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NOTAS

132 results found

  • Diez sutilezas de The Sopranos

    por Felipe Devincenzi 1. Sos uno en un millón / pero tenés que arder para brillar / porque naciste bajo mal signo. La canción de apertura es efectiva: augurio, sermón maternal y un beat que organiza la alternancia entre observador y lo observado. Al gangster postmoderno, atado al volante, se contrapone la esencia del paisaje "americano": rascacielos, parques industriales, suburbios de casas ajardinadas. 2. El simbolismo de Sopranos es sutil pero constante. La primera aparición de Tony lo encuadra entre dos piernas femeninas (1:1). En la sala de espera de Melfi, suerte de limbo, enfrenta esa estatua avizor, como un un animal cercado. ¿Le remite a Medusa, a San Pedro, a Lidia? El cruce anticipa el breakthrough de la terapia. 3. Carmela desdeña la misma escultura (6:11) pero llora cuando descubre las del Pont Neuf, en París, o cuando ve un óleo de José de Ribera. Las obras de arte complementan la acción de cada escena: son escenografías espejadas. Frente al cuadro del consultorio, Tony asume que un árbol está “todo podrido por dentro”. Más adelante ordena destruir el retrato de Pie-O-My porque no soporta mirarlo. Como el aria de Godfather III, el arte desliza el pathos modesto, sensiblero del inmigrante italiano, bajo el estoicismo del empresario. 4. El ensayo de Chris Neal incluido en Reading the Sopranos: hit Tv from HBO atribuye la música clásica a momentos de vulnerabilidad masculina. Neal se pone lacaniano: ¿Por qué Soprano? ¿Es un guiño al matriarcado, a los castratis del barroco, a la tragedia operística? Por lo demás, la serie antologa el mainstream a lo Tarantino. El montaje es milimétrico: al inicio de 3:1, Peter Gunn de Blues Brothers es sampleado con Every Breath You Take de The Police, coincidiendo tempo y tonalidad. O irónico: Paulie Walnuts vuelve de prisión y al oír el suave Nancy, de Sinatra, exclama “¡Mi canción!”. O cadencioso: White Mustang II de Daniel Lanois o Thru and Thru de los Stones acomodan secuencias finales, sin diálogo. O abrupto: el beep del monitor cardíaco que cierra 2:8, o el Don’t stop del dinner Holsten’s. 5. Mientras el cine romantizaba la cocaína, Sopranos complejizó la farmacología y la depresión clínica a fines de los 90. La probabilidad hereditaria, la negación. Cuando el psicólogo escolar diagnostica al pequeño Anthony como borderline, Tony lo interrumpe con violencia (1:7). Al asumir el trauma, la alexitimia permite arranques de empatía: en 1:8 reprende a Christopher por balear a un panadero, pero su sobrino está bajoneado. Tony cede enseguida: “Seguro te la pasás durmiendo”. Christopher: “Es lo único que todavía disfruto”. 6. La intertextualidad de Scorsesse es inevitable: Tony es tiroteado mientras compra jugo de naranja, al igual que Corleone, y la escena final calca el asesinato de Sollozzo. Pero el drama en Sopranos no se basa en el karma, sino en el mandato de grupo que conflictúa a los personajes. El capítulo 1:9 opone dos alternativas: Tony perdona la vida del coach de su hija y vuelve a su casa riendo, borracho. “I didn’t hurt nobody”, dice a Carmela, y duerme aliviado. Su tío, en cambio, debe humillar a su novia y fingir templanza. El soundtrack pasa del reef cachondo de Buena Buena, de Morphine, a un bolero de Rocío Durcal. 7. Pero tú, que no te atreves o tienes miedo de hablar... La afasia, la represión, el machismo pueblerino a lo Raymond Carver. En 5:3, Junior sentado en el sillón, jaqueado por el Alzheimer. Tony: “¿Es que no me amás?”. Junior llora. 8. De David Chase sorprende el gesto inmutable, apocado de sus entrevistas, como si arrastrara una amarga vida a cuestas. Dice que terminó en HBO por carambola, después de que lo rechazaran otras emisoras. En horabuena: la cadena emitía sin cortes publicitarios, por lo que el guión no se debía a varios actos. Esta ausencia de cliffhangers diluye el ritmo narrativo y potencia la simultaneidad. Sopranos inaugura así la multitrama que explotará The Wire. El caso más notable es la sintonía entre la vigilia y los sueños: en una subcultura tan rígida, el inconsciente dramatiza lo que no se puede admitir, sean las fantasías sexuales de Tony o la traición de Pussy Bonpensiero (3:10). 9. “Ojo con la mano; si se entera que no tenemos para el tanto estamos jodidos”. Tony sugiere a Carmela cómo castigar a su hija (2:3). La distorsión del lenguaje cotidiano es inevitable: los modelos de poder se mimetizan y pasan de la jerarquía mafiosa y policial a la familia y la religión. Fuera del núcleo familiar, los vínculos afectivos siguen la lógica de Sun Tzu: el complot de Junior y Lidia, la muerte de Richie Aprile. 10. Quienes hemos lidiado, en el propio hogar, con un caso de Trastorno Límite de Personalidad, podemos dar cuenta de la complejísima precisión de Lidia Soprano. El narcisismo, la victimización, la paranoia, el boicot, la manipulación. Minimizamos la tiranía y misoginia de Tony a razón del drama constitutivo. “He can be such a little boy sometimes” dice la Dra. Melfi. En ese comentario respira Holden Caufield, el protagonista de The Catcher in the Rye que patea Nueva York angustiado. “¿A dónde van los patos del Central Park cuando llega el invierno?” se pregunta el joven Caufield. Acaso descansen en la pileta de los Soprano. // RR.PP.

