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NOTAS

132 results found

  • La dama del martillo

    por Sebastián Napolitano A mediados de los 90, el director holandés Reinbert de Leeuw, hizo una visita a una compositora rusa olvidada en su casa de San Petersburgo. Esta quedó registrada en un video de cinco minutos que se puede ver en Youtube. De Leeuw llega a un complejo de departamentos, algo rústico. Galina Ivanovna Ustvolskaya, que parece una profesora de colegio primario, abre su puerta y lo recibe. Es tan amable como distante. Con Reinbert de Leeuw. Foto: Robert Schlingemann, 1995. Su habitación es de un ascetismo soviético: fotos en blanco y negro enmarcadas, manchas de humedad en las paredes, un teléfono sobre un mantel, un Cristo crucificado, un escritorio con unos pocos papeles, cartas y calendarios. La cama tiene una frazada descolorida. Lo único que aporta algo de color es el verde de algunas partituras acomodadas en un mueble. Sobre el piano, hay manuscritos con  una escritura densa, llena de marcas, indicaciones y acentos. La cámara hace un plano sobre algunos libros: Mozart de viaje a Praga de Eduard Mörike, La felicidad puede estar en una rama de Hans Christian Andersen. Ambos en alemán. La vida de Ustvolskaya no tuvo mayores sobresaltos y puede resumirse en un par de líneas. Nació el 17 de junio de 1919 en Petrogrado. Estudió desde 1937 hasta 1947 en la Escuela de Música de Leningrado y d espués de recibirse se dedicó a dar clases. Apenas salió de su ciudad hasta su muerte en 2006. Hasta los años 70 solo se habían grabado dos de sus obras que pertenecían a un período anterior a 1950, época en la que compuso una buena cantidad de música según los lineamientos del realismo socialista y que más tarde repudió y eliminó definitivamente de su catálogo.  En la URSS, en todo ese tiempo, su música había pasado desapercibida tanto para las vanguardias como para la ortodoxia oficial. A Ustvolskaya esa indiferencia no le importaba. “No hay en mi música”, decía, “ninguna influencia de ningún compositor ni vivo ni muerto”. Se dice que fue amante de Shostakovich.  También se cree que después de la muerte de su esposa Nina en 1953, él le propuso matrimonio dos veces. Pero ella lo rechazó.  “No hay influencia de Shostakovich en mi música”, decía, “ni podría haberla”. Con Rostropovitch. The Amsterdam Concertgebouw, 1996. Foto: Marcel Molle. Los musicólogos que comentan su música de concuerdan en que representa una visión única del mundo más allá de los contextos en los que fue producida. Alguna vez le propusieron incluir sus obras en un concierto de “compositoras mujeres”. Cuando se entera le escribe a un amigo: “Con respecto al «Festival de Música de Mujeres compositoras» me gustaría decir lo siguiente: ¿Realmente puede hacerse una distinción entre música escrita por hombres y música escrita por mujeres? Si ahora tenemos «Festivales de Música de Mujeres compositoras», ¿no sería correcto tener «Festivales de Música de Hombres compositores»? Soy de la opinión de que no debería permitirse que tal división persista. Sólo deberíamos tocar música que es genuina y fuerte. Si somos honrados en eso, una interpretación en un concierto de mujeres compositoras es una humillación para la música. Espero sinceramente que mis comentarios no ofendan a nadie. Lo que digo sale de mi más recóndito ser…” También dijo una vez: “El que de verdad ame mi música tendrá que renunciar a cualquier forma de análisis.” En 2005, un año antes de la muerte de Ustvolskaya, el director holandés Joseé Voormans filmó una película de media hora llamada Un Grito en el Espacio en el que se muestran los preparativos y los ensayos de la Segunda Sinfonía . Al principio del material se la ve a Ustvolskaya sentada en una silla, al borde de un lago, un escenario no particularmente idílico. Según ella es un lugar al que va a caminar, a disfrutar de la naturaleza.  — Acá compongo con mi mente —dice. —¿Acá? ¿Sin papel? —le pregunta el entrevistador.  —Sí, en este lugar.  —Mi música es muy difícil de entender — dice después Ustvolkaya, parada junto a un árbol. Ustvolskaya lleva a los realizadores por una ruta desolada. Viajan en auto y la compositora lleva las manos sobre las rodillas. Ella indica con un gesto de la mano y se detienen. Es invierno y no hay flores, solo unos árboles con hojas amarillentas. Al costado de la ruta se ve el pasto irregular extendiéndose hasta el horizonte.  —Acá —dice Ustvoslkaya —acá es donde compuse mi Segunda Sinfonía . Puse mi energía, mi fuerza, mi corazón y mi alma en esta sinfonía. Todo lo que había en mí está en ella.  En los ensayos dirigidos por Reinbert de Leeuw se escuchan los clusters persistentes de la música de Ustvolskaya. En la sinfonía está previsto que intervenga un actor que dice algunas palabras aisladas:  Señor, Verdad, Misericordia.  Las palabras se repiten en tres secciones distintas de la sinfonía. Según escribió la compositora al principio de la partitura eso es un grito en el espacio, la voz de una persona solitaria que está en una situación de la que no puede salir y en su descenso le pide ayuda a Dios:  Oh, Señor, Verdad y Misericordia Eterna.  Ustvolskaya dice que su música no es religiosa sino espiritual. Cuando le preguntan, responde:   —La espiritualidad es aquello que queda de una persona cuando se saca todo lo demás. Hacía el final del documental se puede ver a Ustvoslkaya llegar en silla de ruedas al ensayo general. Se la ve nerviosa. Sigue la música con su partitura llena de marcas e indicaciones. Terminado el ensayo la entrevistadora le pregunta si la sinfonía aún significa lo mismo que cuando la escribió.  —¿Se siente sola? ¿Aún le pide ayuda a Dios?  —Sí  —contesta ella. —¿No es eso triste? —Sí, pero así es mi vida —dice. Alguna vez un crítico musical llamó a Ustvolskaya “la dama del martillo”. En sus obras se escucha esa insistencia que solo puede alimentar una soledad infinita./// RR.PP.

