NOTAS
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- Cornell o la gracia
por Rodolfo Cifarelli Es infrecuente milagro que una obra de arte nos permita huir de jaulas propias y ajenas. Hablamos de las cajas, los collages y los films de Joseph Cornell, emisiones de una estación de radio clandestina que este solitario nacido en Utopia Parkway 37-08, Flushing, Queens, supo construir con manos y ojos extremadamente serenos, casi herméticos. En la infancia disfrutó de los paseos por Coney Island y Broadway. Una tarde otoñal, se dice, asistió a una performance de Harry Houdini. La época feliz se extendería hasta la muerte de Joseph padre, diseñador textil. Luego la economía familiar se hunde, la soledad se vuelve angustia, la angustia se insufla de una incipiente libertad. Porque el niño se acostumbra a las rutinas de su sombra por las calles del Grenwich Village; viaja en el tren elevado, y, como Nevinson y Hopper, en esos traqueteos descubre el alma de la ciudad sin alma. Con los centavos que obtiene de sus primeros trabajos adolescentes compra fotos y postales viejas. Esa colección es la primera matriz de su proyecto estético, uno de los más grandes del siglo XX. Una biografía unánime nos diría que asiste a las muestras de emigrados ilustres en la galería Levy: Duchamp, Dalí, Ernst. Un día, acicateado por La Femme 100 têtes de Ernst, le entrega a Levy una carpeta con algunos collages. Los primeros actos que rotulamos como «carrera artística» suceden rápidamente. En 1932 Levy le cede la galería para su primera exposición individual. Poco después, Duchamp, sumo pontífice de desplazamientos, dislocaciones y malentendidos, le informa a Peggy Guggenheim de este joven sin educación artística formal, casi mudo, casi invisible. Por esta vez, el dólar ayuda al arte. Cornell vio en los surrealistas la vía hacia su mágica y marginal Ítaca. Al revés de los adoctrinamientos, prefirió la insinuación y el atajo, lo que sobrevive a la luz a media luz: las deducciones necesarias antes de la Epifanía. El plan era/es que cada uno obtenga su gracia: que quien busca tenga la certeza de que ya empezó a encontrar lo buscado. // RR.PP.
- Narrar Malvinas
por Juan Terranova Veo un pacto entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Un pacto, primero, con Hollywood, y luego con Netflix: Malvinas no se filma. No se hacen películas sobre esa guerra. Malvinas no se narra. Puede que yo sea un poco paranoico, pero sabemos que esos arreglos existen. Y de hecho, las pruebas están a la vista. Las películas bélicas sobre Malvinas nunca se hicieron. Se hicieron películas sobre todas las guerras del siglo XX, Primera, Segunda, Corea, Vietnam, Argelia, Afganistán, El Golfo, Fría, Caliente, Espacial, de las Estrellas y mil otras guerras, reales, imaginarias, y también reales e imaginarias. Pero Malvinas no. ¿Por qué? Primero, porque hablar del Conflicto Bélico del Atlántico Sur es hablar de Malvinas y volver sobre el tema de su usurpación criminal. Y segundo, porque los héroes de esa guerra fueron los argentinos. Fueron y son los que tenían una razón para pelear, los que mejor pelearon, los que defendieron su tierra y su mar. En Malvinas la épica fue argentina. La Fuerza Aérea, los colimbas, el crucero, y mil otras historias más. Malvinas fue una guerra de alta intensidad que mezcló todo, armas viejas y obsoletas con armas muy nuevas, trincheras con misiles de última generación. Malvinas nos recuerda la Primera Guerra pero también anticipa las guerras breves del siglo XXI. En Malvinas están Nasser y Suez, Tormenta del Desierto y también la larga y actual contienda ruso-ucraniana que incumbe a la OTAN. Argentina tiene razón. Las Malvinas son argentinas. Entonces, el pacto es no filmar, no dar a conocer lo que pasó, no escribir ni contar cómo y por qué pelearon los argentinos. Una excepción: el nuevo Eternauta le mete, de costado, esa historia a Netflix. Lo hace con sutileza pero también con muchísima potencia. Que las islas siempre sean Malvinas, y nunca Falklands, en las diferentes traducciones de la serie a otras lenguas, es una prueba contundente. // RR.PP.
