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- La vida privada de los científicos
por Damián García y Juan Terranova ¿Qué hacen con la plata del premio los que ganan el Nobel? En el caso de las ciencias, muchos la ponen en sus campos de investigación. La lista dice que Salam financió una fundación en el área de la teoría electrodébil, que Novoselov aportó a institutos de grafeno, que Thorne hizo lo propio para investigar las ondas gravitacionales, y también Zeilinger con la física cuántica y Feinmann con la electro cuántica. Se dice que Albert Einstein apoyó de manera financiera a la universidad hebrea de Jerusalén, que más tarde ayudaría a desarrollar todo tipo de armas para atacar a sus países vecinos, pero, en realidad, una buena parte se la quedó su ex-esposa. Al repasar los premios Nobeles de física, se piensa enseguida: ¿Qué historia podemos contar sobre un ganador del premio nobel de física? Hay una variante que el otros premios Nobel, como el de literatura, no tienen, el premio compartido. Existe un documental llamado Fiebre de Partículas. Aunque algo fallido, narra la historia del colisionador de hadrones a través de la mirada de varios grupos de investigación. Todos eran retratados muy interesados en los valores de energía que aparecían en determinadas partículas. Pero, en uno de esos grupos, había un científico de perfil competitivo que estaba obsesionado con ganar el premio Nobel. No con descubrir la supersimetría de las partículas a baja energía –cosa que tampoco ocurrió– sino con conseguir ese galardón máximo. Es diferente. ¿La física resultaba una excusa? Su obsesión era tal, que se limitaba a compartir sus impresiones e ideas con otros dos científicos, y siempre lo estrictamente necesario. Nunca trabajaba en grupos de más de tres personas, porque hasta ese momento el premio se podía entregar de forma individual, en dúos o en ternas. Imagino una escena que no existe pero que podría ser parte de ese mismo documental. Terminada la corrida del acelerador, los análisis preliminares muestran indicios de otro fracaso. El científico da por terminada su jornada laboral. Se pone la campera, busca las llaves de su auto. La cámara lo acompaña en el asiento de al lado. Atraviesa una larga región de curvas y contracurvas por el medio del bosque. En su casa, lo recibe su mujer. Él le habla del trabajo. La mujer mira a cámara, extrañada, pero con alegría. Ella también es científica, pero en otro campo. Entiende las palabras de su esposo, lo consuela, a veces le miente, pero no para hacerlo sentir mejor, sino para tener un poco de tranquilidad. Cenan en silencio. La cámara estática parece un comensal más. Cuando se termina su porción de garbanzos, el científico mira a su mujer, serio. Comienza a sonar un track de Bill Evans. Pero en el documental que se estrenó, no se ve la vida privada de los científicos. ¿Qué pasa con los perdedores del Nobel? ¿Qué hacen cuando se enteran de que otro ganó? En el documental, aparece Higgs en un auditorio. Ya muy viejo, se pone de pie para que lo aplaudan. Cincuenta años después de su conjetura, otros científicos encontraron su bosón. Esas historias resultan un poco mejores. Los científicos sin suerte. Los que no pudieron corroborar que esas ideas a las que dedicaron su vida eran verdaderas. Y luego terminaron por ser ciertas. O los que directamente le entregaron su carrera, día a día, año a año, a una conjetura que terminó resultando falsa, una especulación que no llevó a nada, una brillante idea que fue refutada por otro. Una cosa es vivir errado, otra es que alguien te lo demuestre de forma inapelable. Ahí hay un villano, el que dice que eso simplemente no es cierto, no funciona, no se puede constatar. Los villanos tampoco ganan el Premio Nobel. ¿Quiénes son los científicos consagrados? ¿Qué tipo de vida tenían? Clase media alta, académicos acomodados. Algunos incluso millonarios. Todos viviendo del sueldo de sus institutos o academias. Si ganaste un Nobel –o tu nombre sonó para el premio– es probable que no tengas problemas para conseguir trabajo. Pero también es probable que hayas sufrido para conseguir, al menos de forma inicial, que te financien la investigación. Quizás los premios Nobel son la recompensa por la angustia y la bronca acumulada de tener que andar galgueando presupuesto para becarios y equipos. En este sentido, los gabinetes de ciencia del mundo no difieren de otras disciplinas. Antes también pasaba. Mucho antes del Nobel, cuando lo nombraron matemático imperial, Tycho Brahe construyó el mejor observatorio astronómico que se podía construir. Era otra época. ¿Podía agarrar su dinero y sus influencias y hacer otra cosa? En cierto punto, en ese momento de la historia, no había nada más grande por hacer que ver el cielo. // RR.PP.