  • Como Ali

    por Delfina Esquivel Chabón, no tengo ningún drama con el Viet Cong. No Viet Cong ever called me a Nigger! Si Joseph McCarthy concibió las listas negras de los 50, la administración de Johnson trasladaría esa idea a la de antiamericanismo, concepto tan ambiguo como exclusivo de los Estados Unidos, tal como observa Chomsky en Lucha de Clases (2003). Campeón olímpico y mundial, Alí se volvió antiamericano al rechazar su conscripción en 1967. Para el protocolo estatal era una afrenta, aunque el draft encubría la represión indirecta de un movimiento pujante, ya jaqueado por los magnicidios de Malcom X y el Dr. King. Así y todo, la asimetría entre el apartheid y el ser americano era insoslayable: el 11% de los estadounidenses eran negros, pero en Vietnam ya superaban el 16%. “¿Por qué me van a obligar a tirar bombas sobre vietnamitas pobres mientras los so-called Negros son tratados como perros en Louiseville?”. El desacato le costó el título, la licencia y los mejores años de su carrera, drama que resume Ali (2001) de Michael Mann, en la que un joven Cassius se conmueve ante el linchamiento de Emmett Hill, luego se encierra en un gimnasio y al fin emprende un camino de gloria, censura, poliamor, trotes en los suburbios de Kinshasa. En The Greatest: My Own Story, aclara: “Cassius Clay era mi nombre de esclavo”. Fue bautizado así el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, Estado de fuertes reminiscencias confederativas. Ahí fue apadrinado por Joe Martin, el policía que también entrenaría a Jimmy Ellis, y su carrera brilló al poco tiempo. En 1960 ganó la medalla de oro en los Juegos de Roma; en el 65 knockeó a Sonny Liston en menos de dos minutos. Amén de su militancia, tenía un humor fino, payaba como un gaucho y peleaba con la guardia baja y un movimiento ligero y constante, como un bailarín. En 1970, Ringo Bonavena le aguantó 15 rounds en el Madison Square Garden. Al año siguiente visitó Argentina, compartiendo un asado de metalúrgicos en Remedios de Escalada. “¿Dónde están los negros de Argentina?” se preguntaba Mohammed. “Acá los negros somos nosotros” le replicaba Rucci con sorna. Hay fotos de ese asado y muchas entrevistas sobre Vietnam, pero la postal que mejor captura su templanza, probablemente, sea la de Neil Leifer, ese 25 de mayo del 65. // RR.PP. Foto: Ali vs Sonny Liston / Neil Leifer.

  • La música de los pájaros

    por Sebastián Napolitano Olivier Messiaen nació en Avignon en 1908 y murió en París en 1992. Católico ferviente, fue organista de la iglesia de la Sainte-Trinité de París desde 1931 y tocó allí hasta el final de su vida. Pierre Boulez dio a entender más de una vez que con él se extinguía un linaje: el del compositor total, heredero directo de la gran tradición francesa, para quien técnica, fe, naturaleza y sistema formaban todavía una unidad orgánica. A mediados de los años sesenta visitó la Argentina para dictar un seminario de dos meses en el CLAEM, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, fundado en 1962 gracias a los fondos que Alberto Ginastera obtuvo de la Fundación Rockefeller. Esos recursos permitieron otorgar becas a jóvenes compositores de toda América Latina y organizar seminarios con algunas de las figuras centrales de la música del siglo XX: Luigi Nono, Aaron Copland, Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis y John Cage, entre otros. El contraste entre él y Nono fue especialmente marcado. Cuando Nono visitó el CLAEM en 1967, dedicó sus clases al Che Guevara, dijo que venía a aprender más de los alumnos que a enseñar, habló en un castellano italianizado lleno de afecto y llegó a impedir el estreno de una de sus obras en el Teatro Colón en solidaridad con Ginastera, censurado por el gobierno de Onganía por su ópera Bomarzo. En cambio, Messiaen dictaba sus clases en francés, nunca aprendió inglés y vestía con una formalidad casi inmutable. Alcides Lanza, que conservó los apuntes de aquellas clases, anotó al margen: “Es el tercer día que usa la misma corbata, la misma camisa, los mismos zapatos.” Alguien arriesgó la explicación: o siete trajes idénticos o una esposa que lavaba sin descanso. El método era tan minucioso como obsesivo. Analizaba ragas y talas de la India, sistemas métricos no occidentales y, sobre todo, el canto de los pájaros. Una noche le pidió al compositor Alberto Krieger, entonces becario del CLAEM, que lo acompañara a los bosques de Palermo. Querían evitar el ruido del tráfico, así que salieron a medianoche, en pleno agosto. El frío era feroz. Anotaba los cantos de oído, directamente en su cuaderno; solo en casos excepcionales su esposa, la pianista Yvonne Loriod, los grababa para completarlos después. Pasaron las horas. A las cinco de la mañana, Krieger tuvo que irse porque daba clases en el Colón. “Ah, me hubiera dicho”, respondió. “Vamos a tomar un café con leche.” Si bien el trabajo era meticuloso, para él el canto de las aves no era un dato naturalista sino un universo simbólico, una materia sonora destinada a ser traducida y moldeada dentro de una forma musical. En una clase, al analizar uno de esos pasajes, alguien le preguntó por una nota pedal que no explicaba. Sonrió: “Ah, cher ami, ese es el rumor que hacen los árboles cuando los pájaros van de rama en rama.”///RR.PP.