- Ciencia: el método o la estrategia
por Néstor Leuchenco Arnaldo Visintin es uno de los científicos argentinos que más sabe sobre tecnología del litio. I nvestigador Superior del Conicet y de Texas A&M University , recibió a RRPP tras pasar un fin de semana de retiro espiritual en un monasterio de la provincia de Buenos Aires. ¿Cómo conciliás la cuestión de fe con la comprobación empírica? La fe en Dios es complementaria a la ciencia. Procedo de la química, una de las ciencias duras, y debemos recordar que el origen de ellas es la filosofía. Desde el principio, todo es duda y todo necesita confirmarse. Yo, que tengo fe y estudio la Palabra, comprendo muy bien la sentencia de Teilhard de Chardin, el paleontólogo y místico: La materia es el espíritu moviéndose lo suficientemente despacio como para ser visto. ¿Nuestra sociedad, en pleno siglo XXI, puede dictar leyes que condicionen el desarrollo de un método científico en particular? Yo preferiría que las leyes se promulguen siempre desde la fe en un orden divino y para el bien de los ciudadanos. La ciencia, sin embargo —como la filosofía—, todo lo cuestiona y nada deja asentado a priori; por eso, si hubiera un principio universal, debería ser este: “Nunca ponerle límite a la ciencia. Siempre ponerla al servicio del bien común.” Argentina tiene tradición en formar ingenieros de primer nivel. Tiene grandes reservas de litio. Tiene especialistas capaces de transformar ese recurso en baterías de última generación. ¿Qué no tiene hoy la Argentina? Carecemos de una estrategia. Contamos con grandes reservas de litio, el que puede extraerse de manera económica mediante evaporación. También contamos con litio en forma de roca (espodumeno) en varias provincias. Pero su minería es más cara, y como no podemos tener estrategia sin dinero, esa actividad quedó en manos de multinacionales: empresas estadounidenses, chinas y japonesas que se llevan este mineral clave desde Catamarca, Salta y Jujuy. Nuestro litio hoy es solo un producto primario igual que la soja y el trigo. Mediante la tecnología obtendríamos litio metálico, separación isotópica y baterías, y un mayor rédito económico. Con esa intención, en la Universidad de La Plata desde hace unos años tenemos una planta piloto: ya conseguimos fabricar baterías de litio, no a escala industrial, sino como prototipos. Sigue siendo la primera y única en Latinoamérica. Lo que demuestra la capacidad argentina en desarrollar tecnologías de punta. Desalentar la formación de científicos de élite es una buena manera de tener capital humano sin valor agregado. ¿Pasa lo mismo en un país sudamericano como el nuestro que en África? Conviene observar lo que enseñan los países desarrollados. Ellos saben que el mundo es un territorio por conquistar y que eso se llama competir. Nunca desfinancian la investigación, la ciencia ni la educación. Solo con gente muy preparada se logra mejorar la calidad de vida y promover el progreso económico de un país. Hoy, al Estado nacional le cuesta más de 50.000 dólares formar a un profesional, y más de diez años capacitar a un científico de nivel internacional. Pero estas personas pueden emigrar en cualquier momento si no encuentran condiciones adecuadas para trabajar. Como científico y profesor, ¿qué opinás de la IA? Aún no sabemos si la IA traerá más beneficios que problemas. Estamos en un período de transición, y seguramente en un cambio de paradigma. Pero si gracias a la ciencia y la investigación se pudo desarrollar esta tecnología, es porque se lo consideró necesario. La incógnita ahora es ver si la gente la usará para hacer el bien, causar daño o hacer trampa. ¿La química, por sí sola, puede explicar el amor? La oxitocina, llamada “la hormona del amor”, está implicada en todas las relaciones afectivas. Según la teoría biológica es imprescindible para obtener la felicidad. Pero el amor, en el fondo, siempre exige un acto humano de entrega, o todo lo contrario, en caso del desamor. Y eso nunca es solamente hormonal. Hasta es moral. // RR.PP. Foto: Arnaldo Visintín
- Chi ama non dimentica