- Sobre 'Formas al desaparecer'
por Felipe Devincenzi Epígona del cross-over que profesaba Clube da Esquina y del intimismo de Joni Mitchell, Martina Liviero se formó como violinista en Buenos Aires, su ciudad natal, antes de emigrar a Boston y volcarse de lleno a la composición. Formas al desaparecer (2026) es su ópera prima: una apuesta que entrelaza la canción de autor con piezas instrumentales, arreglos complejos y cierto blue subsidiario del folk neoyorquino. En efecto, Liviero reside en Brooklyn hace varios años, donde grabó parte del LP que publicará en mayo. Su score es perspicaz en la obertura, en los corales de clarinetes y la presencia de marimbas y sintes, aunque no deja de responder al arpegiado de su guitarra, como ya se intuye en su primer single, Florecer. ¿Dónde grabaste? Gran parte del álbum se grabó en Belo Horizonte. Elegí hacerlo ahí porque la música de Minas Gerais es una gran influencia para mí, particularmente el Clube da Esquina y la Música Popular Mineira. Hay una larga tradición de artistas de los 70 que se juntaron para hacer esa música increíble, como Milton Nascimento, Tavinho Moura, Beto Guedes y Lô Borges. ¿Cómo replicaste esa búsqueda? Junto a Rafael Martini, un músico mineiro que produjo el disco conmigo, elegimos usar las marimbas creadas por Marco Antônio Guimarães para capturar el sonido distintivo de Minas Gerais, donde destaca la percusión afinada. Esas mismas marimbas se escuchan en discos de Paul Simon, Philip Glass y Milton Nascimento junto al grupo UAKTI. Pude hacer algunos arreglos para complementar la tímbrica del disco y trabajar con esos instrumentos. Por otra parte, trabajé con dos músicos que admiro desde muy chica: Rafael Martini, compositor y cantautor mineiro que actualmente forma parte del grupo de Egberto Gismonti, produjo el disco; y Joana Queiroz, una clarinetista que admiro mucho, grabó los arreglos de clarinete, que escribí pensando en ella. ¿Y en EEUU? Hay otras capas del disco que fueron grabadas en Brooklyn. Ahí añadí las guitarras de acero y eléctricas que no había incluido en Brasil. También escribí arreglos para Will Graefe, Martin Nevin, Julian Shore y Ari Chersky, músicos increíbles de NY. Lo último que grabé fueron las voces. ¿Cómo elegiste la instrumentación? La decisión arreglística fue develándose de a poco, a medida que avanzaba la preproducción. La decisión clave y consciente de no usar percusión ni batería surgió como resultado de una búsqueda más íntima, centrada en la sutileza de los sonidos orgánicos y analógicos, en contraste con los synths o la manipulación digital. Quise mantener la guitarra criolla y la voz como núcleo, pero construir capas tímbricas pulsadas (guitarras acústicas, marimbas, piano, etc.) en diálogo con capas de sonidos más sostenidos (eléctricas, synths, órgano, notas largas de marimbas tocadas con arco, etc.). También imaginé clarinetes que fueran bordeando esas texturas y escribí esas partes para Joana. El contrabajo también fue clave para sostener el ensamble, arraigar las capas y darle profundidad al sonido. Por otra parte, jugamos mucho con delays analógicos en el estudio junto a Pedro Durães, el ingeniero de Belo Horizonte que mezcló el disco. ¿Qué es lo mejor de haber estudiado en Berklee? Supongo que es un buen lugar para estudiar y armar proyectos que requieran cierta infraestructura—por ejemplo, escribir para ensambles grandes o grabar—porque podés convocar a estudiantes para que graben tu música y así experimentar distintas ideas. También hay muy buenos profesores, aunque cada vez van quedando menos… Es un buen lugar para aprender herramientas, pero a mí no me resultó como espacio para hacer proyectos artísticos. Supongo que lo mejor de ir a cualquier institución son los vínculos: conocer músicos de todo el mundo, y lo que eso genera. Recomendáme una cuenta de IG y un disco. Estoy muy copada con un musicazo que se llama Gustavo Infante. Es un músico que trabaja desde la guitarra criolla y la voz (violão, como le dicen en Brasil), pero que incorpora loops de cinta de casete y distintos procesos a su sonido, como samplers y percusión. Hay algo de la música nordestina de Brasil en su manera de tocar, esa lógica rítmica y percusiva, con influencias del candomble, como en el disco Afrosambas de Baden Powell. El disco de Infante se llama SER. Formas al desaparecer será publicado por Hilo Records en mayo de este año. // RR.PP. Foto: Lula Bauer
- Por un lector fatídico
por Rodolfo Cifarelli La mercancía que las grandes editoriales producen son valores de uso siempre para otro. Nosotros. Esa mercancía nos llega por el necesario intercambio capitalista de toda mercancía y la utilidad del trabajo que encierra se escapa, sólo en apariencia, de la forma mercancía. El «carácter misterioso» de toda mercancía como «objeto físico/metafísico» actúa desde el libro activando mecanismos mentales que nos introducen (y nos confinan) en la Cultura neoliberal, esa isla mucho más extensa de lo que creemos y a la que casi ya nadie aspira a combatir. Las grandes editoriales no necesitan lectores sino adictos. En este espectro la ficción cumple la función de un objeto útil, para entretener y educar, para emocionar, pero, sobre todo, para que el lector permita ser estructurado como un Jekyll solidario con las mejores causas: poderosas franquicias ideológicas. Quien lee determinados textos y calla con ellos, otorga. Nada es tan simple ni lineal. Por suerte. Al otro lado de los espejos de colores, un lector fatídico invade el peor insomnio o la mejor noche de nuestras vidas, y ante determinadas lecturas susurra maldiciones impronunciables. A veces lo despreciamos cuando, insultante, nos impreca: «¿cómo estás leyendo esto?». Este lector, ni heterodoxo ni marginal, tampoco necesita de videítos de mandarines imitando las manos de Piglia en sus últimas digresiones borgeanas. Este lector tiene la dosis de neurosis necesaria para defenderse de la adicción a la Cultura. Es una modesta lucha por la reivindicación del derecho a detestar las simulaciones de una «imagen de escritor/a», una ficción reiterativa que revela, involuntariamente, esa ficción ausente que no es el libro que vendrá. Encontrar y comprender a ese daseín fatídico quizás nos ayudaría a cavar una trinchera vaciada de boberías desde donde disparar contra las omisiones de las franquicias ideológicas, los desatinos narcisistas, los targets «humanistas» impresos cual sellos postales en textualidades inocuas, en caras de actores y actrices que repiten una antiquísima comedia en el escenario de un teatro cada vez más derruido. // RR.PP.