  • Lasciate ogne speranza 2

    por Felipe Devincenzi Casas bajas, moda vaquera, breves calles de ripio. Durante dos días, sesenta sicarios hicieron razzia en ese damero cansino. Se sabe que el gobierno recibió 250 llamadas de emergencia, entre reportes de incendios, invasión de viviendas y secuestros, pero no envió un solo patrullero. Mediante retenes y caravanas, los Zetas levantaron cuanto peatón se les cruzaba, rafagueando casas y demoliendo edificios con palas mecánicas. A los rehenes, unos 300, los hacinaron en un rancho de las afueras. Al anochecer los balearon y amontonaron en tambos, ya trozados, para luego encender las fogatas. Allende, zona de guerra, fue completamente ignorado. No era el primer malón zeta: entre 2010 y ese año, el cártel organizó peajes nocturnos a lo largo de la ruta que une Tamulipas con la frontera. Los choféres cuentan que asaltaban los ómnibus, bajaban a las mujeres, las violaban, luego seleccionaban a los varones y los montaban en camiones que se perdían en la negrura. San Fernando: Última Parada, de Marcela Turati, narra estas desapariciones masivas. En 2010 se halló una nave con los cuerpos de 72 centroamericanos, migrantes pobres que viajaban a Texas, y en 2011 se descubrió un camposanto más grande, con más de 200 mexicanos. El sitio adondevanlosdesaparecidos.org constata un fenómeno sistémico: los últimos quince años, el número de fosas clandestinas reconocidas por El Zócalo supera las dos mil. ¿Qué sugiere este mapa? La violencia como forma de comunicación fue explicada por Segato al tratar los femicidios de Juárez. Casi preliminar fue la figura de Adolfo Constanzo, que en Matamoros auspiciaba rituales satánicos para traficantes y empresarios de alto perfil. Si bien el crimen corporativo se instala como estrategia de dominación social, el culto a la muerte es indisociable de los sincretismos practicados en la frontera. El sicariato actúa en consecuencia: en palo mayombre, la nganga es el caldero donde se queman los espíritus que luego obedecen al palero, imagen que multiplican esos tambos donde acaban los personajes de Somos.. En Allende, el gobierno mexicano se limitó a levantarles un memorial. Faltó inscribirle estos versos: per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perduta gente. Foto: altar del Angelito Negro en CDMX / Fermín Guzmán

  • Ringo

    Un día como hoy, hace cincuenta años, el 22 de mayo de 1976, era asesinado a sangre fría Oscar Natalio “Ringo” Bonavena, referente deportivo y cultural de nuestro país. Su trágica muerte no debe empañar su rico legado de picardía, valor y carisma. Ringo se pasó todo el año de 1974 con una remera que decía: “The Malvinas are Argentina’s.” Con ella recorrió varios países, aprovechando la importante exposición mediática a la que era sometido para sumar su aporte al histórico reclamo de nuestras islas. Ringo fue velado el 29 de mayo en el estadio Luna Park, donde fue despedido por unas 150.000 personas y luego fue sepultado en el cementerio de la Chacarita. Te extrañamos, campeón. Siempre gracias. // RR.PP.

  • Lasciate ogne speranza I

    por Felipe Devincenzi Concepción del tormento sin límites, el infierno suele mostrarse como reverso de lo divino. Jesús ya advierte de un fuego eterno en Marcos 9:43. En la mitología mexica, Mitclán es un inframundo organizado en círculos, idea explorada por Dante. El Corán abunda en sinónimos: hawia se traduce como abismo, mientras que jahannam, más literal, es una palabra que deriva del Valle de Hinom, antiguo basural donde se hacían sacrificios humanos. La Historia replica estas versiones en episodios concretos, aunque su narración es tardía o negada. La Endlössung, por ejemplo, era impensable hasta que Lee Miller fotografió Dachau en el 45. En pleno siglo XXI, el infierno aún se vale del silencio. Para sus reductos no hay tweeter: el testimonio es paralizado por la amenaza y el blindaje político aleja a los medios. Por eso no soprende que hasta 2017 no supiéramos de Allende, localidad de 23 mil habitantes situada en Coahuila, a media hora de Texas. Este pueblo -su gente, su vida- es el tema de How the US triggered a massacre in Mexico, artículo que Ginger Thompson escribió para ProPublica seis años después de sus hechos. La serie Somos., coguionada por Fernanda Melchor y estrenada por Netflix en 2021, es una adaptación fidedigna del relato. En seis capítulos muestra como la población interactúa con el narco, relación aguzada por la doctrina shock & wave que adoptaron los cárteles durante la presidencia de Felipe Calderón. La organización protagonista es Los Zetas, que tuvo su origen en el CFE, unidad de elite de las FFAA de México. Habían sido formados por los yanquis pero desertaron del Estado a fines de los 90. Separados del Golfo, reinaron de Laredo a Matamoros hasta hace poco. Los testimonios que recupera Thompson dan cuenta de cómo tomaron Allende: comprando edificios y comercios, subordinando a la policía, extorsionando ganaderos y autoridades municipales. En mayo de 2011, un residente filtró información del cártel a la DEA, que la compartió con policías mexicanos, quienes la remitieron de nuevo a los traficantes. Miguel Treviño -ya extraditado- no dudó en desquitarse con sus vecinos. // RR.PP. Foto: Figura de Santa Muerte en Tepito, CDMX / Fernando Llano, AP