por Felipe Devincenzi La de Maradona infante, haciendo jueguitos con una naranja, la que duerme abrazado a su primera pelota, en la pieza que comparten cinco hermanos, los picados a oscuras, donde se juega de oído porque el potrero refleja un cielo sin luna, o el abismo que media entre la villa y la ciudad -“juro que cruzar el Puente Alsina era como cruzar a Manhattan”- son algunas de las imágenes iniciales de Yo soy el Diego , relato que trasluce la dialéctica frenética entre el ídolo y su entorno. Los encargados de curar su oralidad extraordinaria, de transformarla en una prosa de metáforas hilarantes, de acusaciones y devociones febriles, fueron Daniel Arcucci y Ernesto Bialo, quienes militaron en las filas de El Gráfico y escoltaron al Diez en las muchas apoteosis de su leyenda. Arcucci, incluso, conserva la última camiseta azul que el astro usó con la selección, aquel infame verano de 1994. Si bien sobran testimonios, libros, películas -notable es la de Marco Risi, ni hablar de Sorrentino-, la autobiografía cautiva por su transparencia, a través de la que Martin Amis creyó ver cierto “caos interior”, cuando lo cierto es que el caos ya reinaba alrededor de Maradona. Naturalmente, queda expuesta esa dinámica de acción y reacción, de persecución y resiliencia, de agradecimiento y denuncia: una carrera bipolar, atravesada por dos suspensiones y lesiones graves, por entrenamientos monásticos junto a Rubén Oliva y Signorini, por la explosión atlética que desataba en la cancha. Se sabe que el karma no solo fue la cocaína: Diego cuestionaba toda autoridad que considerara inmoral. Respetaba a Menotti, que lo dejó afuera del 78', a Bilardo, que lo enloqueció en el Sevilla, pero no toleraba que el presidente de la FIFA fuera un waterpolista sospechado de traficar armas, que José Luis Núñez se forrara durante los JJOO, que Ferlaino se llevara el crédito del Napoli, que la AFA le impidiera recaudar plata para el Búfalo Funes. Para quienes extrañamos su irreverencia, la capacidad de morir y revivir como un fénix, esta lectura es paliativa. No solo invoca la plenitud de sus partidos, sino también la paz que encontraba en Equina, pescando dorados y pacúes, o en Balneario Oriente, tomando mate con los parroquianos, o cenando bife con papas pay en la costanera. Hace unos años, una octogenaria desconocida, apostada en una vereda napolitana , me lo resumió así: come lui, non ci sarà mai un altro . // RR. PP. Selección de fotos: Felipe Devincenzi
- El consejo de Ema
por Marco Castagna Conocí a Ema Wolf en una escuela de Constitución. Me tocó acompañarla como parte de mi trabajo. Recuerdo que hablamos de Herzog y de literatura norteamericana (algo que, sin saberlo, sería un tema recurrente en nuestras conversaciones). Fue en la planta alta de esa oscura institución donde almorzamos y nos supimos bichos raros una vez más: mencionando a Soriano, a Stephen King, a los Peaky Blinders. Cuando era chico, tendría nueve años o algo así, mi madre me regaló Los imposibles . Desde entonces, y con las sucesivas relecturas, el libro se me tatuó. Dejó una huella inmediata e indeleble, como solo nos dejan las lecturas importantes de la infancia. Todavía me llega en ecos el humor, su libertad provocadora, la ternura para llegar al corazón sin escalas y esa manera invencible de levantar el ánimo en pocas páginas. En definitiva, el don de hacer olvidar las pequeñas tragedias de la infancia, algo que reencontraría potenciado en ella al conocerla. Su obra es una alquimia singularísima donde bailan los espectros de Conrad y las novelas de piratas y navegantes (Melville y Moby Dick a la cabeza), Borges, Jarmusch, Tom Waits, Glenn Gould, Joan Didion, María Elena Walsh y Kurt Vonnegut. En sus libros, la risa es máscara y sombra para revelar la vida. La literatura como tren de juguete misterioso. Un arte, en definitiva, que consiste en incorporar lo clásico a lo cotidiano. Pollos de campo es una ópera rodante fabulosa, y El turno del escriba un ejercicio cultísimo y divertido de escritura a cuatro manos. Siempre hay algo circense, un amor por la fábula escondido en esas páginas. A lo largo de los años, ciertas circunstancias me llevaron a labrar un vínculo profundo y amistoso con ella. Ema me daría muchos consejos. Pero hay uno que atesoro especialmente. Me dijo que nunca olvidara que Sherwood Anderson había sido soldado antes que escritor. Fante, lavaplatos. John Irving, luchador libre. Lección de vida: baño de humildad. // RR.PP.