- Un millón de euros
por Juan Terranova Samanta Schweblin ganó un millón de euros por su nuevo libro. Es un premio que nadie conocía, el Premio Aena. Pero se trata de la noticia letrada del momento. Desde luego, la exuberancia de la novedad disparó los mil comentarios habituales. Charlamos sobre el tema con Pato Erb, Felipe, Damián, el Charro y Napo. Digo que el único comentario válido es qué harías con esa plata y eso dispara la imaginación, pero con limitaciones. Somos gente de imaginar, pero austera. Me da la sensación de que nadie puede doblegar la idea de un millón de euros. Napo: “Hay uno que ganó un premio nacional, compró una vaca premiada e hizo un asado.” Le señalo que mezcla dos anécdotas. Federico Peralta Ramos comprando un toro campeón sin dinero y luego dando una cena en el Alvear con la Beca Guggenheim. Napo: “Hizo una gran obra. Nivel Charly del noveno.” Coincido, pero le digo Charly no necesito nada de inversión para saltar. Es más, es algo que el dinero no puede comprar. Parece que Samanta dijo: “No sé contar cuánto es un millón, es un número tan grande que me pierdo. No sé cuántos ceros tiene. Es algo muy raro. No sé qué hacer con ello. En mi imaginario siempre, desde que dejé la casa de mis padres, lo que toda la vida quise tener es un sueldo todos los meses. Este número lo asocio un poco con esa idea fantasiosa del sueldo para siempre.” Felipe: “¿No sabes qué hacer? ¿Eso dijo?” Pato Erb: “medio que ninguno de nosotros sabe -a priori- muy bien qué hacer con un millón de euros. ¿Me la patino? ¿Me asesoro con un financista? ¿Invierto todo en departamentos? ¿La escondo en el colchón? Está bien eso que dijeron ayer: seguro se va a comprar un lindo departamento inteligente en Berlín, que tal vez le cueste 700 lucas…” Felipe: “Yo lo tengo clarísimo. Lo que no tengo es el dinero. En un mundo donde la mayoría lucha por la subsistencia o pagar un alquiler, decir que no sabes qué hacer con un palo es una boludez.” Damián: “ ¿Qué harías? Es una duda lógica, son miles de posibilidades. Jerarquizarlas toma al menos unas horas de duda.” Felipe: “Me compro un piso en BCN por 400 mil, otro en CABA por 200, otros 200 los meto a interés y el resto los patino produciendo música, libros y viajando. No es tanto. Los edito a todos ustedes, los traduzco al francés y al inglés. Al francés no, es una lengua medio que ya fue… Igual me gusta como escribe esa mina y tiene que tomarse como un retroactivo. Se ganó la oportunidad de seguir haciendo lo q hace sin preocuparse por lo básico. Es milagroso.” Napo: “Yo, derpa en Berlín y escriba chino, le dicto, lo hago opinar, lo censuro.” Terra: “Me voy a China y trato de hacer negocios allá,” Napo: “Federico Peralta Ramos liberó a los pibes.” Terra: “¿Construyó un faro? Fíjense que hablamos de comprar una propiedad. Mi viejo siempre hablaba de construir. Es diferente. Curzio Malaparte agarró una guita y se hizo una casa en un acantilado. Y luego Godard filmó ahí. ¿Quién de nosotros construirá una casa?” Napo: “Gran pregunta, metafísica” Terra: ”¿Quién de nosotros será Godard? Con esa guita podría dejar una casa museo para la posteridad. Como Rojas o la casa Curuchet.” Erb: “Yo ese millón de euros lo administraría de alguna manera para tener una cocinera en casa, alguien que cocine, compraría horas a lo largo del tiempo.” Napo: “Me retiraría de la vida pública, un cuento pulido por año. Viajaría a ver recitales todo el año. Aprendería a tocar bien la stratocaster, con púa.” Terra: “Pero esas son cosas para las cuales no necesitas un millón de euros...” Napo: “Y esclavo chino, alguien que piense por mí, que me pueda traicionar, una sombra, un hombre servil y el peligro permanente de la traición.” Terra: “Una chica que te limpie y te cocine, aprender a tocar la guitarra, escribir de forma pausada… Es algo habitual en nuestra clase media. Son tres cosas que yo hago ahora, todos los días, como un simple asalariado.” Napo: “Bueno, pero lo haría más tranquilo.” Terra: “Pero si todos sabemos que el dinero no trae tranquilidad, trae problemas.” Napo: “No lo sabemos. Lo sospechamos. ¿El dinero como la maldición?” Terra: “Una buena es