  • Pinches fuerzas del mal

    por Felipe Devincenzi   Hace unos años merodeaba las estanterías de Tres Cruces , en la colonia Coyoacán, cuando di con la edición ERA de Las batallas en el desierto . El libro es tan precioso como el relato de Pacheco: entre la tapa y el texto median un par de hojas acartonadas, el gramaje es denso, la impresión nítida, pero ante todo destacan las imágenes de Nacho López.   El archivo del tamaulipeco es tesoro de la Fototeca Nacional de México , y en él relumbra el magnetismo del antiguo Distrito Federal. Peatones trajeados, organilleros, los Packard de la posguerra. Es probable que en esos fotoensayos, publicados en antiguos semanarios como Siempre! y Mañana , y titulados con misticismo por el propio López ( Bajo la lluvia, México y usted se veía así ), se haya inspirado Rodrigo Santos para filmar Belascoarán (2022).   La miniserie fue financiada por Netflix, quizás para evitar el monocultivo de cliffhangers pochocleros, acierto que también permitió, entre varias joyas, el rodaje de Roma . Ambas ciudades -la de Cuarón y la del detective- confluyen en ese damero asediado por los movimientos de izquierda, la represión del halconazo y un mestizaje que transige el urbanismo yanqui del policial noir. La idea original es de Paco Taibo II, que en sus muchas novelas anhela un sincretismo entre la crudeza de Hammett y el lirismo melancólico de Chandler, y aunque las diferencias con la serie son evidentes, las versiones coinciden en el humor chilango, y en la noción de que un justiciero mexicano terminará, sí o sí, haciéndole la guerra al Estado.   Por último, vale decir que Belascoarán rezuma el esplendor de Luis Méndez. El actor ya había enfrentado una ola de femicidios en Narcos , pues los guionistas de Netflix entendieron que no es posible hablar de cárteles sin evocar a las muertas de Juárez. En todo caso, pareciera que entre el DF de José Emilio Pacheco y la actual CDMX se viró el timón hacia el quinto infierno. Y eso que en Días de Combate (1976), a Belascoarán ya le advertían: “ Cuídate del Comandante de la Judicial, que en sus horas l ibres, las horas que le sobran de golpear estudiantes o torturar campesinos, no se dedique a estrangular mujeres”. Foto: Nacho López, CDMX

  • "Escribo cuando no estoy escribiendo"