- "G" de Genocidio
por Felipe Devincenzi En el afán de pisar los talones a sus vecinos galos, los belgas ostentan no pocos enchastres en la historia colonial subsahariana. Acaso el más conocido sea el de Leopold II, quien aterrorizó a los congoleses junto a su Force Publique , cobrándose 10 millones de vidas y duplicando la riqueza de una nación que aún digería el banquete de Carlos V. Sus desventuras no fueron menores en Ruanda e incluyeron el refuerzo de la segregación racial, imponiendo un distintivo étnico en los DNI. Este artilugio no solo sentenció la diferencia entre castas: también fue crucial para identificar a los tutsis en las batidas de 1994 que, arengadas por una Radio FM donde se indicaban nombres y direcciones, derivaron en una carnicería demencial. Como tal, el término “genocidio” fue acuñado por un abogado polaco en 1941. Raphael Lemkin estudió la legislación que imponían los nazis en los territorios anexados, concluyendo que el objetivo del Reich no era la conquista sino la reestructuración demográfica. La hipótesis fue planteada en Axis Rule in occupied Europe , meses antes de que varios oficiales se reunieran en el suburbio de Wannsee, Berlín, y gestaran la Solución Final. Tras analizar la Endlösung de los alemanes, la ONU tipificó este crimen en 1948. Desde entonces, la reticencia a usar el término y, por ende, activar su protocolo, es una práctica común. Esta política es el tema de A Problem from Hell (2002), ensayo que le valió el Pullitzer a Samantha Power, aunque el capítulo sobre Ruanda anticipa un libro aún más impactante, publicado por Roméo Dellaire en 2003. Dellaire, militar canadiense, estuvo a cargo de los peacekeepers en Ruanda y sostuvo a pulmón una misión boicoteada por sus superiores. En tres meses atestiguó cómo se masacraban un millón de civiles a tiros y machetazos. Casi desprovisto de personal, municiones y agua, solo pudo salvar a unos miles. En 2000 intentó suicidarse mezclando whisky con antidepresivos. Tras recuperarse, escribió Shake Hands with the Devil , cuya lectura refuerza la certeza de que un genocidio, sea en Kigali, en Gaza o en Darfur, puede desvelar a puñado de valientes, pero nunca a las Naciones Unidas. // RR.PP.