fundar un fideicomiso y dar becas para gente sin talento que diga que sos un genio.” Napo: “Es el problema de la libertad. Sabemos que es una trampa.” Terra: “Con un millón de modestos euros podés comprar un poco de inmortalidad.” Napo: “Una casa en un risco siciliano y campamentos de escritores que no paguen, que cultivan tomates y te veneran. Hacer una obra inmortal, no lo garantiza ni la riqueza ni la pobreza.” Terra: “Sigo una cuenta de IG que te ofrece casas baratas en Italia. Me compraría un par de esas casas.” Napo: “Pero seguimos en la misma. No hay cielo.” Terra: “Es poca plata para formar un imperio.” Napo: “Por eso Edipo es la única historia. El millón arruinará tu espíritu. Y Samantha escapa, pero cuanto más escapa encuentra su destino.” Terra: “Contratas a Herzog para que haga una película sobre tu vida y te inmortalice y el viejo pillo te hace quedar como un tonto gris.” Terra: “El íntimo cuchillo en la garganta. Al fin me reencuentro, etc.” Napo: “¿Quién de nosotros tendrá su Leni Riefenstahl?” Terra: “Un palo es un golpe de efecto, a partir de que lo tenés guardado podés pensar: ya no soy pobre. No es poco.” Napo: “Es contradictorio, todos lo sabemos. Temo que la fuente de mi salvación sea la fuente de mi perdición, dice Parsifal. Acaso traicionando a Holderlin.” Terra: “Si te ganas un millón de euros y no cambiás en esencia tu vida, eso quiere decir que sos feliz.” Napo: “¿Un palo te hace más querido o más odiado? ¿Cómo tiñe tu literatura?” Terra: “El buen mal ahora vale un millón de euros…” Napo: “El título es profético. Me da más tristeza pensar qué hubiera hecho Vila Matas con la guita.” Terra: “Nada. Ese catalán es un judío vocacional. Iba derecho a un banco suizo. No te creas que Samanta va a hacer algo muy diferente… Neymar se compró un helicóptero tuneado de Batman pero no lo maneja él.” Napo: “Hay que escribir como literato y gastar como deportista.” Terra: “Lo contrario también funciona y es más habitual.” Napo: “Dante Spinetta tiene todos los muñecos de He-man, todos.” Terra: “Otra cosa para la que no necesitas un millón de euros... No hay caso. No le encuentro la vuelta al laberinto del millón de euros.” Pato Erb: “era más fácil ser el millonario de los mil dólares.” Terra: “Bastante más cómodo. Pensamos a grandes rasgos siempre lo mismo: comprar una casa, un auto, algún lujo menor, poner una editorial, tocar la guitarra, escribir... Lo que hace todo el mundo sin un millón de nadas.” Erb: “¿Se acuerdan de esta película? Para recibir una herencia de 1000 millones tenía que poder gastar 30 millones en un mes. Y además no se lo podía decir a nadie ni hacer apuestas.” Napo: “Qué película. El final…” Terra: “Ahí está el dilema, dramatizado.” Erb: “es y no es una película sobre la incomodidad de la guita.” Napo: “Hace un cheque, no me acuerdo, le encuentra la vuelta. Le pasa el trapo a Eddie Murphy.” Erb: “El final debería haber sido que se queda sin nada, pero en Hollywood y en USA eso no iba, entonces cuando parecía que no había llegado, se dan cuenta de una y llega a gastar todo y se lleva la fortuna.” Terra: “Después está ese lumpen británico que se ganó 10 millones y los hizo mierda en tres años con mujeres y excesos y volvió a ser barrendero. Gano-la-loteria-se-sumergio-en-una-vida-de-excesos-lo-perdio-todo-y-volvio-a-ser-recolector-de-basura. Gran titular. Una historia simple. En tu cara, Vila Matas.” Napo: “Difícil escribirla bien: Las chicas se quitaban toda la ropa y servían cocaína en bandejas de plata, relataba con una mezcla de orgullo y nostalgia. Y declara: El único arrepentimiento que tengo es no haber tenido algo que hacer, como un trabajo. Michael, ya viejo, contando su historia en un bar de Norfolk a unos parroquianos que no le creen…” Terra: “O peor dicen: ahí está Michael, con esa plata yo habría aprendido a tocar la guitarra y habría construido una casa…” Napo: “El buen mal.” Terra: “Qué nombre para un libro que te da un millón de euros...” // RR.PP. Foto: Michael Carroll
- Amistad intermitente /3