    Néstor Leuchenco es escritor, dibujante y artista conceptual. Publicó El método Levchenko en @EdicionesBucarest . ¿Escribís todos los días? Todos los días y a cada segundo. Escribo cuando no estoy escribiendo: mientras camino o lavo los platos y hasta sentado en el inodoro. Escucho, pienso y sobre todo: miro. Cuando era dibujante tenía memorizadas las cosas más pelotudas, como el diseño sinuoso de los pasamanos del subte A. Pero de una manera asombrosa todas esas rarezas me sirven ahora, que solo escribo. Recomendame dos libros recientes. Mis libros recientes son muy antiguos. Uno no entraría en mi recomendación, porque hoy es difícil encontrarlo en el país, y porque es el segundo tomo de tres: Las mil y una noches que Aguilar editó traducido por Cansinos Assens. Sí pueden conseguir en las librerías de viejos éstos: Confesiones de un opiómano inglés, de Thomas de Quincey, y Los paraísos artificiales del vino y el hachís, de Baudelaire. Juraría que la construcción de cualquiera de sus párrafos serviría para advertirnos sobre lo que nos falta a los escritores de hoy. Yo solo los consulto como parte de la documentación de mi actual novela (Todos serán Buck) que transcurre, debidamente, en el tenebroso Raval de Barcelona. Si pudieras elegir un destino en cualquier parte del mundo para ir ahora ¿cuál sería? París. Cada vez que voy a esa ciudad sé exactamente qué voy a ver, y que eso me va a gustar mucho. Cuando estoy allí todo consiste en constatar lo que ya sabía antes de viajar. Por eso regreso y digo: “Me gustó”. ¿Qué estás leyendo ahora? Un libro de crónicas de viajes: Expreso Netaji , de un músico Felipe Devincenzi que compone muy bien hasta cuando escribe. No estamos en esta vida de paso, sino para viajar. Recomendame una cuenta de Instagram y un disco. Ninguna cuenta de Instagram. Un disco: Charles Mingus Sextet with Eric Dolphy (Cornell 1964). Lo escucho y me olvido de mi edad. O mejor: recuerdo que la edad es una unidad de medida con mucho margen de error.//RR.PP.

  • Pixies, Naranjú, Faso

    Por Felipe Devincenzi En abril de 1989 Pixies grabó su segundo álbum en Boston. Veinte años más tarde reventaron el Luna Park. Fue una noche memorable, los porteños añorábamos su música y la fe se renovó en esa aparición milagrosa: cuatro gordos mal vestidos, con un repertorio a prueba de balas. Cuando arrancaron Debaser, el pogo replicó esos versículos con precisión monástica: “una chica muy groovy”, arengaba Black Francis, “no sé qué onda vos, pero yo soy un perro-Andalucía”. Diez años más tarde, la golosinera Suschen SA quebró y tres chicas muy groovies formaron MUGRE. Suschen fabricaba las mielcitas que los milenials congelábamos en verano y succionábamos en los recreos. Un jarabe adictivo, refrescante, empalagoso. De esa generación vienen las cantautoras de @bochademugre , pero más que su contrapunto solístico, la banda expresa la utopía de tocar en bloque, downpicking, amparadas en el refinamiento que legaron los “Duendes” al indie del S. XXI. Decir que en Somos Profesionales (2024) rebota el eco de Doolittle es una obviedad. El título también: en sus primeros singles, estas pixies sonaban como una banda del sello Laptra, o sea con guitarras crudas, melodías kitsch y vicios que solo zafaban en obras como Cartas y Ni tu perra . Su primer LP, al contrario, culmina la profesionalización: un espectro más oscuro, redondeado por el konex-premiado Tweety González. El álbum abre con un bajo muteado y luego un acorde pungente. El modus-Pixies se replica en la letra: versos escuetos, salpicados, como si fueran pinceladas de Lee Krasner. Dame Menos (#2) es una apuesta tan apática como ‘Tame’, y Quién Eras es el hit de tempo meloso, guiado por la voz de la baterista. La playlist presume varios puntos fuertes, antes de arrancar un tríptico punk en el track 7 y rematar con un instrumental. El tema homónimo es tan pegajoso como las bolsas de azúcar que producían los obreros de Suschen en los 90. “Rico como el Naranjú”, clama el estribillo. Hace poco lo reescuché en una sesión que grabaron en México. La subieron hace unos días y suenan como en el disco: contundentes, precisas, profesionales. Me recuerdan mucho aquel Luna primaveral del 2010.// RR.PP.