  • Los demonios de Daniel

    por Bruno Casabona Some would try for fame and glory, others just like to watch the world son los últimos versos de la canción The story of an artist de Daniel Johnston y, en mi caso, el detonante más efectivo cuando quiero llorar y no me salen las lágrimas. Con la justicia que muchas veces brinda el paso del tiempo, su figura hoy es conocida y quizá se deba en gran medida a The devil and Daniel Johnston, documental de 2005 que ganó el Sundance Festival. Como suele pasar, las personas que tienen una sensibilidad extrema son las primeras en reconocer otras con la misma condición. Es el caso de Kurt Cobain, quien se subió al escenario de MTV en 1992 usando una remera blanca con la tapa de uno de sus cassettes. En ella, la ilustración de un animal mutante rezaba: Hi, how are you. Daniel, a pesar de que muchos piensen lo contrario, sí quería ser famoso. Lo cierto es que por decisión o impericia, la única forma de lograrlo fue a su propia manera. En el film se ve a una persona obsesiva, que se pasa horas frente al piano, compone cientos de canciones y se graba una y otra vez, sin utilizar master tape, sino reinterpretando sus propios temas para crear nuevas copias. Johnston fue diagnosticado con trastorno bipolar e internado en reiteradas oportunidades en hospitales psiquiátricos. Una vida turbulenta que no le permitió hacer una carrera musical “normal”. Y eso es justamente lo que se escucha en su música: una voz quebrada e inestable -de a ratos disonante-, letras con palabras o frases que se repiten, silencios a destiempo, notas de guitarra y piano que se amontonan y mucho lo-fi de cintas reutilizadas, micrófonos viejos e instrumentos desafinados. En 2013 Daniel tocó en Niceto y fue la única vez que visitó Argentina. De esa noche, en Youtube está el video de I’m walking the cow con Shaman y Maxi Prietto en las guitarras. El audio es precario, pero en la imagen se ve a un Daniel muy deteriorado, luchando para contener los temblores de su brazo derecho. Paso a la última canción que tocó esa noche, True love will find you in the end, y no puedo evitar otra lágrima. // RR.PP.

  • La gran llanura /13

    por Rodolfo Cifarelli ¿Se acercaban o no al primer enfrentamiento? La noche anterior, justamente, el ex carpintero contó una historia de enfrentamientos que le contaba su padre. Todas nuestras desgracias, decía el padre, nacieron el maldito día en que el presidente Sarmiento visitó al general Urquiza. Luego de aquella reunión, en ningún tiempo se lo había visto tan cabizbajo al general López Jordán, y fue en esos días cuando López Jordán decidió acabar con Don Justo, y levantar en armas a sus hombres. López Jordán acabó, sí, con don Justo, pero la guerra se complicó más temprano que tarde, según el padre del carpintero. Los hombres de López Jordán sufrieron vejámenes y fusilamientos, y tras la fatal derrota de Sauce, el presidente Sarmiento, envalentonado, mandó al general Rivas, que encontró mal parados a las tropas federales en Santa Rosa, lo que le impidió a López Jordán capturar Gualeguaychú. La situación, insostenible, hizo que López Jordán tomara la decisión de marchar hacia Corrientes, desoyendo una vez más a su estado mayor, que había propuesto emular el éxodo jujeño para cada sitio que abandonaran. El 26 de enero de 1871, día fatídico si lo hubo, en el paraje de Ñaembé, a los soldados federales se les metió bala por los cuatro costados. Después de la retirada López Jordán se plantó frente a la tropa hecha harapos: Sé que quisieran seguir combatiendo, sin embargo ahora hay que desensillar hasta que aclare. Y con su estado mayor partieron hacia la Banda Oriental, y de ahí a Santa Ana do Livramento. Los soldados federales vagaron sin rumbo, entraban en caseríos fantasmas en los que no había ni huesos de perros, desde pulperías a iglesias, cada palmo de aire devastado por la guerra. Sin esperanza, desarmados, cruzaban bosques de tala y chañares hacia el sur. (El Sur, pensó entonces el Veterano, es lo que siempre, conscientemente o no, se busca: el fin del mundo y el faro que alumbra el fin del mundo. Y luego, ¿qué?). Y los soldados federales no llegaron al Sur. Antes los mataron a todos y fueron alimento de las especies rapiñeras. (Obnubilarse con la luz del faro del fin del mundo. Y luego, ¿qué?) Foto: Faro / Tierra del Fuego