por Felipe Devincenzi Eugenio me cita en un estanco pero se retrasa una hora. Su excusa: tiene que recitar Carver en una audición a la cual, infiero, también llegará tarde. Lo espero en un bar decadente, sobre Via Portuense, mientras memoro sus excentricidades. La fundamental es Wagner; después, la Fórmula 1. No es todo: alguna vez lo oí desbocarse sobre El Furgón de Urquiza, club que solo imagino en blanco y negro, y lo mismo cuando hace hermenéutica de los Ramones. Mi amigo es actor, enseña inglés y viene de una familia modesta de Sáenz Peña, tres atributos adversos a la Argentina que planea Milei. Hace un año y medio emigró a Italia con su esposa. Cuando por fin nos encontramos, en una vermutería del Trastevere turístico, la conversación varía entre el relativo confort romano y Tristán . Eugenio sigue renegando de la docencia -las escuelas alternadas, los adolescentes- pero hace uso exhaustivo de Trenitalia para ver las puestas del alemán: La Scala , la Arena di Verona , el Teatro di San Carlo . Argentina, invariablemente, es sinécdoque de amistades en común. Le pregunto por Federico Justo, también actor, quien presume otro talento anacrónico, o sea el de cantar la guardia vieja con un timbre gardeliano, amén de su guitarra puntillosa. También citamos al Dr. Coriciano, abocado al derecho informático y la ciencia ficción. Hace un tiempo publicó El experimento fallido (AqL, 2024), distopía que a veces parece una traducción de Orson Scott Card. Eugenio es tangencial: “no pude pasar de la primera página”. Mi lectura fue más amena pero mejor fue imaginar a Coriciano escribiendo durante las siestas de Curuzú Cuatiá . Ejerció en ese calor varios años y hasta hace poco, me dice Eugenio, medía la riqueza de sus vecinos en cabezas de ganado. A ambos -y a Federico- los conocí en casa de Lucas Delgado, otro actor excepcional. Los últimos meses protagonizó En cada lugar del mundo, en este instante , obra de Martín Mir ambientada en diciembre de 2001. Esta fecha nunca es casual: mientras los evoco, caminando por Garbatella, evoco a mi país. Su talento oculto, su talento emigrado. // RR.PP. Foto: San Martín en Roma / Felipe Devincenzi
- Cornell o la gracia
por Rodolfo Cifarelli Es infrecuente milagro que una obra de arte nos permita huir de jaulas propias y ajenas. Hablamos de las cajas, los collages y los films de Joseph Cornell, emisiones de una estación de radio clandestina que este solitario nacido en Utopia Parkway 37-08, Flushing, Queens, supo construir con manos y ojos extremadamente serenos, casi herméticos. En la infancia disfrutó de los paseos por Coney Island y Broadway. Una tarde otoñal, se dice, asistió a una performance de Harry Houdini. La época feliz se extendería hasta la muerte de Joseph padre, diseñador textil. Luego la economía familiar se hunde, la soledad se vuelve angustia, la angustia se insufla de una incipiente libertad. Porque el niño se acostumbra a las rutinas de su sombra por las calles del Grenwich Village; viaja en el tren elevado, y, como Nevinson y Hopper, en esos traqueteos descubre el alma de la ciudad sin alma. Con los centavos que obtiene de sus primeros trabajos adolescentes compra fotos y postales viejas. Esa colección es la primera matriz de su proyecto estético, uno de los más grandes del siglo XX. Una biografía unánime nos diría que asiste a las muestras de emigrados ilustres en la galería Levy: Duchamp, Dalí, Ernst. Un día, acicateado por La Femme 100 têtes de Ernst, le entrega a Levy una carpeta con algunos collages. Los primeros actos que rotulamos como «carrera artística» suceden rápidamente. En 1932 Levy le cede la galería para su primera exposición individual. Poco después, Duchamp, sumo pontífice de desplazamientos, dislocaciones y malentendidos, le informa a Peggy Guggenheim de este joven sin educación artística formal, casi mudo, casi invisible. Por esta vez, el dólar ayuda al arte. Cornell vio en los surrealistas la vía hacia su mágica y marginal Ítaca. Al revés de los adoctrinamientos, prefirió la insinuación y el atajo, lo que sobrevive a la luz a media luz: las deducciones necesarias antes de la Epifanía. El plan era/es que cada uno obtenga su gracia: que quien busca tenga la certeza de que ya empezó a encontrar lo buscado. // RR.PP.