- Hijos de nuestro país
por Felipe Devincenzi ¿Es pogo, subte en hora pico, una corrida cambiaria, el banco no devuelve los ahorros? Tras el arte de tapa, una progresión de cuatro acordes: mayor, menor, dominante, luego quinto menor, es decir rendido, desarmado, melancólico. Al voice leading del piano se suman cuerdas, coro y así empieza Hijo del País , segundo LP de Broke Carrey, Best Supporting Actor de un colectivo cuyo abanderado es Dillom y su claustrofóbico Por Cesárea (2024). Hay, acá también, un ingeniero brillante que trabaja en la penumbra de un departamento cercano al Palacio de las Aguas: intuimos el monitor brillando en la madrugada, la consola grasienta, horas y horas mezclando temas que rehuyen el algoritmo como una suerte de militancia. Luis Lamadrid mantiene el invicto: ya había producido Motel Buenos Aires (2023) y ahora es arquitecto del último trance de Manuel Peña. Y una peña, precisamente, encara este álbum: hace unos años, Carrito expresaba la voluntad de “retratar cómo suena Buenos Aires” -ver Distinto , montado por Pablo Scutari- pero acá el pulso urbano cede al 3/4 bucólico, liderado por el bombo legüero, violín a lo Néstor Garnica, palmas, décimas espinelas, mate, asado, torta frita. C Tangana ya había forjado un puente inoxidable entre la herencia folkórica y los beats modernos con El Madrileño (2021), un aguardiente áspero, vertiginoso, intimista. Bien: Broke Carrey es El Porteño , y ahora corre libre por la Pampa. Una melodía histriónica encadena el primer track con el segundo: apenas un minuto cada uno. El Aplauso es una chacarera de versos simples, arenga valiente y compadrita: Esta es la vida que quiero / por más que me mate por dentro . Monumento ya era single, guitarreado a lo Zitarrosa y de copla irónica, sin pretensiones líricas. Miguelito sigue la chacarera pero narra en tercera persona: si los corridos de Peso Pluma evocan las travesuras del narco, el villano acá es federal, caudillesco, borgeano. ¿Vale la pena bancarse el trash hipnótico de ZUPAY ? Lo mismo que todo el disco: sí, varias, muchas veces. En definitiva, Bohemian Groove demuestra que en la Argentina del 2026 hay una vanguardia. Son talentosos, originales, cooperativistas. Son los hijos de nuestro país. // RR.PP.
- Hecho en Brixton
por Bruno Casabona Se despertó con una serenidad extraña, acentuada por los rayos de sol que entraban por su ventana. Soledad sonrió después de mucho tiempo y bajó a hacerse un café. Cuando tuvo el porridge servido en la mesa, el cielo ya se había inundado de nubes. Hacía menos de dos años que vivía en Londres y sabía que no le faltaba mucho para partir. Después del desayuno se volvió a acostar. Cerca del mediodía, cuando sus pensamientos le hablaban en un volumen descomunal, no le quedó otra que levantarse. Se puso la campera más abrigada que tenía, guantes, gorro de lana, y salió a caminar. Recién cuando llegó al Brockwell Park se sintió algo aliviada; era una de las pocas cosas que seguían gustándole de Brixton. El recorrido de quince minutos que separaba su casa del parque lo hizo mirando al piso, y si alguien le preguntaba qué calles había atravesado para llegar hasta allí, Soledad no hubiera sabido responder. Hizo contacto visual por primera vez en el día con una pareja y un niño que reía sobre los hombros de su padre. Le llamó la atención que tanto adultos como el niño tenían pintado en la cara un rayo multicolor que les atravesaba la frente. No pasaron cinco minutos y volvió a cruzarse con otro grupo de personas con el mismo detalle. De repente, casi toda la gente alrededor tenía la cara pintada, dirigiéndose a la misma dirección, por lo que empezó a seguirlos. Frente a la estación de metro, en la avenida principal del barrio, se agrupaban cientos de personas, todas pintadas, vestidas con colores fuertes y embadurnadas con brillantina. Todos miraban y fotografiaban en la misma dirección, pero Soledad no llegaba a ver qué era. Con mucho esfuerzo logró meterse entre la gente y finalmente lo vio: un retrato de David Bowie, y abajo la inscripción “RIP”, fechada ese día: “01/10/2016”. Ella no sabía que Bowie había nacido y crecido en ese mismo barrio, donde había dejado huellas que no había percibido. Don't let the sun blast your shadow / don't let the milk float ride your mind / they're so natural, religiously unkind ... Por primera vez, en pleno invierno, Soledad vio los colores londinenses. // RR.PP.