  • Pensar la carga

    por Rodolfo Cifarelli A bordo de un Nostromo que en Chasm (2015), la mejor nouvelle de Nick Land, se llama La Pitonisa, Tom Symns, el narrador, se pone bajo el mando de James Frazer, jefe de la tripulación. Más allá de los vasos comunicantes que Land suscita con Ballard o Gibson, Chasm es una contra-versión de Moby Dick de Melville y evoca secretamente a El salario del miedo de Georges Arnaud. ¿Cuál es la carga contenida en esa extraña caja que Symns ve como «el ataúd de un niño extraterrestre» destinada a ser hundida en lo más profundo del océano? ¿Es el inconsciente que trabaría una poshumanidad? ¿El miserabilismo trascendental que intentaría desacelerarnos en preocupaciones triviales? Obviedades inconvincentes. Pensemos al revés de ese Land que abogaría por un pasaje a una fase poshumana donde las autonomías individuales y colectivas serán indefectiblemente reprimidas o controladas al máximo. En este sentido Chasm es un manifiesto literal para que los sujetos, para derrotar al aceleracionismo que Land defiende, piensen la carga. Land no habla aquí de ese futuro que se introdujo en el neocapitalismo como un coágulo nihilista que impone pensar, justamente, un futuro como final de las expectativas de liberación social e individual. Nada más reaccionario que creer que el futuro ya llegó, cobijados en la autocelebración de un (¿buscado y sobreactuado?) desconcierto. La carga que una compañía misteriosa, metáfora del vértice más letal neocapitalismo, decidió desaparecer representa la suma de los desbordes del pasado en un presente que se derrumba no en un futuro sino en su propio vacío. No hay apocalipsis, hay chasm (abismo), y en La Pitonisa no hay salvadores, aunque, habría algo para salvar, que no es el cadáver de un niño extraterrestre. Frazer y Symns sospechan que algo valioso se pierde con la misión, y que eso está íntimamente relacionado a ellos. Pero dejemos que el final sea todo de Land: «Un punto ciego es un agujero en la percepción que se oculta a sí mismo. Es lo que no se ve. La carga —el pensamiento de la carga— era así. Estaba perfectamente oculta, en todos los aspectos normales. Sin embargo, se cernía en alguna otra dimensión excesiva.» // RR.PP. Ilustración: New York Times