- Narrar Malvinas
por Juan Terranova Veo un pacto entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Un pacto, primero, con Hollywood, y luego con Netflix: Malvinas no se filma. No se hacen películas sobre esa guerra. Malvinas no se narra. Puede que yo sea un poco paranoico, pero sabemos que esos arreglos existen. Y de hecho, las pruebas están a la vista. Las películas bélicas sobre Malvinas nunca se hicieron. Se hicieron películas sobre todas las guerras del siglo XX, Primera, Segunda, Corea, Vietnam, Argelia, Afganistán, El Golfo, Fría, Caliente, Espacial, de las Estrellas y mil otras guerras, reales, imaginarias, y también reales e imaginarias. Pero Malvinas no. ¿Por qué? Primero, porque hablar del Conflicto Bélico del Atlántico Sur es hablar de Malvinas y volver sobre el tema de su usurpación criminal. Y segundo, porque los héroes de esa guerra fueron los argentinos. Fueron y son los que tenían una razón para pelear, los que mejor pelearon, los que defendieron su tierra y su mar. En Malvinas la épica fue argentina. La Fuerza Aérea, los colimbas, el crucero, y mil otras historias más. Malvinas fue una guerra de alta intensidad que mezcló todo, armas viejas y obsoletas con armas muy nuevas, trincheras con misiles de última generación. Malvinas nos recuerda la Primera Guerra pero también anticipa las guerras breves del siglo XXI. En Malvinas están Nasser y Suez, Tormenta del Desierto y también la larga y actual contienda ruso-ucraniana que incumbe a la OTAN. Argentina tiene razón. Las Malvinas son argentinas. Entonces, el pacto es no filmar, no dar a conocer lo que pasó, no escribir ni contar cómo y por qué pelearon los argentinos. Una excepción: el nuevo Eternauta le mete, de costado, esa historia a Netflix. Lo hace con sutileza pero también con muchísima potencia. Que las islas siempre sean Malvinas, y nunca Falklands, en las diferentes traducciones de la serie a otras lenguas, es una prueba contundente. // RR.PP.
- Ciencia: el método o la estrategia
por Néstor Leuchenco Arnaldo Visintin es uno de los científicos argentinos que más sabe sobre tecnología del litio. I nvestigador Superior del Conicet y de Texas A&M University , recibió a RRPP tras pasar un fin de semana de retiro espiritual en un monasterio de la provincia de Buenos Aires. ¿Cómo conciliás la cuestión de fe con la comprobación empírica? La fe en Dios es complementaria a la ciencia. Procedo de la química, una de las ciencias duras, y debemos recordar que el origen de ellas es la filosofía. Desde el principio, todo es duda y todo necesita confirmarse. Yo, que tengo fe y estudio la Palabra, comprendo muy bien la sentencia de Teilhard de Chardin, el paleontólogo y místico: La materia es el espíritu moviéndose lo suficientemente despacio como para ser visto. ¿Nuestra sociedad, en pleno siglo XXI, puede dictar leyes que condicionen el desarrollo de un método científico en particular? Yo preferiría que las leyes se promulguen siempre desde la fe en un orden divino y para el bien de los ciudadanos. La ciencia, sin embargo —como la filosofía—, todo lo cuestiona y nada deja asentado a priori; por eso, si hubiera un principio universal, debería ser este: “Nunca ponerle límite a la ciencia. Siempre ponerla al servicio del bien común.” Argentina tiene tradición en formar ingenieros de primer nivel. Tiene grandes reservas de litio. Tiene especialistas capaces de transformar ese recurso en baterías de última generación. ¿Qué no tiene hoy la Argentina? Carecemos de una estrategia. Contamos con grandes reservas de litio, el que puede extraerse de manera económica mediante evaporación. También contamos con litio en forma de roca (espodumeno) en varias provincias. Pero su minería es más cara, y como no podemos tener estrategia sin dinero, esa actividad quedó en manos de multinacionales: empresas estadounidenses, chinas y japonesas que se llevan este mineral clave desde Catamarca, Salta y Jujuy. Nuestro litio hoy es solo un producto primario igual que la soja y el trigo. Mediante la tecnología obtendríamos litio metálico, separación isotópica y baterías, y un mayor rédito económico. Con esa intención, en la Universidad de La Plata desde hace unos años tenemos una planta piloto: ya conseguimos fabricar baterías de litio, no a escala industrial, sino como prototipos. Sigue siendo la primera y única en Latinoamérica. Lo que demuestra la capacidad argentina en desarrollar tecnologías de punta. Desalentar la formación de científicos de élite es una buena manera de tener capital humano sin valor agregado. ¿Pasa lo mismo en un país sudamericano como el nuestro que en África? Conviene observar lo que enseñan los países desarrollados. Ellos saben que el mundo es un territorio por conquistar y que eso se llama competir. Nunca desfinancian la investigación, la ciencia ni la educación. Solo con gente muy preparada se logra mejorar la calidad de vida y promover el progreso económico de un país. Hoy, al Estado nacional le cuesta más de 50.000 dólares formar a un profesional, y más de diez años capacitar a un científico de nivel internacional. Pero estas personas pueden emigrar en cualquier momento si no encuentran condiciones adecuadas para trabajar. Como científico y profesor, ¿qué opinás de la IA? Aún no sabemos si la IA traerá más beneficios que problemas. Estamos en un período de transición, y seguramente en un cambio de paradigma. Pero si gracias a la ciencia y la investigación se pudo desarrollar esta tecnología, es porque se lo consideró necesario. La incógnita ahora es ver si la gente la usará para hacer el bien, causar daño o hacer trampa. ¿La química, por sí sola, puede explicar el amor? La oxitocina, llamada “la hormona del amor”, está implicada en todas las relaciones afectivas. Según la teoría biológica es imprescindible para obtener la felicidad. Pero el amor, en el fondo, siempre exige un acto humano de entrega, o todo lo contrario, en caso del desamor. Y eso nunca es solamente hormonal. Hasta es moral. // RR.PP. Foto: Arnaldo Visintín