  • Julieta Ortega y los celos secretos

    Por Juan Blanco Alguna vez yo le había dicho a Camila que me gustaba Julieta Ortega. Esto venía de la época de Viudas e Hijos del Rock and Roll, en que ella hacía de una ejecutiva milf que era la villana de la historia y usaba el sexo como forma de daño. Tenía, por ejemplo, tres enemigos: de uno (Mex Urtizberea) se cogía al hijo, de otra (Paola Barrientos) al padre, de otra (Violeta Urtizberea) al marido. Tan noble performance conmovió mi adolescente corazón. Una semana de 2023 Camila estaba viendo la serie “El Fin del Amor”. Veía un capítulo por día. Yo no me había sumado a verla. Durante los primeros tres días me decía sumate, aún estás a tiempo antes de que te saque demasiada ventaja. Todo cambió al cuarto día, al cuarto capítulo. Era jueves. Nos estábamos sentando a comer y le pregunté qué tal la serie, cómo avanzaba. Hizo un gesto desganado, dijo “mmm, más o menos, la verdad no está muy buena”, y cambió rápidamente de tema. Había algo raro en su paso de la insistencia al desaliento que desde luego me generó intriga. El sábado a la tarde siguiente ella se juntaba con una amiga. En un momento de la mañana le dije que yo podía aprovechar esas horas para alcanzarla con la serie. Me dijo “¡noooo!” y noté que después de exclamar intentó bajar el énfasis, ser despreocupada y liviana, por lo que siguió, bajando el tono: “No vale la pena, ni te gastes”. Hizo un silencio y remató: “No está buena, posta”. Cuando se fue ese sábado vi algunos capítulos. En el cuarto aparecía Julieta Ortega. Me pareció raro que ella no lo hubiese mencionado, al menos para hacer un chiste. Minutos después, avanzado el capítulo, Julieta Ortega se desnudaba y penetraba a Vera Spinetta con una cinturonga. Todo se volvió claro. El por qué del paso de la recomendación hacia la disuasión. Me reí, sentí ternura. Agarré el control remoto y adelanté la serie hasta el punto al que había llegado ella, que era la mitad del capítulo seis, para que no supiera que yo había estado viendo la serie. Nunca le comenté el tema. Cuando volvió me preguntó qué había estado haciendo en su ausencia. Leyendo, le dije, leyendo un poco.// RR.PP.

  • El nicho de millones

    Por Patricio Erb Tiempo atrás, el nicho era un nicho. Un grupo chico, subterráneo, sostenido por el boca en boca. No aparecía en radio ni en televisión ni en diarios. Si algo llegaba al mainstream, automáticamente dejaba de ser nicho y se volvía masivo. Aunque no te gustara Soda Stereo o Los Redondos, sabías quiénes eran, conocías sus hits, y quedaban inoculados en tu cabeza para siempre. Hoy esa lógica se rompió. La saturación mediática fragmentada creó algo nuevo: el nicho de millones. Artistas, streamers o comunidades gigantes que existen dentro de su propio ecosistema, pero que afuera de esa burbuja casi nadie registra. Millones de seguidores y reproducciones y, aún así, una ausencia en el imaginario colectivo. Nos encontramos con algo impensado hace veinte años: alguien que jamás escuchaste o que no reconocerías por la calle, llena un estadio. O dos. O cinco. El caso de un trapero agotando un River del que no reconocés una canción o un streamer llenando teatros, no es una anomalía; es un síntoma. No está en duda su masividad, sino que este fenómeno da cuenta de una masividad distinta, nueva. Antes, para llenar una cancha de fútbol necesitabas formar parte de la memoria cultural de la sociedad. Hoy alcanza con ser el centro emocional de tu comunidad digital. La digitalización convirtió a cada nicho en un ecosistema autosuficiente. No hay una necesidad de trascendencia. No hay un cruzamiento de generaciones. Cada nicho vive encerrado en sus propios algoritmos, sus propios códigos, sus propios rituales. Y cuando ese ecosistema está diseñado a través del cálculo, puede producir muchas cosas pero no un mito./// RR.PP.

