preparando un poco el desembarco de la IA- fue la de insistir con la espiritualidad como un recurso del poder, la comunidad, el bienestar y la justicia. Hoy empiezan las finales de la NBA. Los New York Knicks que hace 50 años que no salen campeones y 27 que no llegan a una final están nuevamente ante el desafío máximo de la liga. La última final de la que participaron fue calcada: exáctamente contra los Spurs en 1999 y perdieron. Esta vez los Knicks salieron campeones de conferencia barriendo 4 a 0 en la serie a los Cavs y la ciudad de New York, bien al estilo parisino, terminó incendiada, con gente sacada y poseída en las calles. Igual que en Córdoba los neoyorkinos están haciendo promesas, apuestas, invocaciones vudú, magia, rapeos, cualquier cosa están haciendo en forma de plegaria e invocación para que el equipo más popular de su ciudad vuelva a campeonar. Pero del otro lado están los Spurs. La tercera dinastía de la NBA moderna. Un equipo que entiende de espiritualidad. Que sabe que los partidos se ganan jugando mejor que el rival pero que a las finales solo se las gana con espiritualidad. Por eso en la pretemporada cuando todas las estrellas de la NBA se encierran a entrenar, Wemby, Victor Wembanyama el jugador franquicia de los Spurs, se fue a un retiro espiritual y de entrenamiento físico en un Monasterio Shaolin, ubicado en el Monte Song, cerca de la ciudad de Dengfeng, en la provincia de Henan, China. En palabras de su maestro Yan'an: "Le dije: vos jugas al basquet y yo practico kung fu. Si querés ser realmente grande, tenes que hacer cosas que los demás no pueden hacer. El ascenso a la montaña tiene dos fases. El día es para el cuerpo: la resistencia, la fuerza. La noche es para la mente: la consciencia." Por eso también es que un grupo de Hermanas Salesianas de San Juan Bosco de San Antonio, Texas, que siguen a los Spurs desde su generación dorada de fines de los noventa con Duncan, Ginobili, Robinson, Parker y Popovich, las Spurs Nuns entraron a escena. Empezaron a estar en primera fila de los partidos impartiendo bendiciones a los jugadores. Por eso Nike, que es el tiburón blanco que huele a kilómetros al marketing, las incluyó en la campaña Stop him? Just pray de Asher Hyde con Wemby y ellas como protagonistas. Esta es una batalla espiritual y solo se gana con espiritualidad. //RR.PP.

  • El núcleo inevitable

    por Rodolfo Cifarelli Es Cortázar quien da las claves de Invasión (1969) de Hugo Santiago, sin dudas la película más sobrevalorada del cine argentino. La disecciona con espontáneo rigor en una carta a Manuel Antín, fechada el 8/8/70 en Saignon y recogida en el volumen Cartas 1969-1976: «(…) Ay, vi una cosa llamada Invasión, que me dejó entre triste y mufado y no sé qué más; nunca tanta pretensión se alió a tanta ineficacia en materia de diálogos; imágenes las hay y buenas, pero esa mezcla de aventura de Lemmy Caution con relato simbólico a lo Chesterton no me parece que haya dado nada memorable; a menos que yo esté realmente muy despegado de la piel nacional y no haya entendido nada. Sí, el homenaje a Macedonio; sí, las guiñadas de ojo a los intelectuales; pero qué torpeza en el manejo del erotismo, qué interminable ir y venir del pobre Murúa (…)» Elegantemente, Cortázar elude referencias directas a ABC y JLB, los responsables del guión. Las observaciones de Bioy sobre la película delinean en su Diario un curioso momento de tensión con Borges el 28/6/69. «BIOY: Uno de sus principales defectos son los parlamentos, demasiado concluidos, correctos y sentenciosos. En el próximo film, vas a tener que contenerte. (…) BORGES: Shaw ha demostrado que el teatro tolera perfectamente largos monólogos... BIOY: En primer lugar, el cine no es el teatro; después, buena parte de los parlamentos de Shaw tienen un tono menos impecablemente redactado que los tuyos. La «impecabilidad» de la escritura de Borges, deducimos, según Bioy no era tan «impecable» para el cine. Bioy regresará a Invasión en una entrada del 9/7/71, aunque ya no insistirá con los fallos del guión: «BORGES: Espero que el nuevo film salga mejor que Invasión: la historia era un disparate, no se entendía nada. BIOY: No estoy de acuerdo. La historia de Invasión siempre me pareció excelente y comprensible. Los defectos del film son de dirección y de sonido, no de argumento.» Ni Bioy, Cortázar o Borges hubieran admitido que una respuesta asequible y superadora al cine pomposamente elitista que proponía Invasión portaba en su núcleo dos nombres inevitablemente peronistas: Hugo del Carril y Leonardo Favio. // RR.PP. Foto: Borges y Hugo Santiago