- La gran llanura/13
por Rodolfo Cifarelli ¿Se acercaban o no al primer enfrentamiento? La noche anterior, justamente, el ex carpintero contó una historia de enfrentamientos que le contaba su padre. Todas nuestras desgracias, decía el padre, nacieron el maldito día en que el presidente Sarmiento visitó al general Urquiza. Luego de aquella reunión, en ningún tiempo se lo había visto tan cabizbajo al general López Jordán, y fue en esos días cuando López Jordán decidió acabar con Don Justo, y levantar en armas a sus hombres. López Jordán acabó, sí, con don Justo, pero la guerra se complicó más temprano que tarde, según el padre del carpintero. Los hombres de López Jordán sufrieron vejámenes y fusilamientos, y tras la fatal derrota de Sauce, el presidente Sarmiento, envalentonado, mandó al general Rivas, que encontró mal parados a las tropas federales en Santa Rosa, lo que le impidió a López Jordán capturar Gualeguaychú. La situación, insostenible, hizo que López Jordán tomara la decisión de marchar hacia Corrientes, desoyendo una vez más a su estado mayor, que había propuesto emular el éxodo jujeño para cada sitio que abandonaran. El 26 de enero de 1871, día fatídico si lo hubo, en el paraje de Ñaembé, a los soldados federales se les metió bala por los cuatro costados. Después de la retirada López Jordán se plantó frente a la tropa hecha harapos : Sé que quisieran seguir combatiendo, sin embargo ahora hay que desensillar hasta que aclare . Y con su estado mayor partieron hacia la Banda Oriental, y de ahí a Santa Ana do Livramento. Los soldados federales vagaron sin rumbo, entraban en caseríos fantasmas en los que no había ni huesos de perros, desde pulperías a iglesias, cada palmo de aire devastado por la guerra. Sin esperanza, desarmados, cruzaban bosques de tala y chañares hacia el sur. ( El Sur , pensó entonces el Veterano, es lo que siempre, conscientemente o no, se busca: el fin del mundo y el faro que alumbra el fin del mundo. Y luego, ¿qué? ). Y los soldados federales no llegaron al Sur. Antes los mataron a todos y fueron alimento de las especies rapiñeras. ( Obnubilarse con la luz del faro del fin del mundo. Y luego, ¿qué? ) Foto: Faro / Tierra del Fuego
- El amor egoísta
por Juan Terranova "El amor es todo y está en todas partes, y lo que no es amor se ve afectado por el amor. Escribí estos relatos pensando en un catálogo de posibles amores y desamores y, sobre todo, en cómo el amor siempre se presenta tensionando nuestra individualidad, los límites que tenemos como sujetos. El amor está hecho de diálogos, de personajes, de tecnologías y evocaciones. Es lo que nos hace humanos pero también lo que nos descentra, lo que que nos saca de nuestra limitada existencia individual. Se puede amar la juventud, las ciudades, los recuerdos, la familia, una adicción, los celos propios y ajenos. Mucho más difícil es amar el miedo o la electricidad. Pero hay que tener en cuenta que el reverso del amor no es el odio –complementario, sofisticado– sino la insípida indiferencia. La modernidad nos acostumbró a que nada se descarta, todo se superpone, se recicla, y el paisaje de nuestra vida está lleno de objetos y escenas que nos recuerdan, a veces con nostalgia, a veces con enojo, la posibilidad y la presencia del amor." Juan Terranova Muy pronto en Primavera Revolver
- Demasiadas pocas cosas