  • Lo que dice el agua

    por Juan Terranova Noticia: “Un reciente estudio realizado por científicos del Conicet puso en alerta a la población del Área Metropolitana de Buenos Aires tras detectar la presencia de diversos medicamentos en el agua de sus principales ríos y arroyos, entre ellos viagra, paracetamol e ibuprofeno.” ¿Sorpresa? El ibuprofeno y el paracetamol no terminan de llamar la atención. Son dos drogas de venta libre que la gente de Buenos Aires consume de forma masiva para aliviar los dolores que ocupan nuestras mentes y nuestros cuerpos en épocas de vértigo, laceración emocional y sobreexplotación laboral. Lo raro sería que no aparecieran. El sildenafil, la droga activa de la pastilla azul, es otro tema. Si el ibuprofeno y el paracetamol sirven para paliar los dolores de la existencia, el sildenafil es, por definición, la droga del placer sexual, que al mismo tiempo señala un desgaste, un cansancio, una falta de vigor que la farmacopea contemporánea viene a maquillar. Más que cualquier otra droga, el viagra lleva inscriptas en sus moléculas el conocido verso de Ian Anderson: “Demasiado joven para morir, demasiado viejo para el rock and roll.” En una nación cuya trascendencia económica y cultural siempre la fijó la tierra –su posesión y tránsito–, hoy es el agua el que nos habla. Con el siglo XXI, el agua se vuelve un documento que debemos leer para entendernos. El Mapa Bicontinental, donde la Antártida aparece en su “real proporción”, nos muestra que, en su mayor parte, la Argentina está hecha de agua. Es probable que haya que volver a contar la historia de la Provincias del Plata a partir de asumir esa identidad. Más allá, se dice que ya se detectaron microplásticos en el semen de los habitantes del primer mundo. ¿Nacerán de allí los niños sintéticos del futuro industrial? Los seres humanos somos un 70% de agua. ¿Qué nos cuenta este Río de la Plata farmacológico? Arriesgo que hay un delay. La marea viene lenta. La de hoy es el agua de Alberto. En un futuro cercano, cuando llegue la subida, vamos a encontrar restos de cocaína y antipsicóticos, que serán las aguas turbias del gobierno actual.// RR.PP.

  • El intendente y el periodista

    por Juan Blanco El intendente era probo y honesto, un salto de calidad respecto de los atorrantes de sus antecesores, una excepción en una sociedad de bárbaros. Un famoso periodista del pueblo se había erigido como su principal crítico. Este periodista, por el contrario, era borracho, cocainómano, vulgar. Dedicaba enteramente sus mañanas de radio a atacarlo, apuntando siempre bajo el cinturón: usaba metáforas escatológicas, buscaba oyentes que lo denigraran, le inventaba amantes en el gobierno municipal, divulgaba datos de su familia. Pese a que la ciudad era chica, había una suerte de conjuro por el que ellos jamás se cruzaban. Esto era porque el intendente, por supuesto, no le daba notas, y el periodista, consciente de su desenfreno y a la vez cobarde, había conseguido estar al tanto de la agenda del intendente mediante un confidente intermedio, y se esmeraba para evitar cualquier lugar en que este fuera a aparecer. Pero un día, un jueves a la medianoche cualquiera, el intendente iba en el auto con su hija de once años, volviendo de una cena, cuando al rodear la plaza central vio caminando, completamente solo, al periodista. Al percibir las luces, el periodista giró la cabeza hacia atrás y miró el auto que lentamente se acercaba. Reconoció al instante la Renault Duster gris del intendente. Empezó a caminar más rápido. El intendente aceleró. El periodista caminó aún más rápido. El auto se acercó más. Y así una pequeña danza Cuando se acercó lo suficiente, el intendente frenó, se bajó y empezó a correr al periodista, que también corrió. El auto quedó parado en medio de la calle, la niña esperando en el asiento del acompañante. El silencio era pleno. La reacción del periodista fue lenta. El intendente corrió más rápido durante unos veinte metros, se acercó lo suficiente, calculó y le pegó una patada en el culo. Después frenó de a pasos cortos. El periodista se llevó la mano al lugar del golpe y siguió corriendo hasta desaparecer en la siguiente cuadra. El intendente subió de nuevo al auto y siguieron camino. Nunca volvieron a cruzarse.// RR.PP.