  • 10 sutilezas de The Sopranos

    por Felipe Devincenzi 1. Sos uno en un millón / pero tenés que arder para brillar / porque naciste bajo mal signo. La canción de apertura es efectiva: augurio, sermón maternal y un beat que organiza la alternancia entre observador y lo observado. Al gangster postmoderno, atado al volante, se contrapone la esencia del paisaje "americano": rascacielos, parques industriales, suburbios de casas ajardinadas. 2. El simbolismo de Sopranos es sutil pero constante. La primera aparición de Tony lo encuadra entre dos piernas femeninas (1:1). En la sala de espera de Melfi, suerte de limbo, enfrenta esa estatua avizor, como un un animal cercado. ¿Le remite a Medusa, a San Pedro, a Lidia? El cruce anticipa el breakthrough de la terapia. 3. Carmela desdeña la misma escultura (6:11) pero llora cuando descubre las del Pont Neuf, en París, o cuando ve un óleo de José de Ribera. Las obras de arte complementan la acción de cada escena: son escenografías espejadas. Frente al cuadro del consultorio, Tony asume que un árbol está “todo podrido por dentro”. Más adelante ordena destruir el retrato de Pie-O-My porque no soporta mirarlo. Como el aria de Godfather III, el arte desliza el pathos modesto, sensiblero del inmigrante italiano, bajo el estoicismo del empresario. 4. El ensayo de Chris Neal incluido en Reading the Sopranos: hit Tv from HBO relaciona la música clásica con expresiones de vulnerabilidad masculina. Neal se pone lacaniano: ¿Por qué Soprano? ¿Es un guiño al matriarcado, a los castratis del barroco, a la tragedia operística? Por lo demás, la serie antologa el mainstream como Tarantino. El montaje es milimétrico: en 3:1, Peter Gunn de Blues Brothers es sampleado con Every Breath You Take de The Police, coincidiendo tempo y tonalidad. O irónico: Paulie Walnuts vuelve de prisión y al oír el suave Nancy, de Sinatra, exclama “¡Mi canción!”. O cadencioso: White Mustang II de Daniel Lanois o Thru and Thru de los Stones acomodan secuencias finales, sin diálogo. O abrupto: el beep del monitor cardíaco que cierra 2:8, o el Don’t stop del dinner Holsten’s. 5. Mientras el cine romantizaba la cocaína, Sopranos complejizó la farmacología y la depresión clínica a fines de los 90. La probabilidad hereditaria, la negación. Cuando el psicólogo escolar diagnostica al pequeño Anthony como borderline, Tony lo interrumpe con violencia (1:7). Al asumir el trauma, la alexitimia filtra arranques de empatía: en 1:8 reprende a Christopher por balear a un panadero, pero su sobrino está bajoneado. Tony cede enseguida: “Seguro te la pasás durmiendo”. Christopher: “Es lo único que todavía disfruto”. 6. La intertextualidad de Coppola es inevitable: Tony es tiroteado mientras compra jugo de naranja, al igual que Corleone, y la escena final calca el asesinato de Sollozzo. Pero el drama en Sopranos no se basa en el karma, sino en el mandato de grupo que conflictúa a los personajes. El capítulo 1:9 opone dos alternativas: Tony perdona la vida del coach de su hija y vuelve a su casa riendo, borracho. “I didn’t hurt nobody”, dice a Carmela, y duerme aliviado. Su tío, en cambio, debe humillar a su novia y fingir templanza. El soundtrack pasa del reef cachondo de Buena Buena, de Morphine, a un bolero de Rocío Durcal. 7. Pero tú, que no te atreves o tienes miedo de hablar... La afasia, la represión, el machismo pueblerino a lo Raymond Carver. En 5:3, Junior sentado en el sillón, jaqueado por el Alzheimer. Tony: “¿Es que no me amás?”. Junior llora. 8. De David Chase sorprende el gesto inmutable, apocado de sus entrevistas, como si arrastrara una amarga vida a cuestas. Dice que terminó en HBO por carambola, después de que lo rechazaran otras emisoras. En horabuena: la cadena emitía sin cortes publicitarios, por lo que el guión no se debía a varios actos. Esta ausencia de cliffhangers diluye el ritmo narrativo y potencia la simultaneidad. Sopranos inaugura así la multitrama que explotará The Wire. El caso más notable es la sintonía entre la vigilia y los sueños: en una subcultura tan rígida, el inconsciente escenifica lo que no se puede admitir, sean las fantasías sexuales de Tony o la traición de Pussy Bonpensiero (3:10). 9. “Ojo con la mano; si se entera que no tenemos para el tanto estamos jodidos”. Tony sugiere a Carmela cómo castigar a su hija (2:3). La distorsión del lenguaje cotidiano es inevitable: los modelos de poder se mimetizan y pasan de la jerarquía mafiosa y policial a la familia y la religión. Fuera del núcleo familiar, los vínculos afectivos siguen la lógica de Sun Tzu: el complot de Junior y Lidia, la muerte de Richie Aprile. 10. Quienes hemos lidiado, en el propio hogar, con un caso de Trastorno Límite de Personalidad, podemos dar cuenta de la complejísima precisión de Lidia Soprano. El narcisismo, la victimización, la paranoia, el boicot, la manipulación. Subestimamos la tiranía y misoginia de Tony a razón de este drama constitutivo. “He can be such a little boy sometimes” dice la Dra. Melfi. En ese comentario respira Holden Caufield, el protagonista de The Catcher in the Rye que padece spleen neoyorkino. “¿A dónde van los patos del Central Park cuando llega el invierno?” se pregunta el joven Caufield. Acaso descansen en la pileta de los Soprano. // RR.PP.