- Chi ama non dimentica
por Felipe Devincenzi La de Maradona infante, haciendo jueguitos con una naranja, la que duerme abrazado a su primera pelota, en la pieza que comparten cinco hermanos, los picados a oscuras, donde se juega de oído porque el potrero refleja un cielo sin luna, o el abismo que media entre la villa y la ciudad -“juro que cruzar el Puente Alsina era como cruzar a Manhattan”- son algunas de las imágenes iniciales de Yo soy el Diego , relato que trasluce la dialéctica frenética entre el ídolo y su entorno. Los encargados de curar su oralidad extraordinaria, de transformarla en una prosa de metáforas hilarantes, de acusaciones y devociones febriles, fueron Daniel Arcucci y Ernesto Bialo, quienes militaron en las filas de El Gráfico y escoltaron al Diez en las muchas apoteosis de su leyenda. Arcucci, incluso, conserva la última camiseta azul que el astro usó con la selección, aquel infame verano de 1994. Si bien sobran testimonios, libros, películas -notable es la de Marco Risi, ni hablar de Sorrentino-, la autobiografía cautiva por su transparencia, a través de la que Martin Amis creyó ver cierto “caos interior”, cuando lo cierto es que el caos ya reinaba alrededor de Maradona. Naturalmente, queda expuesta esa dinámica de acción y reacción, de persecución y resiliencia, de agradecimiento y denuncia: una carrera bipolar, atravesada por dos suspensiones y lesiones graves, por entrenamientos monásticos junto a Rubén Oliva y Signorini, por la explosión atlética que desataba en la cancha. Se sabe que el karma no solo fue la cocaína: Diego cuestionaba toda autoridad que considerara inmoral. Respetaba a Menotti, que lo dejó afuera del 78', a Bilardo, que lo enloqueció en el Sevilla, pero no toleraba que el presidente de la FIFA fuera un waterpolista sospechado de traficar armas, que José Luis Núñez se forrara durante los JJOO, que Ferlaino se llevara el crédito del Napoli, que la AFA le impidiera recaudar plata para el Búfalo Funes. Para quienes extrañamos su irreverencia, la capacidad de morir y revivir como un fénix, esta lectura es paliativa. No solo invoca la plenitud de sus partidos, sino también la paz que encontraba en Equina, pescando dorados y pacúes, o en Balneario Oriente, tomando mate con los parroquianos, o cenando bife con papas pay en la costanera. Hace unos años, una octogenaria desconocida, apostada en una vereda napolitana , me lo resumió así: come lui, non ci sarà mai un altro . // RR. PP. Selección de fotos: Felipe Devincenzi
- El consejo de Ema
por Marco Castagna Conocí a Ema Wolf en una escuela de Constitución. Me tocó acompañarla como parte de mi trabajo. Recuerdo que hablamos de Herzog y de literatura norteamericana (algo que, sin saberlo, sería un tema recurrente en nuestras conversaciones). Fue en la planta alta de esa oscura institución donde almorzamos y nos supimos bichos raros una vez más: mencionando a Soriano, a Stephen King, a los Peaky Blinders. Cuando era chico, tendría nueve años o algo así, mi madre me regaló Los imposibles . Desde entonces, y con las sucesivas relecturas, el libro se me tatuó. Dejó una huella inmediata e indeleble, como solo nos dejan las lecturas importantes de la infancia. Todavía me llega en ecos el humor, su libertad provocadora, la ternura para llegar al corazón sin escalas y esa manera invencible de levantar el ánimo en pocas páginas. En definitiva, el don de hacer olvidar las pequeñas tragedias de la infancia, algo que reencontraría potenciado en ella al conocerla. Su obra es una alquimia singularísima donde bailan los espectros de Conrad y las novelas de piratas y navegantes (Melville y Moby Dick a la cabeza), Borges, Jarmusch, Tom Waits, Glenn Gould, Joan Didion, María Elena Walsh y Kurt Vonnegut. En sus libros, la risa es máscara y sombra para revelar la vida. La literatura como tren de juguete misterioso. Un arte, en definitiva, que consiste en incorporar lo clásico a lo cotidiano. Pollos de campo es una ópera rodante fabulosa, y El turno del escriba un ejercicio cultísimo y divertido de escritura a cuatro manos. Siempre hay algo circense, un amor por la fábula escondido en esas páginas. A lo largo de los años, ciertas circunstancias me llevaron a labrar un vínculo profundo y amistoso con ella. Ema me daría muchos consejos. Pero hay uno que atesoro especialmente. Me dijo que nunca olvidara que Sherwood Anderson había sido soldado antes que escritor. Fante, lavaplatos. John Irving, luchador libre. Lección de vida: baño de humildad. // RR.PP.