  • Los soldados suicidas

    por Juan Terranova Si un soldado se suicida ya se trata de una situación de extraña alerta. El militar, del último soldado raso al primer general, debería estar preparado para enfrentar situaciones complejas. Sin embargo, en la última semana, las redes dicen que Rodrigo Gómez, un granadero, fue encontrado sin vida en la Quinta de Olivos. Tenía 21 años y dejó una carta donde confesaba que debía dos millones de pesos de apuestas on line, otros dicen doce millones. Horas más tarde, el suboficial Juan Pereyra que era parte de la guarnición de Monte Caseros, Corrientes, al parecer se ahorcó. Enseguida Diego Matías Kalilec, un gendarme también de 21 años, se mató en Santiago del Estero. Hay poca información sobre estas muertes. Kalilec le habría pegado a su pareja para luego quitarse la vida. El cuarto fue Facundo Gabriel Lima, un soldado voluntario del Ejército Argentino, que el jueves 18 de diciembre se pegó un tiro con un arma que sería de su padre, personal penitenciario, en la provincia de Mendoza. Con una muerte cada dos horas, la Argentina llegó al pico más alto de suicidios desde el inicio de las mediciones oficiales. Con 4.249 casos registrados en 2024, hoy se sobrepasa el promedio de la población global. ¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Quién tiene hoy el monopolio de la violencia? Sobre los militares, las redes también acercan jugosas teorías conspirativas. Habría, según las sospechas nocturnas de Internet, un hilo de sentido que enhebraría estas muertes. El granadero vio algo en Olivos, el gendarme sabía algo, el suboficial había sido parte de una operación encubierta. El cine ya pensó las variaciones. Si la Argentina conoce el guión, paradójico, del fusilado que vive, bien puede elaborar una trama donde nos dicen que los soldados se suicidan… Sin entrar en esoterismos, un ejército enemigo de soldados que se matan solos es el sueño final de la CIA o el MI5. Quizás la disolución del Estado impulsada por este gobierno, sus exabruptos, desregularizaciones y malos salarios estén empezando a mostrar resultados tan siniestros como cualquier teoría paranoica, o quizás peores, desde el momento en que son constatables y tristemente reales.// RR.PP.

  • Una suerte de azul

    por Felipe Devincenzi A fines de los 50, Miles Davis tenía un contrato jugoso, las regalías se acumulaban bajo su puerta y solía merodear el Upper West Side en una Ferrari. Según cuenta en Miles por Miles , compilación de entrevistas editada por @letrasudaca, la había elegido amarilla para que los motherf*ckers lo confundieran con un taxista. Era rico y famoso pero también era negro y eso le exigía una guardia constante. Por eso se entrenaba como boxeador: en cada gira, en cada ciudad desconocida, su mánager le procuraba un gimnasio acorde. El suyo estaba en el sótano de la 77th Street y desde esa fortaleza llamó a Bill Evans una madrugada de invierno para indicar una fecha, un lugar y colgar sin más explicaciones. La cita fue en los estudios de Columbia de la 30th Street. Por entonces Miles saturaba los charts con grabaciones exprés, series de las que surgen álbumes tipo Workin’ y en las que se percibe su voz carrasposa hablar entre temas. I’ll play it first , solía decir, and tell you what it is later. Imagino el exordio de esa comunión: los ingenieros tras la mesa de mezcla, los asistentes tejiendo el cableado, los músicos que llegan de a poco. Los veo emerger del dusk neoyorkino, atravesando un paisaje añil y brumoso; veo los rascacielos ensombreciendo las veredas opuestas al atardecer y veo los transeúntes sumergidos en pilotos espesos mientras una fila de Buicks rezonga entre semáforos. Veo el estuche que carga Coltrane por la 3ra Avenida, los zapatos que Evans desempolva en el tapete de entrada y los escalones que crujen bajo sus pasos mientras Miles lo mide, de lejos, con severidad y aprobación. Veo a los músicos armar con fe artesana sus instrumentos: el set de platos, las boquillas cromadas, superficies que reflejan sus cuerpos oscuros e inmensos y el abanico de atriles donde Miles distribuye unos pocos bocetos, escritos las horas previas, marcando tan solo algún tempo, una melodía, una breve sucesión de acordes. Kind of Blue requeriría solo dos sesiones, a pesar de que sus casi 46 minutos incluyen algunos de los instantes más preciados de la música. Describirlos, claro, sería un despropósito.// RR.PP.