  • La música de los pájaros

    por Sebastián Napolitano Olivier Messiaen nació en Avignon en 1908 y murió en París en 1992. Católico ferviente, fue organista de la iglesia de la Sainte-Trinité de París desde 1931 y tocó allí hasta el final de su vida. Pierre Boulez dio a entender más de una vez que con él se extinguía un linaje: el del compositor total, heredero directo de la gran tradición francesa, para quien técnica, fe, naturaleza y sistema formaban todavía una unidad orgánica. A mediados de los años sesenta visitó la Argentina para dictar un seminario de dos meses en el CLAEM, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, fundado en 1962 gracias a los fondos que Alberto Ginastera obtuvo de la Fundación Rockefeller. Esos recursos permitieron otorgar becas a jóvenes compositores de toda América Latina y organizar seminarios con algunas de las figuras centrales de la música del siglo XX: Luigi Nono, Aaron Copland, Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis y John Cage, entre otros. El contraste entre él y Nono fue especialmente marcado. Cuando Nono visitó el CLAEM en 1967, dedicó sus clases al Che Guevara, dijo que venía a aprender más de los alumnos que a enseñar, habló en un castellano italianizado lleno de afecto y llegó a impedir el estreno de una de sus obras en el Teatro Colón en solidaridad con Ginastera, censurado por el gobierno de Onganía por su ópera Bomarzo. En cambio, Messiaen dictaba sus clases en francés, nunca aprendió inglés y vestía con una formalidad casi inmutable. Alcides Lanza, que conservó los apuntes de aquellas clases, anotó al margen: “Es el tercer día que usa la misma corbata, la misma camisa, los mismos zapatos.” Alguien arriesgó la explicación: o siete trajes idénticos o una esposa que lavaba sin descanso. El método era tan minucioso como obsesivo. Analizaba ragas y talas de la India, sistemas métricos no occidentales y, sobre todo, el canto de los pájaros. Una noche le pidió al compositor Alberto Krieger, entonces becario del CLAEM, que lo acompañara a los bosques de Palermo. Querían evitar el ruido del tráfico, así que salieron a medianoche, en pleno agosto. El frío era feroz. Anotaba los cantos de oído, directamente en su cuaderno; solo en casos excepcionales su esposa, la pianista Yvonne Loriod, los grababa para completarlos después. Pasaron las horas. A las cinco de la mañana, Krieger tuvo que irse porque daba clases en el Colón. “Ah, me hubiera dicho”, respondió. “Vamos a tomar un café con leche.” Si bien el trabajo era meticuloso, para él el canto de las aves no era un dato naturalista sino un universo simbólico, una materia sonora destinada a ser traducida y moldeada dentro de una forma musical. En una clase, al analizar uno de esos pasajes, alguien le preguntó por una nota pedal que no explicaba. Sonrió: “Ah, cher ami, ese es el rumor que hacen los árboles cuando los pájaros van de rama en rama.”///RR.PP.