por Marco Castagna “Eran las canciones o el horno” confesó alguna vez Manuel Moretti. Escuchar los primeros discos de Estelares es remover esa certeza, como un albañil que revuelve con prisa y sin pausa el cemento fresco. Sistema nervioso central (2006) tal vez sea el paraíso de la canción para la banda. Un paraíso jungiano, que tiene sus raíces en el infierno, y que entró por la ventana del cancionero popular argentino como una tormenta de arena. Las letras en ese disco se contorsionan en melodías alegres que, a su vez, contrastan con cierta depresión emocional. Los días parecen perfectos, brillantes, solo que habitados por un desfile de zombies donde Armando Bo baila con Castaneda y Leonardo Favio. La poética de Manuel Moretti se focaliza así en una mirada experimental de la vida. Del “Tan cerca los dos, los dioses resplandecen” ( Un día perfecto ) al “No hay una sola razón para sufrir, las cosas siguen su curso como el Rhin” ( Aire ), la definición del arte de Estelares pasa por encontrar imágenes en lo cotidiano, como fotos dispersas, y armar un collage sencillo y sensible. “Nací en el campo y vivo al revés” cantaba Moretti. Sus canciones se van tejiendo entre el folk, el rock y el tango: son retratos intimistas, miradas al infierno del amor doméstico, de lo inevitable, de los efectos menguantes de la psicodelia. Pasa en la poesía surrealista de 200 monos o en las pinceladas de Jardines secos (“Guardo en los bolsillos lo que queda de armonía”). El álbum promedia con la almodovaresca Ella dijo , un himno a la fragilidad de un amor no correspondido, y la crepuscular Un show , antes de encontrar un cierre salvaje en Ardimos , canción temprana de Moretti. Pero el summum creativo y emocional de Sistema nervioso central probablemente sea El corazón sobre todo . Una canción certera, rencorosa, atravesada, divina y a la vez oscura. Sobre el final, el letrista parece decirnos que se va de viaje. Y casi se lo puede ver saliendo de la terminal de ómnibus con un bolso al que le sobra espacio: me quedan pocas cosas / si las enumero sabrás que son demasiado pocas / demasiadas pocas cosas. // RR.PP. Foto: Manuel Moretti
- Johannes-Brahms-Platz
por Felipe Devincenzi En 1852 Schumann publicó un artículo sobre el joven Brahms, arengándolo como el nuevo Mesías de la música. La relación entre ambos y Clara, esposa de Schumann, oscilaba del apadrinamiento a una intimidad más bien turbia, lo que naturalmente derivó en su retraimiento. Recién en 1862 Johannes enviaría a Clara el boceto de una sinfonía: tenía casi 30 años y un repertorio de cámara envidiable, pero dejó de responder cuando ella exigió más avances. Hacia 1870, en una carta a Hermann Levi, el no tan joven Brahms se excusaba en Beethoven: “Quizás nunca escriba mi sinfonía: no tenés idea de lo que es sentirse perseguido por ese Gigante”. Finalmente la estrenaría en Karlruhe, en 1876, pasados sus 43 años y habiendo invertido en su escritura, intermitentemente, la mitad de su vida. Por regla general, las sinfonías de Beethoven empiezan con un acorde afirmativo y luego un pasaje ligero, breve ilusión de reposo anterior a la furia. A Brahms se le ocurrió prolongar este primer golpe con efecto tsunami, y apoyarse sobre un timbal que parecía anunciar una armada. El acorde duraba más de un minuto y funcionaba como el súbito desagüe de una hidroeléctrica: compensando su afasia, sepultando el fantasma de la Novena. Toqué el Opus 68 una vez en Schleswig-Holstein: es la provincia donde Johannes creció y vivió, conturbado por esa garúa fina que cuela entre el Báltico y el mar del Norte. En la orquesta había un violinista devoto del compositor, tanto que proponía basar nuestra carrera en su repertorio, como si la música hubiera empezado y terminado en Hamburgo. “ Puro Brahms ”, decía, convencidísimo, mientras fumábamos en la trastienda del Leiszhalle. El teatro bordeaba una plazoleta, y en su desnivel había un cubo de granito con la cara del compositor grabada en cada lado. Frente a la escultura sopesé el fanatismo del violinista, y enseguida recordé el de mi profesor de Armonía I , un neurótico de pelo rizado que negaba toda música posterior a Mozart, y que ridiculizaba a Beethoven tocando a dos índices, como un dactilógrafo, el Himno a la Alegría. ¿Cómo sonaría Brahms 1 en ese piano sintético, reverberando sobre el durlock del aula municipal? Como estacas, probablemente. Una reducción parda y esquelética, pero tan insistente que aun así, sin ganas, pone la piel de gallina. // RR.PP.