- "G" de Genocidio
por Felipe Devincenzi En el afán de pisar los talones a sus vecinos galos, los belgas ostentan no pocos enchastres en la historia colonial subsahariana. Acaso el más conocido sea el de Leopold II, quien aterrorizó a los congoleses junto a su Force Publique , cobrándose 10 millones de vidas y duplicando la riqueza de una nación que aún digería el banquete de Carlos V. Sus desventuras no fueron menores en Ruanda e incluyeron el refuerzo de la segregación racial, imponiendo un distintivo étnico en los DNI. Este artilugio no solo sentenció la diferencia entre castas: también fue crucial para identificar a los tutsis en las batidas de 1994 que, arengadas por una Radio FM donde se indicaban nombres y direcciones, derivaron en una carnicería demencial. Como tal, el término “genocidio” fue acuñado por un abogado polaco en 1941. Raphael Lemkin estudió la legislación que imponían los nazis en los territorios anexados, concluyendo que el objetivo del Reich no era la conquista sino la reestructuración demográfica. La hipótesis fue planteada en Axis Rule in occupied Europe , meses antes de que varios oficiales se reunieran en el suburbio de Wannsee, Berlín, y gestaran la Solución Final. Tras analizar la Endlösung de los alemanes, la ONU tipificó este crimen en 1948. Desde entonces, la reticencia a usar el término y, por ende, activar su protocolo, es una práctica común. Esta política es el tema de A Problem from Hell (2002), ensayo que le valió el Pullitzer a Samantha Power, aunque el capítulo sobre Ruanda anticipa un libro aún más impactante, publicado por Roméo Dellaire en 2003. Dellaire, militar canadiense, estuvo a cargo de los peacekeepers en Ruanda y sostuvo a pulmón una misión boicoteada por sus superiores. En tres meses atestiguó cómo se masacraban un millón de civiles a tiros y machetazos. Casi desprovisto de personal, municiones y agua, solo pudo salvar a unos miles. En 2000 intentó suicidarse mezclando whisky con antidepresivos. Tras recuperarse, escribió Shake Hands with the Devil , cuya lectura refuerza la certeza de que un genocidio, sea en Kigali, en Gaza o en Darfur, puede desvelar a puñado de valientes, pero nunca a las Naciones Unidas. // RR.PP.
- Hijos de nuestro país
por Felipe Devincenzi ¿Es pogo, subte en hora pico, una corrida cambiaria, el banco no devuelve los ahorros? Tras el arte de tapa, una progresión de cuatro acordes: mayor, menor, dominante, luego quinto menor, es decir rendido, desarmado, melancólico. Al voice leading del piano se suman cuerdas, coro y así empieza Hijo del País , segundo LP de Broke Carrey, Best Supporting Actor de un colectivo cuyo abanderado es Dillom y su claustrofóbico Por Cesárea (2024). Hay, acá también, un ingeniero brillante que trabaja en la penumbra de un departamento cercano al Palacio de las Aguas: intuimos el monitor brillando en la madrugada, la consola grasienta, horas y horas mezclando temas que rehuyen el algoritmo como una suerte de militancia. Luis Lamadrid mantiene el invicto: ya había producido Motel Buenos Aires (2023) y ahora es arquitecto del último trance de Manuel Peña. Y una peña, precisamente, encara este álbum: hace unos años, Carrito expresaba la voluntad de “retratar cómo suena Buenos Aires” -ver Distinto , montado por Pablo Scutari- pero acá el pulso urbano cede al 3/4 bucólico, liderado por el bombo legüero, violín a lo Néstor Garnica, palmas, décimas espinelas, mate, asado, torta frita. C Tangana ya había forjado un puente inoxidable entre la herencia folkórica y los beats modernos con El Madrileño (2021), un aguardiente áspero, vertiginoso, intimista. Bien: Broke Carrey es El Porteño , y ahora corre libre por la Pampa. Una melodía histriónica encadena el primer track con el segundo: apenas un minuto cada uno. El Aplauso es una chacarera de versos simples, arenga valiente y compadrita: Esta es la vida que quiero / por más que me mate por dentro . Monumento ya era single, guitarreado a lo Zitarrosa y de copla irónica, sin pretensiones líricas. Miguelito sigue la chacarera pero narra en tercera persona: si los corridos de Peso Pluma evocan las travesuras del narco, el villano acá es federal, caudillesco, borgeano. ¿Vale la pena bancarse el trash hipnótico de ZUPAY ? Lo mismo que todo el disco: sí, varias, muchas veces. En definitiva, Bohemian Groove demuestra que en la Argentina del 2026 hay una vanguardia. Son talentosos, originales, cooperativistas. Son los hijos de nuestro país. // RR.PP.