  • Don Carlos

    por Felipe Devincenzi Murió a los noventa años, todavía senador, sobreseído o excusado, según el caso, de vender armas en los Balcanes durante un genocidio, de ocultar ese inventario con el atentado de Río Tercero, de involucrar a la Armada en la Guerra del Golfo, de indultar a los ideólogos del Terrorismo de Estado, de reestructurar la Corte Suprema a piacere, de encubrir a los dementes que volaron dos edificios en Buenos Aires, de acomodar a un coronel sirio en la Aduana y de recorrer, por qué no, los 350 km que separan Capital de Pinamar en un par de horas, ardid que solo permitiría el motor V8 de su Ferrari punzó, así como el atroz privilegio, claro, de presidir la República Argentina. No hubo mayor conmoción, quizás porque el Ex ya descansaba a la sombra del congreso, donde acostumbramos verlo cuando asistía, de refilón, a alguna sesión televisada, y también porque el devenir de la pandemia pesaba más que toda expresión del pasado. Pero su necrológica obliga a pensar cómo opera el poder en nuestro país, y la inquietud resurge, cinco años más tarde, con el biopic creado por Mariano Varela para Amazon Prime. Algo que ya ocurría en Narcos: el gesto del actor, entrenado para la cámara, induce empatía y complicidad, ilusión que se esfuma al comparar el mugshot de Félix Gallardo con un primer plano de Diego Luna. La mirada del político es más compleja, y ahí radica el talento de Sbaraglia, al encarnar a alguien que actuaba la mayor parte del tiempo. Este es el plato fuerte de Menem: el show del presidente. Después pesan los lugares comunes: Minujín forzando el acento, Ajaka y la cortina del Corán, la endogamia porteña que elige a Siciliani por encima de una actriz riojana. Pero más interesante es lo que se calla. Qué personajes se inventan para solapar la intimidad del mandatario. Qué llega a ser contado como un non-fiction descarnado y qué se limita al culebrón. Los productores negocian el contenido por cuestiones legales, presupuestarias, pero también por amenazas más tangibles. Basta recordar a Carlos Portal, el location scout de Narcos que terminó en el baúl de un auto abandonado, o a James Gandolfini, que recibía anónimos sobre su rol como Tony Soprano. ¿Qué incluiría, entonces, una versión uncut del menemismo? Desde su exilio en Chile, Sarmiento publicó Facundo en 1845, describiendo La Rioja como un páramo rojizo, salpicado de olivos y naranjos que le hacían pensar en Palestina. El mito fundacional de Menem conjuga a Quiroga con ese paisaje bíblico, a donde sus padres llegaron desde Yabrud, Siria, y al que Carlos volvería tras recibirse de abogado. En El Jefe (1993), Gabriela Cerruti retrata a un joven deportivo, ducho para el básquet, enamorado de una militante que dejaría por mandato familiar hacia 1964, luego de ir a Damasco y dar con los Yoma. En la autobiografía que le publicó Sudamericana (1999), Menem complejiza esta identidad: “En Siria conocí ese territorio surcado por el sol, por las vivencias casi místicas de una fe sin quebrantos…”. Y luego: “Reconocí mi naturaleza: el silencio apropiado, las miradas locuaces, la perseverancia de esperar lo mejor sin inquietar las aguas del destino...”. También conocería el reviente. Es fácil entreverlo sin canas y enlagañado, chupando mate y aspirinas bajo el sol del mediodía, luego de cambiar cheques sin fondo en algún casino clandestino y recalar en el bar de un lupanar. “Quería conocer todos los límites, subirme a todo lo que andaba, gozar de todos los placeres lícitos…”. En La Rioja frecuentó el estudio montado con su hermano, donde se practicaba el crédito, el amiguismo, ninguna exigencia que disipara la ambición política. Ya entonces veía improbable crecer fuera del justicialismo, y no sabemos cómo logró, de paso por Buenos Aires, que lo nombraran delegado de la JP. Aquel verano del 64 repitió la osadía: se escurrió en el círculo de Perón y logró merendar con el General entre los pinos madrileños. Al caer la proscripción, Menem arrasaría en sus primeras provinciales. “El Justicialismo es una mística y religión basados en los principios que hacen a nuestra nacionalidad…”. Esas elecciones culminan con Carlos emponchado, declamando en el pueblo natal de Quiroga, reivindicando la resistencia de Montoneros y la Iglesia combativa de Enrique Angelelli. Enseguida dio el volantazo: la represión arreciaba y podemos verlo de madrugada, medio jaspeado por el humo del tabaco, telefoneando al cura para despegarse de un desaparecido en potencia. Más que un enroque ideológico, el Gobernador buscaba alinearse con la Rosada. Quizás por eso la Junta entendió que era un disidente, un político de casta, pero ni por asomo un subversivo. Después del encierro, la condicional lo paseó por Mar del Plata, Tandil y Formosa. El retiro en La Feliz amerita varios mediometrajes: ahí empezó a codearse con menemistas de primera hora, alternando tardes de Bristol con noches de farra. A Kohan y Bauzá se sumaron Rousselot -luego destituido por malversación, Za Za Martínez -que tramitaría el pasaporte de Al Kassar, Mario Caserta -condenado por los narcodólares, Alberto Pierri -quien proveía papel prensa a Massera. Todos ofrecen una precuela, al menos una subtrama. Ni hablar del Almirante, que auspiciaba una veta peronista mientras integraba la logia secreta de Licio Gelli. Y no menos oscuro es el viaje a Libia del 82: en plena dictadura, Carlos supo entrevistarse con Muamar al-Gadafi, vínculo que reactivaría durante la campaña del 89’. La serie de Varela lo encuentra acá, peleando la interna a Cafiero. No era un desconocido: había cultivado una agenda de sindicalistas, militares y cuadros de la miscelánea peronista. Sabía seducir a los conservadores, pero también arengar la turba que seguía sus camiones en el Conurbano. Al modificar la Constitución de La Rioja obtuvo un mandato consecutivo: con esa credencial recorrió Argentina y siguió legando postales de estilo Narcos, como cuando convenció a Stroessner de reabrir el rally paraguayo, donde corrió con su Renault 18, o cuando llenaba las residencias de animales exóticos. Frente a un radicalismo jaqueado por los levantamientos y la hiperinflación, la retórica conciliadora de Menem dio en el blanco. Sabemos de memoria los highlights de su presidencia. No hay documental, sin embargo, que permita dimensionar los estragos de la convertibilidad. Eduardo Basualdo le dedicó sus últimos Estudios (2006), en los que explica la Ley de Reforma del Estado, el corralito de los plazos fijos, los irrisorios precios pagados por los activos estatales, la deuda y las fugas de Pérez Companc, Clarín y Soldati. Por otro lado, la relación entre menemistas y grupos extranjeros es detallada en Citibank vs Argentina (2003) de Marcelo Zlotogwiazda, mientras que la biografía de Yabrán, por Miguel Bonasso, noveliza el sinfín de genealogías que controlaron los puntos estratégicos del país, adaptando la praxis de la dictadura al código de la mafia. Si bien estas lecturas hacen foco, el repertorio narrativo del menemismo es descomunal. La serie de Varela logra escenas notables, pero evita otras imprescindibles. Por ejemplo: una remake de Savior, de Oliver Stone, en la que vemos un bondi repleto de aldeanos bordear la sierra croata, luego un regimiento que los detiene. Los soldados hacen descender a todos: niños, ancianas, adultos. Los obligan a caminar por la ribera de un lago, ahí empiezan a fusilarlos. Cuando la cámara hace zoom descubrimos, en el lomo de una carabina, el sello del Ejército Argentino. Otra secuencia podría alternar varias rutinas: chicos yendo al colegio, obreros tomando mate. De pronto uno, dos estruendos sacuden la tierra y empieza a llover municiones. Como una maldición faraónica, casquillos, granadas y misiles se estrellan contra parabrisas y ventanas. La gente corre, se paraliza. Presas del mismo pánico, veo a mis profesoras del secundario, el Lenguas Vivas de la calle Pellegrini, haciendo cuerpo tierra mientras la blastwave de la embajada de Israel astilla el vidrio de las aulas. Algo más tenue: una terraza en Marbella, el Mediterráneo agitándose en los Chopard ahumados de Monzer al-Kassar y, a su lado, Emir y Amira Yoma hablando perfecto árabe. O más escabrosa: Carlos Menem en su departamento de avenida Libertador 2423, fornicando con una vedette de tetas voluptuosas mientras unos pisos más abajo Emilio Massera, recién indultado, echa whisky en un vaso con soda. O más taquillera: una ruta de frente, el pavimento que enflaquece en escorzo, sobre la llanura, y en medio la trompa de una Ferrari que se acerca, entre dos helicópteros, hasta distinguirse el busto polarizado del presidente. Por último, lo que más decepciona de la serie es la falta de violencia explícita. La ausencia del sicariato, de escenas tipo Scorsese. Solo tras la muerte de Menem Junior, catorce testigos fueron asesinados en hechos caratulados como robos fallidos. La mayoría acribillados, algunos rematados con tiros certeros, de corta distancia. No fue el único desliz aéreo: en octubre del 96, varios implicados en el tráfico de armas se estrolaron contra el Campo de Polo de Palermo. Y a esto se suman los suicidios aparentes. Como el de Lourdes di Natale, secretaria de Emir Yoma, desparramada en el mosaico de un patio interno, o el que reveló a Yabrán en el casco de su estancia entrerriana. Esta imagen ya es paradigmática: la caravana policial levantando polvo a toda velocidad, el empresario que marca el número de Carlos, desesperado, y no recibe respuesta. Queda preguntarse si habrá segunda temporada, o si los guionistas buscarán argumento en gobiernos futuros. En cualquier caso, Facundo fijó la vara hace casi dos siglos: cuando se trata de Historia Argentina, la ficción ha de perder toda mesura. // RR.PP. Foto: Víctor Bugge