  • Bocetos de España

    por Felipe Devincenzi   Una de las mejores tapas de Miles evoca su perfil estampado sobre un horizonte andaluz. Mi copia es una edición de 2015, remasterizada, y empieza a girar con esa magia que ostentan los aparatos antiguos. Los sonidos de su orquesta están ahí, impresos en líneas minúsculas, cientos de grietas trazadas en círculos, como agroglifos, sobre una capa negra de polivinilo. La púa surca esas señales con la manía de un lector de braille. Enseguida asoman las primeras vibraciones y mi departamento se llena de un cascabeleo seco. El parlante tose varios golpes de ride a la vez que surge un coro de vientos: las señales del agroglifo invocan, entonces, una versión insólita del fantasma de Aranjuéz. No sabemos cómo surgió la idea en Miles; al parecer se obsesionó con el flamenco pocos meses después de grabar ‘ Kind of Blue’ , copó las disquerías del Upper Side y se llevó todo lo que remitiera a España. El Adagio de Rodrigo sugirió el primero de esos bocetos. The softer you play it, decía,  the stronger it gets, and the stronger you play it, the weaker it gets . Gil Evans, por su lado, lo definía como una melodía destilada: si se tomaba de un saque, el efecto se esfumaría. Evans realizó los arreglos del disco, ideas que ya había desarrollado en ‘Miles Ahead’ (1957) y en ‘Porgy and Bess’ (1959). En el primero, ‘Blues for Pablo’ anticipaba la posibilidad del ‘cante jondo’ sobre una orquestación que hace a la vez de sierra y de suburbio. Pero en ‘Sketches of Spain’ (1960) ya no sabemos si el Harlem somete al Albaicín o si ocurre lo contrario: una ilusión similar a las metáforas de Lorca en ‘Poeta en Nueva York’ (1940), solo que Miles no le canta a Granada, ni a su propia ciudad, sino que redefine el crossover como un sincretismo religioso. Cuando le preguntaron por la muerte de Evans, las palabras del trompetista fueron estas: ‘No sé qué es lo que pasa, pero creo que todos los muertos vuelven y andan por ahí, en cualquier lugar. En el medio del aire, de la noche, del océano. Vas volando de acá para allá, atravesando el mundo entero, y esas voces vuelven a tu cabeza como la señal de una radio’. Los primeros compases de su ritual gitano sugieren este milagro. // RR.PP.

  • La gran llanura /3

    por Rodolofo Cifarelli No, no era el silencio que casi había quemado la cara del hombre que entró a la carpa. Tampoco era el silencio de las grandes ciudades, ese que no podía apaciguar los ojos enrojecidos de las putas golpeadas por sus anémicos rufianes, ni las muecas patéticas de ansiosos sátiros escrutando a sus presas. Era otro silencio que, como un bufón cariñoso, les insinuaba en tolerables pesadillas que toda historia debería ser comprensible, que no toda violencia es inútil, que la retórica más humilde martilla contra la nada. Era el prólogo de una guerra, pero en ausencia de beligerancias los relojes de la mente se suicidaban arrojándose al inimputable pasado. Algo obvio: una expedición como aquella, en cualquier época o lugar, sufría el ataque de monótonas olas de evocaciones, de variada naturaleza y nada casuales: amores imposibles, cenizas de muertos queridos que secaban las bocas y los ojos, bares del crespúsculo con caña y tute, el rasgueo de una guitarra que no sonaba como el rasgueo de una guitarra. También, pese a los vientos limpios y las galaxias resplandecientes, los venenos de la incertidumbre los envolvían: una suma de malas artes amasadas por la ironía a destiempo y el cinismo disfrazado de erudición, resabios de urbanidad intelectual y sentido común de los tontos, incomparables en apariencia, idénticos en sus efectos: la creencia de que esas armas triviales amenazaban a los verdaderos poderes de una ciudad. Y, sin embargo, la intuición y el razonamiento encendían focos insurreccionales, y las espontáneas tentativas de desvíos o prórrogas se diluían en ciegas esperanzas. Y de los muchos que se percataron de este fenómeno de avance, retroceso y avance, uno dijo: –Todo lo que camina sobre este mundo está condenado a golpes y prevaricaciones, a surcar ciénagas de barbarie y valles de la muerte. ¿Estamos preparados? Después de un grave, breve silencio (otra vez el silencio), todos gritaron SÍ . El grito estremeció la llanura y en las poblaciones levantadas sobre la antigua línea de los fortines hubo derrumbes menores y nacieron las primeras sospechas.// RR.PP.

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