  • Lasciate ogne speranza 2

    por Felipe Devincenzi Casas bajas, moda vaquera, breves calles de ripio. Durante dos días, sesenta sicarios hicieron razzia en ese damero cansino. Se sabe que el gobierno recibió 250 llamadas de emergencia, entre reportes de incendios, invasión de viviendas y secuestros, pero no envió un solo patrullero. Mediante retenes y caravanas, los Zetas levantaron cuanto peatón se les cruzaba, rafagueando casas y demoliendo edificios con palas mecánicas. A los rehenes, unos 300, los hacinaron en un rancho de las afueras. Al anochecer los balearon y amontonaron en tambos, ya trozados, para luego encender las fogatas. Allende, zona de guerra, fue completamente ignorado. No era el primer malón zeta: entre 2010 y ese año, el cártel organizó peajes nocturnos a lo largo de la ruta que une Tamulipas con la frontera. Los choféres cuentan que asaltaban los ómnibus, bajaban a las mujeres, las violaban, luego seleccionaban a los varones y los montaban en camiones que se perdían en la negrura. San Fernando: Última Parada, de Marcela Turati, narra estas desapariciones masivas. En 2010 se halló una nave con los cuerpos de 72 centroamericanos, migrantes pobres que viajaban a Texas, y en 2011 se descubrió un camposanto más grande, con más de 200 mexicanos. El sitio adondevanlosdesaparecidos.org constata un fenómeno sistémico: los últimos quince años, el número de fosas clandestinas reconocidas por El Zócalo supera las dos mil. ¿Qué sugiere este mapa? La violencia como forma de comunicación fue explicada por Segato al tratar los femicidios de Juárez. Casi preliminar fue la figura de Adolfo Constanzo, que en Matamoros auspiciaba rituales satánicos para traficantes y empresarios de alto perfil. Si bien el crimen corporativo se instala como estrategia de dominación social, el culto a la muerte es indisociable de los sincretismos practicados en la frontera. El sicariato actúa en consecuencia: en palo mayombre, la nganga es el caldero donde se queman los espíritus que luego obedecen al palero, imagen que multiplican esos tambos donde acaban los personajes de Somos.. En Allende, el gobierno mexicano se limitó a levantarles un memorial. Faltó inscribirle estos versos: per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perduta gente. Foto: altar del Angelito Negro en CDMX / Fermín Guzmán

  • Ringo

    Un día como hoy, hace cincuenta años, el 22 de mayo de 1976, era asesinado a sangre fría Oscar Natalio “Ringo” Bonavena, referente deportivo y cultural de nuestro país. Su trágica muerte no debe empañar su rico legado de picardía, valor y carisma. Ringo se pasó todo el año de 1974 con una remera que decía: “The Malvinas are Argentina’s.” Con ella recorrió varios países, aprovechando la importante exposición mediática a la que era sometido para sumar su aporte al histórico reclamo de nuestras islas. Ringo fue velado el 29 de mayo en el estadio Luna Park, donde fue despedido por unas 150.000 personas y luego fue sepultado en el cementerio de la Chacarita. Te extrañamos, campeón. Siempre gracias. // RR.PP.

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