  • Nombres, marcas, tecnología y novela

    por Juan Terranova La novela moderna es un monstruo tan elástico, abrasivo y mutante que puede asimilar, tocar, dialogar y transformar todos los géneros, historias y circunstancias que nos rodean. Como un ser mitológico, una hidra de mil cabezas y mil estómagos, no hay objeto, personaje, soporte o movimiento que la novela no pueda corroer y asimilar. Yuri Tiniánov describe este accionar con precisión en su ensayo sobre las series literarias de 1927. Por otra parte, desde que la novela nació se decreta su muerte y, al mismo tiempo, miles de novelas se escriben, se publican, se venden, se compran y se leen en todo el mundo y en todas las lenguas. Su capacidad de adaptación como género la hace atravesar épocas y distancias, transformándose y transformando, a su vez, lo que la rodea. Su poder es tan consistente que llega a ser sinónimo de libro. Para muchas culturas letradas, el libro es la novela y la novela es el libro. Con la llegada de los medios masivos de comunicación, se vaticinó que la novela podría sufrir y caer. Pero la historia dice que fue al revés. Cada escalón tecnológico que pasó a formar parte de la máquina de narrar humana fue tematizado y absorbido por la novela. Lejos de verse superada, se complejizó, y se hizo todavía más amplia, como una casa que va sumando habitaciones. Sin embargo, creo que esta voracidad no es ilimitada. ¿Dónde está, entonces, su límite? El tiempo, entidad barroca, sin excepción nos afecta a todos. La novela no se salva, no podría salvarse, de está constante universal. ¿Dónde vemos el efecto del tiempo en la novela? Dentro de nuestra edad moderna, tanto la tecnología como los nombres de las marcas del capitalismo suelen envejecer muy rápido. La nueva tecnología siempre se propone como la última tecnología y todos sabemos que, antes o después, y con mucha probabilidad antes, termina siendo obsoleta, descartada, arrumbada o sumada al arsenal de otras tecnologías, más nuevas o más antiguas. Una novela sobre trenes a vapor a principios del siglo XIX puede ser entusiasta, y reflejar el éxtasis de la velocidad alcanzada por el hombre, puede elaborar grandes metáforas del avance de la técnica, y decretar que, desde momento, la humanidad se vuelve imparable, pero si no lo hace con cuidado y sensibilidad, ¿soportaría una lectura no paródica desde el presente? ¿Recordamos hoy a las empresas que fabricaban esos trenes? La novela demanda concentración, artesanía y talento, por eso lo que observo se ve con más nitidez en el periodismo, en ese periodismo que imaginaba el siglo XXI con ciudades en el espacio, gente en naves voladoras vestidas con galeras o el final utópico de las guerras. Abundan las viñetas y las especulaciones de este tipo. Sin embargo, las novelas que se entregaron a la coyuntura, y no supieron darle perspectiva a la novedad, también pueden generar ese efecto risueño. O con más seguridad, ser olvidadas. Con los nombres propios del mundo del consumo pasa algo similar. Las marcas comerciales que abundan hoy en los supermercados y son parte de nuestra vida diaria conforman un paisaje artificial, una escenografía de objetos y servicios, luces, simulaciones, diseños y brillos, que parece eterna, pero no lo es. Siempre hay nombres que, por su éxito o masividad, logran un efecto metonímico y terminan designando un objeto. Sobran ejemplos. Gillette para las hojas de afeitar, Birome para la lapicera. Cuando la novela incorpora estos nombres funciona más cerca del día a día, de la coyuntura. Y eso libera una energía que apuntala la conexión entre historia y lector. No está mal que así sea. Pero los lectores también sabemos que el dicho “no hay nada más viejo que el diario de ayer” es verdadero y corroborable. El buen novelista –quizás el malo también– encontrará la manera de hablar de su presente sin recargarlo de este tipo de referencias. Ahora bien, ¿qué pasa cuando tecnología y marcas se combinan? En las redes sociales el nombre del producto muchas veces designa una forma que no tiene competencia. Facebook es Facebook, Instagram es Instagram, Twitter es Twitter y nadie los confunde. Son redes sociales pero con sus especificidades, usos e historias propias. Ahora bien, ¿qué va a pasar a futuro? Hoy todos usamos todos los días, todo el tiempo, WhatsApp en nuestros teléfonos celulares. Lo hacemos al punto de que no podríamos trabajar, estudiar, divertirnos o relacionarnos con nuestro entorno sin esa prótesis comunicacional. WhatsApp es hoy la forma neurálgica de la vida social. Por lo tanto, hoy digo WhatsApp y todos a mi alrededor entienden de qué hablo. Pero ¿eso va a ser así en cinco, en diez, en cincuenta años? WhatsApp es una marca global pero también es una tecnología de la comunicación, un mecanismo, una máquina. Su único rival posible parece ser Telegram cuyo nombre remite a otra tecnología, hoy obsoleta. Por lo demás, WhatsApp está en todas partes, todo el tiempo. ¿Cuánto va a durar esa omnipresencia? Con las aplicaciones de citas, que hoy muestran una ligera decadencia, pasa algo similar. Ahí sí se ven rivalidad, productos que compiten. Tinder, Happn, OkCupid disputan a un usuario que quiere conocer gente. Badoo y Grindr funcionan de forma más nichificada. Esos nombres propios hoy nos proponen con mucha fuerza anécdotas y personajes que todos reconocemos y comienzan a producir tramas y narraciones que nos resultan cotidianas. En un bar, una mujer le cuenta a su amiga sobre el éxito o el fracaso de un encuentro. En un asado, un grupo de varones comenta las posibilidades de usar esas aplicaciones. Hay risas, absurdos, triunfos épicos, bochornos lastimosos. El novelista escucha ávido esas historias. Sabe que tiene que trabajar para su época y no preocuparse por la posteridad. Las novelas son libros para el acá y ahora, y de allí su valor y su peso comercial, testimonial, filosófico. Pero también son cartas que enviamos al futuro. No sabemos por quienes van a ser leídas, en qué circunstancias ni de qué manera, ni mucho qué uso van a darles. Hay una novedad. La tecnología y el capitalismo de servicios digitales van tan rápido que no estamos hablando de cien años en el futuro. Los tiempos se acortan. Los espacios se reducen. En el lapso de diez años, empresas multinacionales y multimillonarias nacen y mueren antes de que podamos asimilarlas a nuestra historia. ¿Quién usa hoy Real Life, Yahoo o Msn? En estos veintiséis años del siglo XXI, el ecosistema digital cambió mucho y muchas veces de paradigma. Se crearon redes sociales, muchas murieron, otras siguieron adelante, se crearon bancos digitales y nació el dinero digital, y también las monedas nativas digitales, la tecnología del blockchain, se inventaron nuevos productos, se mejoraron los viejos, se idearon nuevas formas de consumir y de crear contenidos, y hoy la palabra “contenidos” viene a designar muchas cosas, muy diferentes entre sí. Llegaron los primeros robots humanoides, apareció la inteligencia artificial, y grandes tecnologías que parecían cambiar nuestra relación con el mundo, hoy ya no existen. En el siglo XX, un hombre nacido en el año 1900, fue contemporáneo de la creación del primer aparato volador a motor y, si llegó vivo a los sesenta y nueve años, también presenció la llegada del hombre a la Luna. Lo que antes era una novedad, como poder escuchar música grabada, o lo que antes era imposible, que esa música viajara por el aire y llegara a tu dispositivo móvil, hoy es una rutina. Otras situaciones habituales, como poder acceder a tu cuenta bancaria desde tu teléfono o disponer de recetas médicas de forma virtual, muchas veces se transforman en una necesidad. Pero no todo se mueve con ese vértigo. Una película hecha hace veinte años, en el 2006, puede ser vista hoy como una película estrenada ayer y los libros se siguen publicando en papel. Los novelistas pueden elegir no interactuar en sus novelas con estos objetos y estos mecanismos y estos nuevos nombres, pero no pueden elegir no interactuar con estos mecanismos y estos nombres en su vida. Así que, de una u otra manera, el problema sigue planteado para ellos. Quizás en esa dialéctica se esconda la potencia de la novela como género. Mientras escribo estas notas, releo la novela Tinder de Gastón Franchini. Es divertida, inteligente, filosa, veloz. No hay otra novela así, que toque esos temas con esa frescura y esa capacidad analítica. Por momentos, creo que es una novela fugaz y que dentro de diez años ya nadie la va a comprender. Otras veces pienso que es una reflexión señera, un breve Quijote contemporáneo, que condensa y anticipa una civilización que nace. En esa duda se esconde una de sus muchas virtudes.//RR.PP.

  • Sangre en las canciones

    por Marco Castagna Lo que quedaba de mí no era demasiado. Mi novia no iba a volver y casi que veía la sangre correr por la alfombra. El dolor se estampaba en las paredes, circulaba por el aire, se encendía con las hornallas y en kilómetros de humo marca Benson & Hedge. Todo esto para corroborar el dolor estancado. Por las noches comulgaba con los fantasmas y cultivaba un heroísmo estoico; ese rezo nocturno acompasado por el ruido de las teclas. Escribir se había vuelto una enfermedad casi tan resplandeciente y sabía como la verdad. Pero ni siquiera eso podía devolverme a la vida. No se puede ser sabio y a la vez estar enamorado, había dicho Robert Zimmerman. Yo sufría en exceso de las dos cosas. La frase de Dylan no me alivió, pero sí un disco suyo que un amigo me deslizó como por debajo de la puerta. “Sé que estás sufriendo, atendé el teléfono” parecía decir la misiva, aunque él ignoraba que el teléfono estaba roto, estropeado para siempre. Un taladro lo había enganchado solo para jugar y llevárselo en un viaje oscuro. Por suerte, si bien la comunicación con el afuera se interrumpió por muchos días, en Blood on the tracks (1975) parecía caber el mundo entero. Ahí estaban la herida fantasma, el duelo como desierto que hay que atravesar, el destino, la culpa. Bonus track: la risa insoportable de la Reina de Corazones, y todas esas puertas que cerramos sin saber que la llave está del lado de adentro. Cuenta la leyenda que Dylan volvió a las raíces para grabar ese álbum tan doloroso; que incluso hubiese preferido no grabar ni componer jamás. Volvió a la montaña, a la simplicidad, al encuentro de su hermano y su familia. Esperando en la entrada de una ciudad vacía, rogando por el perdón de la bestia en la frontera del beso, buscando cambiar de pasaporte pero no de rostro. El momento exacto, en definitiva, donde nos damos cuenta del verdadero valor de las cosas. Suena Idiot Wind y todo alrededor arde. El disco conserva la sangre intacta y brillante en cada pista. Cuando lo escucho, sonrío con el pudor de los sobrevivientes. // RR.PP. Foto: Jim Marshall

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